Justo Pastor Ramos
Sublimizada en el misterio de su origen, cual arpa de la luz que se abre en cada amanecer con sinfonías de mágicos encantos entre la fresca fronda de una verde arboleda, a 20 kilómetros de la capital, se asienta la legendaria como histórica tierra de Tenderí, siempre dueña del fuego de sus volcanes y de la brisa perfumada de su hechicera laguna.
Heredad de un pasado glorioso donde el mangue-chorotega cantara a la montaña, al sol y las estrellas los rituales de sus apasionados corazones y esculpiera con pinceladas de luz sobre la agreste piedra sus épicas hazañas. Universo encantado en una eterna primavera, preserva en las entrañas de su suelo la naturaleza del ancestro arcaico que en la lejanía del tiempo se vuelve evidencia de exóticos y mitológicos amores. Paraíso poético de ninfas y náyades donde el arco iris impregnó al crepúsculo de sugestivos colores deslumbrando a Venus en su jerarquía de los profundos cielos y Flora se prendiera de los brazos de Céfiro en el dulce éxtasis de la pasión dándose el parto de la espléndida primavera.
Nindirí: barro primitivo resguardado siempre al oriente: por la Barranca y el Coyotepe, atalayas inconmovibles saturadas de historias bélicas; al Occidente: por el Volcán Masaya o Popogatepe —como le llamaron los antepasados— en cuyos prados cubiertos eternamente de lava intemperalizada aún divagan místicos fantasmas la “Vieja del Monte” y “El Hombre a Caballo” y la ensoñadora Colina de Tenderí, tumba inmarcesible de Nacudirí; al Norte: por la verde y fértil llanura de “Las Cofradías” que cual alondra ilusionada va escapándose con el viento, hasta quedarse prendida trémula de pasión en los cristalinos regazos del romántico Xolotlán; al sur: por la encantadora laguna de cristales rotos que en las noches de luna y encajes celestiales embriagada de zontol y resedas reflejara al azul infinito la mirada altiva del laborioso cacique de Tenderí.
Remanso sutil del fragante sauce y la azucena, así como del centenario cocotero que incansable eleva al cielo su copo de esmeraldas y su celeste frescura, de románticos soñadores que bajo el alero de la casita blanca cuando el silencio de la noche se va rondando entre los senderos de Dios echan a volar con la luciérnaga los recuerdos del ayer; el noviazgo interminable, la pasión romántica que una noche arrancara con el gemir de la guitarra un suspiro de amor de la mujer amada; los fantasmas de “La Carreta Nagua”, “El Cadejo”, “La Cegua” y otros, que al calor de la emoción van sacando de su memoria como desmadejando hilos incoloros de lejanos instantes. Por las anchas calles orladas de florecillas naturales y salpicadas de libélulas también pasaron una pléyade de protegidos de la ninfa Equeria: Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas, Bobadilla, Squier, Vázquez de Espinosa, Antonio Zamorana, nuestro inmortal Rubén Darío y tantos y tantos más, que con sus crónicas y escritos han llevado al mundo la belleza de este paisaje maravilloso nacido del agua y la montaña donde florecen la siemprevivas y el sauce, para perfumar el ambiente y la lágrimas de los que acaso lloran, que cual bellas joyas deslumbran al corazón enamorado. En la arboleda esmeralda se eterniza el santuario de las aves del cielo, como el guacamayo que prendió sus plumas sobre la frente altiva del chorotega, del cenzontle de la guzla de oro, del colibrí de deslumbrante plumaje, del clarinero cuyo canto es como el gemir del agua sobre la cascada, del carpintero que golpetea incansable sobre el viejo tronco, de la coqueta golondrina que con su cimbreante aleteo va charlando sin descanso con la saltapiñuelas, del guardabarranco de corbata azul y de la oropéndola que desde su columpio en el opulento ceibo anuncia la alborada con la trasparencia de su estridente arpegio.
Nindirí, tierra bendita de aromas naturales donde desflora el Xilinxóchitl y el Xacuanxóchitl —de los mayas flor divina mensajera del amor— extendiéndose por la pradera con la flor de mayo que entre bromelias y orquídeas tizna de blanco los pináculos rocosos del viejo volcán, y un enjambre de magnolias, jazmines, albahacas, heliotropos, hortanzas, lirios, dalias, sin faltar el malinche que en julio impregna la tierra de rojo carmesí. Diríase que sobre la cuna de los dirianes el Dios Altísimo ha desbordado las flores de su galería celestial para manifestarnos su divina imaginación creadora en las fiestas del Apóstol Santiago y la Abuela Santa Ana, patronos augustos de esta “Tierra de Encantos y Leyendas”.
El autor es historiador.