Marbell Danilo Aguilar M.*[email protected]
II PARTE Y FINAL
El desarrollo de la genética molecular en los años 70 del siglo XX, ha hecho posible describir con detalle las partes funcionales de un gen, mediante la determinación exacta de la secuencia de nucleótidos. El avance de la genética ha sido tan rápido, que se ha aprendido más sobre los principios y mecanismos que regulan la vida, en los últimos 15 años que en toda la historia del hombre. La genética molecular y la biología celular han permitido el surgimiento de una serie de procedimientos que se conocen como “BIOTECNOLOGÍA MODERNA” que permite en las plantas la fusión de células más allá de la familia taxonómica, que superan las barreras fisiológicas naturales de la reproducción o de la recombinación y que no son técnicas utilizadas en la reproducción y selección tradicional, pero también se aprovecha el potencial que disponen las células vegetales tienen la capacidad de regenerar una planta completa, a partir de cualquier célula o tejido, fenómeno conocido como Totipotencia.
La diferencia y la ventaja potencial de las nuevas técnicas radican en el hecho de que ahora es posible la transferencia inmediata y directa de genes individuales de un organismo a otros, proceso del que originan las “plantas transgénicas” u organismos modificados genéticamente (OMG). Una característica de las plantas transgénicas es la introducción de uno, o cuando mucho unos cuantos genes bien identificados que proporcionan resistencia a las plagas y herbicidas, tolerancia al estrés abiótico, producción de sustancias químicas industriales, etc.
En el caso del rendimiento que es un carácter cuantitativo constituido por muchos genes, aún no es posible hacer transformación de plantas con la inserción de segmentos de ADN que contengan estos genes. Únicamente se puede mejorar el rendimiento cuando se insertan de 2 a 3 genes responsables de la expresión de enanismo, que reduce el crecimiento vegetativo que obliga a la planta a aumentar el rendimiento cuando éste se localiza en las partes reproductivas, por ejemplo: en el cultivo de trigo, la reducción del crecimiento vegetativo favorece el mayor acceso de energía hacia las partes reproductivas comestibles, como se comprobó con la introducción de genes de enanismo en trigo y arroz haciendo uso de la selección y cruzamiento durante la llamada Revolución Verde.
Es indiscutible que el desarrollo tecnológico de la Biotecnología, a partir de los años 80, ha generado la formación de dos grupos de opinión, los que están a favor y los que están en contra del uso de los organismos transgénicos. La polémica se centra principalmente en que el consumo de los productos transgénicos de plantas y animales, pueden tener repercusiones en la salud humana, daños al medio ambiente y aspectos socio-económicos. No es suficiente que científicos representantes de academias de ciencias de Brasil, China, México, India, Estados Unidos y Reino Unido hayan concluido en su informe del 2001 sobre el impacto de los cultivos transgénicos, hasta la fecha no se ha identificado un solo problema de afectación en la salud humana ni en el medio ambiente.
Los que se oponen a las técnicas biotecnológicas, consideran necesario evaluar los posibles riesgos que implica la utilización de cultivos transgénicos. En seguridad alimentaria hay que analizar los factores negativos que puedan afectar la salud de las personas, por la adición de genes que sintetizan sustancias tóxicas. Debido a que en el proceso de modificación genética se utilizan genes de resistencia a los antibióticos como marcadores selectivos, el uso generalizado de estos genes en las plantas pudiera aumentar la resistencia a micro-organismos humanos a los antibióticos; por ejemplo: la kanamicina producto necesario para el tratamiento de infecciones diversas. La alternativa de solución a este problema es la sustitución por otras metodologías que emplean genes marcadores, antes de que la planta sea introducida al comercio.
En el mundo se gastan alrededor de 9,000 millones de dólares en la protección química de los cultivos. A pesar de ello, las pérdidas previas a la cosecha se estiman en un 24 por ciento debido a las plagas y enfermedades. En nuestro país es necesario implementar sistemas reguladores de salud pública, para identificar y hacer un seguimiento de cualquier efecto potencial adverso de las plantas transgénicas contra la salud humana, como se debe hacer con cualquier variedad nueva no transformada. Es bueno recordar que en Nicaragua el empleo de plaguicidas ha causado muchos problemas como: intoxicaciones de trabajadores agrícolas, contaminación permanente y peligrosa de las aguas, suelos y alimentos, que favorecen la aparición de plagas más resistentes y con ello el incremento de los costos de producción de los cultivos.
Otro factor de riesgo muy discutido, es el posible flujo de genes a través del polen que facilite la hibridación de los transgénicos con sus parientes cercanos, dando lugar a la aparición de “súper malezas” que toleran la aplicación de herbicidas o adquieran resistencia a insectos. El uso limitado de las plantas transgénicas dificulta el acceso a información concreta, acerca de sus efectos reales sobre el ambiente y la biodiversidad biológica; de manera que no hay consenso en lo que se refiere a la gravedad o incluso a la existencia de cualquier posible daño ambiental de las plantas transgénicas, que afecten la fauna benéfica y la biodiversidad.
Algunos críticos aseguran que la mayoría de las innovaciones en Biotecnología Agrícola, son motivadas por criterios económicos más que por satisfacer necesidades humanas, la finalidad no es resolver filantrópicamente los problemas agrícolas, sino obtener ganancias; en tanto el mundo carece de alimento y sufre de contaminación por pesticidas. Niegan que la Biotecnología beneficiará a los pequeños agricultores y pobres del tercer mundo, debido a que es una actividad principalmente comercial.
La privatización cada vez mayor de la investigación y del desarrollo agrícola y la globalización de la economía han estimulado el desarrollo comercial de productos biotecnológicos para la salud humana y la agricultura y con ello la concentración del poder económico en un grupo de compañías.
El Grupo Crucible en su informe del año 2001; señala que desde 1980, la evolución de las leyes de propiedad intelectual, ha permitido patentar organismos vivos, procesos y productos biotecnológicos a compañías privadas que les garantizan la recuperación económica de las inversiones intelectuales y financieras que posibilitan la investigación y el desarrollo de nuevos productos.
Es probable que la forma más eficaz de protección de la propiedad intelectual de las semillas resulte ser tecnológica. Un ejemplo específico que ha sido causa de grandes controversias es la solicitud de patentes de una invención en la que los caracteres deseables de las plantas transgénicas sólo se expresan mediante la aplicación de cierto activador químico a las semillas o a las plantas; a esta tecnología se le ha dado el nombre de “Tecnología exterminadora” que impide que los agricultores tengan acceso a estas semillas a menos que paguen los activadores químicos.
Los que están en favor, opinan que la Biotecnología no debe ser vista como una ciencia que permitirá construir monstruos o plantas extraordinarias, sino como una tecnología que ofrece los instrumentos para la modificación de plantas utilizando no sólo la variabilidad genética útil disponible en especies similares, sino también la que se encuentra en plantas muy diferentes entre sí, o de organismo. El potencial de los cultivos transgénicos se demuestra en que en el presente año las áreas de siembra de éstos superan los 40 millones de hectáreas con cultivos de soya, algodón, tabaco, papa y maíz, principalmente en Estados Unidos, Canadá, Argentina, China, México, Sudáfrica, Australia, Francia y otros. En países como México, Cuba, Brasil, Costa Rica, Colombia realizan investigaciones debidamente reguladas para la obtención de plantas transgénicas dirigidas a resolver problemas específicos de sus agriculturas.
Leyes reguladoras relacionadas con los productos transgénicos se deben formular al margen de campañas dirigidas por quienes por interés se oponen drásticamente a los avances científicos y por los que están en favor de intereses principalmente económicos.
Es primordial en Nicaragua la formulación y aprobación de una Ley de Bioseguridad que facilite el análisis y evaluación de riesgo que regule aquellos productos provenientes de una material transgénico inicial que fuera a ser posteriormente empleado en alimentación humana y animal.
En Nicaragua aún no se vislumbra el establecimiento de compañías o de instituciones nacionales que realicen procesos de transformación genética, pero existe la posibilidad de que material transgénico pueda ser introducido al país por diferentes vías; dada la permeabilidad de los controles fitosanitarios y la inconsistencia de las leyes que los controlan. Las universidades nacionales están destinadas a desempeñar un papel importante, ya que cuentan con instalaciones, equipos, y personal capacitado en el manejo de técnicas moleculares, para evaluar y determinar el riesgo o inocuidad de los productos transgénicos, durante las pruebas de laboratorio y campo.
El autor es docente de la Universidad Nacional Agraria-REGEN.