- A doscientos kilómetros de Managua, en un municipio con unos 23 mil habitantes y un alto grado de pobreza, olvidado por el gobierno, de donde salió un diputado que representa al departamento, pero nunca se aparece por ahí, hay dos asesinos que esperan su momento para cobrar una nueva víctima
Francisco López G.CORRESPONSAL/RÍO SAN [email protected]
El martes 28 de mayo don Alfredo Mejía Mejía, de 46 años, se levantó como de costumbre, a las 5 de la mañana, y se dispuso a hacer lo que había venido realizando todos los días durante los últimos años. Se vistió y salió con dirección al corral de su finca, ubicado a escasos 30 metros de su casa, para empezar el ordeño de sus vacas.
Su compañera de vida, Ángela Torres, una mujer de 33 años, con quien tenía cinco hijos, acompañó a su marido en las tareas. Esta vez hubo dos variantes no cotidianas. La primera fue que una noche antes Alfredo había advertido un alambre reventado en el cerco externo de su finca, por lo que esa mañana no fue al corral por el patio de la casa, sino que salió a la carretera para reparar el daño antes de ordeñar. La segunda fue que su mujer no salió detrás de su marido, sino que antes se fue a darle de comer a los cerdos.
El ladrar continuo de un perro, nada habitual en la finca, hizo sospechar algo extraño en el patio. Ángela, que siempre fue más desconfiada que su esposo, fue a averiguar lo que pasaba, y lo que vio marcó para siempre su vida. Dos hombres que vestían camisa negra, pantalones militares de camuflaje (pinto) y armados con fusiles AK-M estaban agazapados en una macolla de zacate, esperando que su víctima estuviera a tiro.
“¡Los matones, Alfredo, correte!”, gritó la mujer asustada. Al grito, su marido desenfundó su pistola, una Jericó de nueve milímetros, para descargar su parque contra los hombres que de inmediato empezaron a avanzar disparando ráfagas cortas contra el ganadero que gritaba a su mujer que le pasara su escopeta porque ya no tenía municiones. Alfredo cayó herido, y uno de los matones, de contextura algo delgada y alto, según la descripción obtenida por la Policía Nacional, se acercó al herido y lo remató con un tiro de gracia en la cabeza.
Mientras esto ocurría, Ángela se lanzaba sobre el segundo asesino, de contextura recia y de baja estatura. En lucha cuerpo a cuerpo intentó quitarle la capucha y el arma, pero el cañón ardiente por tanto disparo, le quemó la mano izquierda. El encapuchado le asestó un golpe contundente en la cabeza con la culata del fusil y la sacó de combate.
Alfredo quedó tendido a la orilla de las tablas de su corral, en medio de un charco de sangre. Muerto. Su mujer corrió hasta el cadáver de su marido y los matones entraron a la casa para robar todo cuanto pudieron para luego huir con rumbo desconocido.
El ganadero murió advertido. Según su esposa, unos amigos le dijeron que se cuidara, que por ahí se andaba diciendo que lo querían matar, pero no lo creyó. Dice que le anunciaron hasta el día de su posible muerte, pero él contestó: “No estoy en mi día”.
Estaba equivocado. Murió a tiros igual que su hermano Andrés Heliodoro Mejía Mejía, tres meses después que éste, y según los testigos, por los mismos matones.
Alfredo, casado en segundas nupcias con Ángela, trajo al mundo cinco hijos, quienes al igual que su madre vieron todo el horror del asesinato, y han dejado la escuela porque tienen miedo. Pese a la terrible desgracia, la mujer dice que seguirá adelante al frente de la finca y manteniendo a sus hijos.
“Yo no me voy a correr al ruido de los caites, voy a trabajar la finca con la ayuda de Dios y de mis hijos, aunque si encuentro quien me compre y me pague bien la finca me cambio de lugar”, dijo la mujer sin asomo de miedo.
MUCHAS PREGUNTAS
Lo anterior parece una novela al estilo de García Márquez, pero lamentablemente no es así, se trata del último de 10 asesinatos a tiros ocurridos en el municipio de El Almendro, a 200 kilómetros al sureste de Nicaragua, en el departamento de Río San Juan.
Este caso, como la mayoría de los nueve anteriores, sigue sin esclarecerse. La Policía Nacional de ese departamento tiene los expedientes marcados con un rotulo que dice “A/D” (Autor Desconocido), lo que es lo mismo que decir “Caso sin resolver”.
Alfredo, según su mujer, no tenía enemigos declarados ni cuentas pendientes con las autoridades, por lo que cree que su asesinato fue por pura envidia, debido a su rápida prosperidad económica de los últimos años. Por su parte, la Policía Nacional no reporta antecedentes delictivos de este ciudadano que a su muerte mantenía un récord policial limpio.
ABIGEOS SON LA PLAGA DE LA ZONA
El Almendro, con 23,000 habitantes, es considerado un bastión de la ganadería. Ahí residen los ganaderos más prominentes de la zona. El hato de ese municipio oscila entre 8,000 y 10,000 cabezas de ganado, según estadísticas de las autoridades edilicias, por lo que uno de los ilícitos con mayor ocurrencia es el abigeato. La mayoría de los casos que tiene que ventilar la justicia es por ese delito.
La Policía Nacional ha expresado preocupación porque siempre que apresa a alguien por abigeato, aunque haya suficientes evidencias en contra del acusado, es dejado libre en los jurados de conciencia.
“Esto es muy peligroso porque puede llevar a muchas víctimas de ese delito a cobrar justicia por su propia mano. Aún no tenemos a los culpables de la serie de asesinatos, que al parecer son los mismos, ya que tienen el mismo modus operandi, las mismas armas y las mismas características físicas, pero estamos trabajando para esclarecer todos los casos”, aseguró el jefe departamental de la Policía Nacional, subcomisionado Roberto González Kraudy.
En las investigaciones que las autoridades policiales han hecho hasta ahora, sólo existen las declaraciones de los testigos, de donde se deduce que se trata de dos hombres armados de fusiles AK-M, que actúan enmascarados con capuchas negras, y que se trata de asesinos muy bien entrenados, porque saben seleccionar y estudiar muy bien las rutinas de sus víctimas y prácticamente no fallan disparos. La población local vive en zozobra, esperando en cualquier momento la noticia del próximo muerto.
CRONOLOGÍA MORTAL
Esta serie de asesinatos se inició a mediados de 1999 con la muerte de Fabio Mejía. En ese momento fue considerado un asesinato ejecutado por delincuentes comunes; sin embargo, pocos meses después, el 13 de junio de ese mismo año, “los matones” esperaban a Donald Gerardo Jirón Sequeira, de 48 años, a la salida de su finca, y cuando se bajó de su vehículo para cerrar el portón fue acribillado con 30 disparos de fusil AK-M. Su hijo de siete años resultó herido en el pecho y la pierna derecha. Según la Policía, Gerardo había sido procesado por abigeato y declarado inocente por un jurado.
El siete de diciembre de 2000 fue asesinado de nueve disparos con el mismo tipo de arma Alejandro Cardoza Manzanares, de 49 años, hermano de Ricardo Cardoza y cuñado de Paula Borge, esposa de Ricardo.
Los matones reaparecen el 19 de agosto de 2001 en la comarca Montes Verdes, y asesinan a Adrián Martínez Bravo, de 34 años, cuando éste regresaba de un juego de béisbol. Lo esperaron a sólo 20 metros de la casa de uno de sus amigos, y le hicieron 28 disparos en el cuerpo más uno de gracia en la frente. La Policía no tiene registrados antecedentes delictivos de esta víctima, aunque entre la población se comenta, según la Policía, que tenía vínculos con bandas de abigeos.
Después de Martínez Bravo, los matones enfilaron sus armas contra la humanidad del ganadero Andrés Mejía Mejía, de 48 años, a quien esperaron en su finca el 30 de octubre de 2000, y le dispararon un solo proyectil que le penetró en el maxilar superior, que le causó la muerte de manera instantánea.
En este caso, la única testigo resultó ser una joven supuestamente amante del productor, la que se apoderó de 16,000 córdobas que éste portaba en sus bolsillos a la hora del suceso. La muchacha señaló que entre los matones estaba Ricardo Cardoza; sin embargo, durante el jurado de conciencia no encontraron evidencias de su participación en el hecho, fue absuelto y dejado en libertad al igual que la testigo. Éste es el único caso en que la Policía ha logrado llevar a juicio a alguien.
El luto llega de nuevo a El Almendro en hombros de los matones el siete de diciembre de 2001, pero esta vez será la única en la que no usan armas de fuego sino que ahorcan con manilas fabricadas especialmente para ese fin, a los jóvenes Davison Pastor Ocampo, de 21 años, y a José Manuel Sevilla Sevilla, de 26. Ninguno de los dos tenía antecedentes delictivos según la PN.
¿POR QUÉ?
El nueve de abril de 2002, a sólo 150 metros de la estación municipal de la Policía, los matones se presentaron a ejecutar uno de los asesinatos que ha despertado más controversia en El Almendro: el del pasante de derecho Belarmino Mendoza Mina, de 25 años, a quien le propinaron 10 disparos de AK-M cuando estaba de pie en la puerta de su casa, en presencia de su esposa y de su pequeña hija de cuatro meses, la que se salvó por segundos, ya que su padre la tenía en sus brazos, y fue poco después de pasarla a su madre que se escuchó la ráfaga asesina.
La esposa de Belarmino, Sandra Duarte, muestra mucha serenidad al hablar de los hechos. Belarmino era un joven con muchas ilusiones, emprendedor y sobre todo muy amoroso.
La desgracia inició —según cuenta la ahora viuda de Belarmino— el día que al padrastro de él lo acusaron de pertenecer a una banda de abigeos. El entenado fue involucrado y procesado. Como en todos los delitos de este tipo, Belarmino también fue declarado inocente. Regresó a su casa al lado de su esposa en diciembre de 2001.
Cuatro meses después de salir de la cárcel, el fatídico nueve de abril de este año, a eso de las seis y media de la tarde, los matones encapuchados, sin mediar palabra y en cosa de segundos, irrumpieron en la tranquilidad de la tarde, y desde el patio trasero, frente al espejo de la sala, le descargaron a Belarmino una ráfaga larga de 10 tiros: todos acertaron en su blanco y el joven abogado cayó con el pecho perforado.
Belarmino murió como la mayoría de los demás, de forma anunciada. Según su esposa, él le venía contando desde un mes antes de su asesinato, que varios amigos a quienes nunca quiso identificar por sus nombres ante su esposa, le venían diciendo que lo querían matar, que se fuera de la zona, pero no quiso hacer caso. Como se había convertido al evangelio, dijo que estaría a salvo con la protección divina.
Ahora Sandra sufre la ausencia de su esposo, pero lo que más le duele es que digan que lo mataron por ladrón. “Yo he sufrido mucho. Lo extraño, pero lo que más me duele es que se diga que lo mataron por ladrón. Yo soy evangélica y nunca hubiera permitido que hiciera algo malo”, dice la adolorida mujer.
Tras un profundo suspiro y con la mirada firme, advierte que no se dejará vencer y que su hija tendrá una excelente madre. “Me destruyeron mi vida. Teníamos sueños muy lindos que ya no se podrán cumplir. Soñábamos con ver crecer a nuestra hija y educarla juntos. No he decidido qué hacer con mi vida porque me destruyeron todos los planes y mi felicidad, pero sí voy a luchar por mi hija”, dijo Sandra.
A este caso le siguió el del comerciante y ganadero Efrén Bravo Murillo, de 38 años, al que los matones esperaron en la comarca Filadelfia, exactamente en el mismo lugar donde tres años antes había sido asesinado Donald Jirón. Le hicieron un solo disparo. El último caso con resultados mortales fue el de Alfredo Mejía Mejía, ya relatado al inicio.
UN MILAGRO
Ese fue el último caso mortal, pero no la última aparición de los matones, porque el miércoles tres de julio a las seis de la tarde, los encapuchados llegaron a la casa de Ricardo Cardoza (que fue procesado por la muerte de Andrés Mejía Mejía) en la comarca El Zapotal, y luego de colocar un pie en el umbral apuntaron con el AK-M hacia el grupo de seis personas que estaba viendo la televisión, entre las que estaba un niño de dos años.
Como por cosas de milagro, cuando el asesino haló el gatillo sólo se escuchó un “clak” seco, indicando que la recámara del arma estaba vacía. Los ocupantes de la casa, de inmediato aprovecharon el error para huir en diferentes direcciones. Alejandro Cardoza Ríos, de 17 años, y a quien ya los matones le arrebataron su padre del mismo nombre, salió corriendo en dirección a la casa de sus tíos.
La esposa de Ricardo se metió a un cuarto sin que la viera el matón que ya estaba adentro y con el arma vomitando fuego en todas direcciones. El resto de personas salió con rumbo a un parque infantil. Por primera vez, los matones, por suerte, fallaron y se salvaron así seis vidas.
La esposa de Ricardo, a quien supuestamente iban buscando, aseguró que también a su esposo le avisaron que lo iban a matar, y hasta le dijeron que sería ese martes, por lo que el hombre se fue del lugar un día antes. Esta vez la advertencia sí fue escuchada y tomada en serio.
¿TODOS ABIGEOS?
El abigeato, según la Ley 109 del 30 de agosto de 1990, que reforma el artículo 271 del Código Penal, es la acción de sustraer o apropiarse de ganado mayor (vacuno, equino, caballar) sin el consentimiento del dueño.
Pero también comete el delito de abigeato, según explica el abogado Francisco Obando Romero, todo el que venda ganado sin cartas de venta, el que destace y venda reses robadas, el que venda cueros sin ser destazador autorizado o ganadero reconocido, el destazador que venda el cuero sin demostrar su procedencia, y el que traslade ganado dentro o fuera de la circunscripción sin el debido documento de guía o certificado de fierro.
Además, según el doctor Obando Romero, “la ley es tan drástica que podríamos asegurar que la mayoría de los nicaragüenses hemos cometido el delito de abigeato sin saberlo, porque la ley establece que también comete ese delito todo aquel que compre y consuma carne de res robada, y ¿cómo vamos a saber nosotros si la res fue comprada o robada? Es una lástima que no se aplique como se debe”, explicó el jurista.
Todo el que comete el delito de abigeato, conforme lo establece la ley, será sancionado con una pena que va de dos a siete años de prisión, más una multa por el 100 por ciento del valor del animal robado.
NOTICIA RELACIONADA: