- El éxito japonés es del parisino Troussier
Carlos E. Carbajosa
A sus 47 años, los mismos que José Antonio Camacho, Philippe Troussier, un vitalista como pocos en su gremio, es un poco más héroe nacional de Japón. Un héroe de Primera División.
El éxito de la selección nipona al pasar a los octavos de final como primera de su grupo enaltece la figura de un personaje que llegó al país hace cuatro años y que, gracias a su enorme entusiasmo por los detalles más pequeños y a su valentía para romper algunas barreras, se metió a la afición, al pueblo, en el bolsillo.
La selección de Japón se clasificó por primera vez para una fase final de un Mundial hace cuatro años.
“Fue una experiencia frustrante, pero no demoledora. Efectivamente, perdió los tres partidos de su grupo, pero en todos ellos fue por la mínima, uno de ellos con Argentina”, recuerda Troussier, que en aquel entonces dirigía a Sudáfrica.
Este parisino abandonó la práctica del fútbol antes de lo previsto. Jugaba en el Lens, pero se rompió la rodilla y tuvo que dejarlo a los 28 años. Lejos de querer seguir vinculado al fútbol intentó hacerse camino en la vida por otros derroteros, pero su amigo Arsene Wenger (hoy entrenador del Arsenal) le animó a que aplicara su talento y sus ganas de pelea a los banquillos. Así fue.
Troussier, que no era tonto, había visto el agujero que podía rellenar lejos de su país. Y fue cambiando de mochila y engordando su experiencia a lo largo de los años y al mando de varios clubes africanos y selecciones como Costa de Marfil, Nigeria, Burkina Faso o Sudáfrica, con la que terminó su relación en Francia’98.
“Mi idea del fútbol es muy sencilla. Si el equipo en el que entro tiene buenos conocimientos defensivos, pues los exploto un poco más. Si lo que sabe es atacar, potencio esa faceta. Lo que no puedo hacer es restar, sería de idiotas”, comenta Troussier.
JAPÓN ESTABA SIN SALIDA
Fue el propio Wenger el que se dirigió a la Federación Japonesa para hacerles llegar el perfil de su amigo.
Japón se encontraba entre la espada y la pared. La FIFA le había concedido, junto a Corea del Sur, organización la del Mundial de 2002, y parecía poco menos que una afrenta nacional prescindir de Akinori Okada, técnico por entonces del equipo.
A favor del cambio radical estaba la pequeña historia futbolística del país, muerta poco más o menos tras la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de 1968. Y, para rematar, el triunfo de Francia al ganar su primer Mundial.
Troussier se embarcó en una aventura extraordinaria: crear ilusión en un lugar con cerca de 127 millones de habitantes cuyo cariño por el fútbol no iba mucho más allá de seguir los pasos de Nakata en la Roma (ahora cedido al Parma) o atender a los dibujos del fútbol más irreales que se recuerda haber visto por televisión, los de Oliver y Benji.
Puede que el fichaje del desconocido Juinichi Inamoto por el Arsenal, la temporada pasada, fuera parte del trato entre Troussier, la Federación Japonesa y Wenger, pero esa cuestión, que fue tratada en su momento por la prensa más valiente del país, ha pasado ahora a la papelera tras la reciente victoria sobre Túnez.
Japón necesitaba sólo el empate, pero lo que no podía era perder y sufrir la vergüenza (con lo que esa palabra significa para la nación) de convertirse en el primer país anfitrión de un Mundial que no superase la primera fase.
La bandera Hinomaru ondeó en el país como hacía mucho tiempo. Muchos aficionados se lanzaron al río desde el puente Dotonbori, un ritual reservado para los grandes títulos del equipo de béisbol de Osaka.
DOS HORAS LIBRES
El primer ministro de Japón, Junichiro Koizumi, siguió el partido a través de la televisión, en su despacho junto a su secretaria. “¿No se os han saltado las lágrimas cuando hemos marcado los goles?”, les preguntó a los periodistas. “Hoy es de estos días en los que me siento muy orgulloso de ser japonés”, rubricó.
Para no variar tan radicalmente, tras Túnez, Turquía. Eso será el martes en Miyagi. Para ese día, ya se ha decretado que esas dos horas, todo el país podrá quedar liberado de sus ocupaciones.