Escenas como ésta son comunes en los diferentes barrios de Managua y algunos departamentos, donde los pandilleros toman control del lugar imponiendo el terror y exponiendo a la muerte a niños, jóvenes y adultos. La Policía difícilmente logra poner el orden.

La vida de pandillero

Iván Olivares [email protected] Hasta hace unos meses, Julio y Víctor eran dos entre muchos jóvenes de Batahola Norte que tenían por principal “oficio” el de trenzarse en interminables duelos a pedradas con algunos de sus principales enemigos, entre ellos, “Los Perros”, “Los Nazis”, “Los Chayules”, los del “Edgard Lang”, los del Barrio España y los […]

Iván Olivares [email protected]

Hasta hace unos meses, Julio y Víctor eran dos entre muchos jóvenes de Batahola Norte que tenían por principal “oficio” el de trenzarse en interminables duelos a pedradas con algunos de sus principales enemigos, entre ellos, “Los Perros”, “Los Nazis”, “Los Chayules”, los del “Edgard Lang”, los del Barrio España y los del San Ignacio.

¡QUÉ VIDA!

Julio, que cumplió 16 años ayer, es hijo de un policía. De su madre sabe poco porque “vive en Estelí”. Víctor tiene 17 años y es hijo de un jubilado y una desempleada. Aunque deberían estar estudiando secundaria, ambos están haciendo un esfuerzo por terminar de noche el sexto grado en una escuela de la localidad. Ninguno de los dos ha trabajado nunca, pero los dos quisieran hacerlo para olvidarse de la pandilla completamente.

CONTRADICCIONES

En su versión inicial, los muchachos se presentaron como víctimas de sus “traidos” (enemigos), porque “ellos nos agredían”, aunque poco después admitieron que “a veces alguno de aquí golpeaba a alguno de los de allá porque no les daban cigarros o un peso”.

Esa agresión inicial generaba una respuesta solidaria del grupo del agredido, que desataba una lluvia de pedradas sobre las casas del agresor, sus amigos y vecinos, lo que a su vez era respondido con una acción similar inmediata o diferida, en la que sufrían principalmente las casas y, a veces, alguno de los contendientes.

Recordando esos momentos, Víctor dice que “gracias a Dios nunca le pegué a nadie, sólo a las casas”.

COINCIDENCIAS

Julio no fue tan suertero. Él recibió una pedrada en la barbilla, por lo que acusa a un joven llamado “El Gato”, que irónicamente es miembro de “Los Perros”.

Al explicar por qué se comporta de esa manera, dice de sí mismo que “soy nefasto”, explicando que no le aguanta nada a nadie, que le gusta oír música a todo volumen aunque su padre policía se enoje con él.

Como si se tratara de un estilo de vida que deben seguir, Julio y Víctor dicen que nunca han asaltado a nadie ni usado drogas, aunque sí fuman cigarrillos y a veces toman alcohol. Ninguno de los dos dejaría que sus hermanos menores siguieran su “ejemplo”, ambos creen que a los hijos hay que hablarles “con cariño”, aunque aclaran que “si no entienden hay que fajearlos”.

Finalmente, los dos tienen esperanza en que el plan para erradicar las pandillas que lleva adelante el Distrito 2 de la Policía Nacional, les ayude a conseguir trabajo y a salirse de una vida peligrosa, que puede acabar de pronto: con una pedrada o un balazo.

En la acera de enfrente, varios jóvenes de la pandilla de El Parque, en la misma Batahola Norte, están a punto de “jubilarse”, no sólo porque se han acogido al plan policial, sino porque hay dos factores que los empujan a cambiar de vida: la edad, y el hecho de ser papás.

Eddy Alemán, de 26 años y padre de un hijo, coincidió con sus “colegas” Nelson Martínez, de 26 años, con tres hijos; Mauricio Amaya, de 27, con dos hijos; y Erwin Guzmán, de 26 años, en que a veces quisieran simplemente dejar esa vida, pero sucede que llegan a agredirlos donde viven, o bien, alguna pandilla rival asalta o golpea a uno de ellos, por lo que se ven obligados a defenderse.

“Yo sé que ya estamos viejos, pero es difícil salirse de esto”, explicaron poco antes de confesar que casi todos conocen la cárcel, por lo que no quieren volver a ella, sobre todo ahora que tienen quien dependa de ellos.  

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