El incidente en que se vio en envuelto hace unos días el diputado sandinista Bayardo Arce, en el aeropuerto de Miami, al ser retenido por las autoridades migratorias estadounidenses cuando pasaba de tránsito en viaje hacia y desde España, no es algo que le ocurre por primera vez a un nicaragüense.
En realidad, muchas personas han sido retenidas momentáneamente cuando pasan en tránsito por aeropuertos estadounidenses, inclusive algunas que portan pasaporte nicaragüense “diplomático” y aunque lleven impreso el visado de ingreso a Estados Unidos. Por ejemplo, en 1990, cuando era presidenta de la Asamblea Nacional y se dirigía a China comunista en viaje oficial, la doctora Miriam Argüello tuvo en un aeropuerto californiano un problema de este tipo, y el ex diputado sandinista Ray Hooker, quien por varios años fue representante de Nicaragua en la Unión Interparlamentaria (UIP), sufrió también ese inconveniente en más de una ocasión.
En general las autoridades migratorias estadounidenses siempre han sido celosas con los pasajeros que entran a su país, aún con los que pasan en tránsito y aunque porten los llamados pasaportes “diplomáticos” que en Nicaragua se le extienden a innumerables funcionarios públicos, a sus mujeres, hijos y otros familiares cercanos. Pero tales pasaportes “diplomáticos” sólo sirven para ser atendidos gratuitamente en la sala VIP del aeropuerto de Managua y para introducir mercadería libre de impuestos, pues lo que protege la Convención de Viena es la función diplomática propiamente dicha, no a los pasaportes que ni siquiera se mencionan en dicha Convención.
Ahora bien, desde el 11 de septiembre del año pasado, cuando ocurrieron los terribles y sanguinarios atentados terroristas contra Nueva York y Washington, las autoridades estadounidenses reforzaron las medidas de seguridad migratoria, las hicieron más estrictas e inclusive fastidiosas para los pasajeros comunes y corrientes que viajan a ese país o pasan por sus aeropuertos con motivo de negocios, turismo o cualquier asunto de carácter personal. Pero son comprensibles esas medidas de seguridad reforzadas que las autoridades migratorias estadounidenses aplican a los viajeros que llegan o pasan por su país, sobre todo cuando se trata de quienes dicen ser enemigos de Estados Unidos, tienen relaciones de amistad y cooperación con gobiernos que promueven el terrorismo internacional, y han justificado directa o indirectamente los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001.
Las terribles agresiones terroristas que ha sufrido Estados Unidos obedecen, sin dudas, a que el fanatismo de izquierda e islámico califica a esa nación como “enemigo de la humanidad” o “el gran satán”, pues la identifica como el más poderoso exponente de un sistema de vida y gobierno que podrá tener muchos defectos pero es el más comprometido con la libertad y la dignidad de las personas. Esa forma de vida libertaria es la que los terroristas han jurado destruir, y por lo tanto, Estados Unidos, los países democráticos en general y todas las personas amantes de la libertad lo menos que pueden hacer es defenderla con severas medidas de precaución. Ningún país democrático que ha sido o podría ser víctima de las acciones terroristas, no puede ni debe debilitar sus mecanismos de defensa.
Mientras haya en el mundo extremistas de derecha e izquierda, y bandas de terroristas cuyas ramificaciones se extienden internacionalmente y disponen de cuantiosos recursos financieros que les aportan algunos gobiernos y partidos totalitarios, es indispensable no sólo ejercer la máxima vigilancia permanente en los puntos fronterizos, sino también perseguir a los criminales hasta en sus guaridas, como se hizo el año pasado en Afganistán. Ése es el precio que la humanidad debe pagar por la defensa de la libertad y por los ideales de paz y seguridad nacional e internacional.
La verdad es que quienes se sienten incómodos y hasta ofendidos por las medidas de seguridad que aplican las autoridades migratorias estadounidenses, no están obligados a visitar ese país ni a pasar en tránsito por sus aeropuertos. Y los que califican como “enemigo de la humanidad” a la nación estadounidense y se alegran cuando es víctima de los atentados terroristas, como los del 11 de septiembre, deberían ser consecuentes con sus “principios” y no hacer el ridículo de querer ingresar o pasar por ese país al que tanto odian.