El Papa cautiva a la juventud

Este jueves pasado el Papa Juan Pablo II se reunió en la ciudad canadiense de Toronto con una multitud de aproximadamente 350,000 jóvenes llegados de todo el mundo para celebrar la XVII Jornada Mundial de la Juventud. Como siempre, el Papa fascinó y cautivó a la juventud que lo vio y lo escuchó con mucha atención, respeto y cariño.

La facilidad con la que el pontífice se relaciona con los jóvenes es algo que sorprende y maravilla. ¿Cómo es posible que un hombre de avanzada edad y de salud quebrantada, que les pide que lleven una vida recta y de sacrificio sea tan entusiastamente aceptado por ellos? Uno de los principales biógrafos del Papa, el norteamericano George Weigel, al ser preguntado sobre lo que los jóvenes ven en él, respondió: “En mi opinión, dos cosas. Una es que el Papa muestra una autenticidad muy clara. La gente joven, que intuye muy bien la falsedad, responde a la autenticidad de Juan Pablo II. El Papa es un hombre que no tiene falsedad. No es, como decimos en Washington, un ‘hombre espiral’. Es directo. Lo que ves es lo que te da. Es un hombre honesto. En segundo lugar, no les da lo que piden. Los reta a ser heroicos”.

Juan Pablo II es el principal promotor de estas jornadas mundiales de jóvenes, a las que quienes asisten son, obviamente, católicos en su mayoría. La primera de ellas la tuvieron en Roma en el año de 1984. Desde entonces, las jornadas se han celebrado en lugares tan distintos como Buenos Aires, Santiago de Compostela, Czestochowa, Denver, Manila, París y Roma. Esta vez le tocó el turno a Toronto.

Como siempre que se reúne con la juventud, el Papa insistió una vez más en que deben rechazar el materialismo, resistir el pecado y seguir a Cristo. “Viendo a Jesús ustedes pueden aprender lo que significa ser humildes y misericordiosos, buscar la justicia, ser puros de corazón y constructores de la paz”, dijo, y agregó: “con la mirada puesta en Jesús, ustedes pueden descubrir la vía del perdón y de la reconciliación en un mundo envuelto a menudo por la violencia y el terror”. En una de las partes principales de su discurso, el pontífice dijo que a menudo los jóvenes son presas de la tentación del dinero, del poder y del placer pasajero de los sentidos, pero con voz fuerte y clara advirtió que: “La verdadera alegría es una victoria, algo que no puede ser obtenido sin una lucha larga y difícil. Cristo tiene el secreto de esa victoria.”

Ya antes, en un mensaje de hace un año, les había dicho: “¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio”. Y en esa misma oportunidad los invitó para que se encontraran al año siguiente en el Canadá. “Queridos jóvenes amigos,” —les dijo— “para todos los que puedan, ¡la cita es en Toronto!… Venid para hacer resonar en las grandes arterias de Toronto el anuncio gozoso de Cristo, que ama a todos los hombres y lleva a cumplimiento todo germen de bien, de belleza y de verdad existente en la ciudad humana. Venid para contar al mundo vuestra alegría de haber encontrado a Cristo Jesús, vuestro deseo de conocerlo cada vez mejor, vuestro compromiso de anunciar el Evangelio de salvación hasta los extremos confines de la tierra”.

Tiene mucha razón el biógrafo Weigel: “No les da lo que piden. Los reta a ser heroicos”. El Papa conoce bien la enorme capacidad de entrega y de sacrificio de la juventud, y no cree —como muchos— que los jóvenes no sean capaces de escuchar la verdad y de responder a ella. Por eso es que no teme hablarles claro e invitarlos, a como lo hace Cristo, a ser “la sal de la tierra”, “la luz del mundo”.  

Editorial
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