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Si para el comandante FFidel Castro (en una displicente y sobrancera mea culpa), una de las peores cosas que le podrían pasar a su isla es que la sigan considerando “comunista”, pues ésta se tornó ya en un paraíso capitalista con tantas empresas creadas en los últimos años, resulta difícil para la revolución sandinista definirla como comunista o socialista durante su gobierno, pues en realidad no lo fue, aunque sí puso en práctica moldes doctrinales y totalitarios típicos a los de la Cuba castrista; en su oposición, la contradicción podría resultar incluso más compleja, pues ha intentado socarronamente jugar con la susceptibilidad de las masas manejando un discurso populista, en medio de una seductora concha capitalista, de la que acaso resultaría a fin de cuentas una enredada lectura socialdemócrata, crispada por los nervios vibrantes de minorías exaltadas que cada 19 de julio se reúnen en torno a plazas y fogatas, alumbrando el espectro de un espejismo social que empieza a convalecer frente a la realidad política del presente y su imperativo orden socioeconómico.
La revolución sandinista, al igual que las otras en América Latina y el mundo, fracasó, quedando de ella únicamente una desvencijada maquinaria partidaria, oxidada en las múltiples contradicciones de la prepotencia ortodoxa, así como en la amañada truculencia de las derechas políticas gamonales, pactistas y prebendarias.
Esta fuerza política, evidencia su fracaso histórico en el siglo que acaba de concluir, debido a varias causas, pero las más significativas vienen a ser la subestimación a la democracia, la inaplicabilidad de un proyecto moderno en el que tuviera participación la democracia política, el respeto a la individualidad y a la propiedad privada y la inclusión de otras fuerzas sociales como las liberales o conservadoras.
También ha logrado transformar la mentalidad política del nicaragüense en general, creando barreras menos estrechas en el comportamiento de las distintas capas sociales, hechos relevantes pero lamentablemente inocuos ante el retroceso de la economía.
Volverse un partido competitivo y ensamblado al sistema social que el país vive, es uno de los retos fundamentales que dicho partido deberá examinar en su presente. Después de todo, aspirar a una sociedad equitativa y socialmente más justa no sólo ha sido una tentación mochilera de las viejas insurrecciones sino también de los grupos políticamente éticos y renovados. ¿Será ésta también una nueva era para el FSLN?
El autor es escritor y periodista.