- En aquellos tiempos, sin televisión, internet ni video juegos, los managuas sacaban sus mecedoras y platicaban tranquilos en horas de la noche. Generalmente cerraban sus puertas a las diez, pero se levantaban muy a las cinco de la mañana para comprar el pan y la leche para el desayuno.
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
ÚLTIMA PARTE.- La construcción del Parque Frixione, con sus aceras y pistas anchas y enladrilladas, contribuyó a poner de moda, allá por los años cuarenta, los patines de balineras. Sana costumbre de padres y abuelos era la de llevar a ese lugar a sus hijos o nietos, para gozar viéndolos deslizarse y hacer giros sobre las cuatro ruedas de esos “tereques”.
Tener un “par de patines Winchester” era el sueño de todo aquel chavalo que se respetara, pero los tales juguetes eran caros, de modo que quienes acudían al parque los fines de semana eran los hijos de padres pudientes, que sentados en las bancas de cemento, bajo pérgolas techadas con veraneras, miraban a sus vástagos correr entre alamedas sombreadas por cipreses, pinos y eucaliptos.
En la parte este del parque estaba el busto de don Francisco Frixione, el buen alcalde capitalino que ordenó construir ese lugar que también era conocido como Parque Infantil. Aún existen rescoldos de ese local que limitaba, al norte con la línea férrea y la Oficina del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, al sur con el Hotel Lido Palace y el Palacio del Ayuntamiento, al este con el Parque Darío y al oeste con algunas viviendas, entre ellas “La Casa del Águila”, que por cierto era de tres pisos.
Según el doctor Eduardo Conrado Gómez, entre las ventajas que trajo a los muchachos la pavimentación de Managua, estaba poder correr en patines en las calles sin necesidad de ir al Parque Infantil, “pero como no hay dicha completa, no podíamos jugar trompo porque al darles “sembrado” sobre el asfalto se nos ponían “carreta”.
“La Avenida Bolívar era una de las pocas calles pavimentadas de Managua, de tal manera que para jugar una mancha, nos trasladábamos hasta la calle de tierra donde vivían don Benjamín Guerra y doña Dorita, donde además de trompo jugábamos chibolas. En este último juego se trataba de cascar o partir las bolitas de vidrio del contrario, y para esto algunos chambones llegaban con balines o bolas de plomo. También se denunciaba hacer “la yanka”, que consistía en hacer trampa desde el punto de tiro.
“Se puso de moda en ese tiempo jugar con envoltorios de cigarros. Se apostaba con esos papeles tanto en el juego de “la panameña”, como en el de chibolas. Las cubiertas de cigarros tenían, según nosotros, diferentes valores, así las de “Lucky Strike”, “Camel”, “Esfinge”, “Valencia” o “Gallito” valían cien, cincuenta, veinte, diez y uno respectivamente. Era de admirar que esos valores eran mantenidos por todos los muchachos de todos los barrios de Managua.
“Al principio esos juegos se realizaban con una “taba”, o sea el hueso astrágalo del venado, pero después para sustituirlas, llenábamos con arena las cajas de fósforo y les dábamos la misma denominación a sus bordes, “cara”, “culo” y “panameña doble”.
LOS FAMOSOS CONFITES MOMOTOMBO
“Por ese tiempo salieron los confites “Momotombo” que contenían figuritas de animales que se pegaban en el llamado “Álbum de oro zoológico Momotombo”, ambas cosas las distribuía don Polo Rivas. Con esas figuras nosotros jugábamos a la taba, y parece mentira, se estableció un tipo de mercado negro que ponía precio de hasta cien córdobas por las figuras más escasas.
“Cuando nosotros ocupamos la casa de la Avenida Bolívar, recuerdo que uno de los pilares estaba forrado con esas figuritas, y que nos costó mucho quitar los residuos. De todas maneras, esos confites contribuyeron a crear una cultura zoológica muy amplia entre los muchachos.
“Cabe aquí mencionar que mi padre, el doctor Eduardo Conrado Vado, y mi madre, doña María Encarnación Gómez Saballos, contrajeron matrimonio en 1934 y ese mismo año se radicaron en la Avenida Bolívar, donde tuvieron a todos sus hijos, que en orden cronológico fueron: Julia, Dina, Eduardo, Róger, Silvio y María Eduviges.
Quedó interrumpido el recorrido hacia el sur que comenzamos desde la esquina de las Camas Luna…
Es cierto, entonces citemos siguiendo hacia el sur, la “Purería Selva” que era de don Augusto Selva. Este industrioso señor hacía los puros al estilo antiguo: en una prensa y cortado y pegado a mano, seguramente fueron notables esos puros, porque eran tipo habano y permitieron al señor Selva sostener a una familia muy honorable.
Frente a la purería quedaba la pulpería de doña Mariíta. Era una casita de madera muy sencilla, casi luminosa, que fue comprada por el caballero Tomás Wheelock Carazo para instalar la “Towico”, que fue el primer edificio moderno que vino a cambiar la fisionomía del barrio.
Sobre esto debo decir que en la Bolívar vivían personas de diferentes estratos sociales: ricos, medio pelo y pobres. Pero era admirable observar que los niños y los adolescentes jugábamos sin ninguna discriminación social. De allí venían a jugar con nosotros los chavalos del Taller Jara, que era una hojalatería donde hacían estufas y otros artículos relacionados con la hoja de lata.
A una cuadra al sur de mi casa, en la esquina sureste, en una casa de taquezal no muy bien repellada, habitaban las señoritas Conde. Eran ya entradas en años, y a mí me causaba curiosidad que usaran falda larga, al puro siglo XIX, largas trenzas y rebozos. No salían de su casa y eran amables y piadosas. No tenían hijos, pero criaban a un sobrino al que nosotros le decíamos “El Tigre”, porque era tremendo al béisbol y además porque desde muy niño trabajaba ayudándole a sus tías.
Todas estas cosas las establecemos en los años cuarenta, ya cuando pasaba por la Bolívar cierto tráfico apacible a pesar de ser la única avenida pavimentada de norte a sur. No había aflorado el comercio, había una que otra pulpería, todavía se mandaba a comprar el hielo a La Favorita.
Mi padre se había establecido allí para comenzar a ejercer su profesión de abogado, pero por razones políticas estuvo preso en 24 ocasiones, pasó dos años en el exilio, y nuestro mejor bien era un radio “Philco” de dos ondas, con el que yo pasaba oyendo no sólo las emisoras nacionales sino la XEW de México y la CMQ de Cuba.
Ya para los años cincuenta vino el “boom” algodonero, se dan los pactos de los generales Somoza y Chamorro, regresan los exiliados, entre ellos mi padre, que es electo diputado para el Congreso por el Partido Conservador. Las estructuras económicas cambian en Nicaragua, y de una economía totalmente agraria pasamos a una economía semiindustrial, eso generó la creación de los bancos privados, entre ellos el “Nicaragüense” y el de América, los abogados comenzaron a cartular más escrituras que antes y pudimos comprar nuestro primer automóvil, que guardábamos en un garaje que quedaba a media cuadra de la casa, donde después se ubicó la “Tricotextil” de la familia Bequillard. Frente a ese garaje estaba la lavandaría de don Lolo Morales, después vivieron ahí los Quiñónez (don Francisco, casado con una señora Reyes).
De mi casa a la esquina sur, dando vuelta hacia la derecha, puedo ubicar la casa de doña Margarita Vado, y en la esquina frente al Hospital del Seguro la clínica del doctor Medina, que era un médico muy frondoso y de hablar muy ampuloso, buena gente y amigo del barrio.
Para esos años cincuenta, la gente comenzó a construir casas tipo chalet usando bloques de cemento que dejaron atrás el taquezal, que precisamente de ese material era nuestra casa que resistió el terremoto de 1931 pero que sucumbió en el del 72.
Si seguimos la Bolívar hacia la Loma encontramos a varias familias de ascendencia extranjera pero con hijos nicaragüenses. Una de ellas era la familia Graham Mitchell, donde estaba Chale, que era de mi edad, al frente estaban los Kelly, de don Ernesto Kelly, pegado a esa casa estaba el famoso Maestro Caparro, el barbero que por primera vez le cortó el pelo a todos los niños del barrio.
EL HERMANO EULOGIO
Usted se educó en el Instituto Pedagógico, ¿por qué no nos dice algo de ese colegio?
Allí comencé desde el infantil, pero antes ya había pasado por el Liceo de la Lolita Soriano que ocupaba el local que después fue la Escuela de Economía de la UNAN. Allí me fracturé la pierna dando un salto del Momotombo al Lago Xolotlán, pues había en el patio un enorme mapa en relieve de Nicaragua en el cual aprendimos a localizar lugares.
La pierna me la curó el doctor Chente Leiva, pero ya en 1942 entré al Pedagógico, que quedaba frente a la Automotriz y el Hormiguero.
Allí hice toda mi primaria y parte de mi secundaria. El director en esa época era el hermano Eulogio, de origen francés, al que le decíamos “Cara de Muerto” porque nunca se reía, tipo en apariencia hosco, porque realmente me consta que tenía un alma noble. Cuando mi padre se fue al exilio él permitió que los cuatro Conrado varones siguiéramos estudiando dos años sin pagar hasta que regresó mi padre y canceló la deuda. Ese espíritu cristiano no lo tuvieron las monjas de la Inmaculada, que sí sacaron a mi hermana Nina por falta de pago.
Otros hermanos eran Eulogio al que le decían Gulliver, el hermano Eugenio, altote y amigo de dar “querques”, Panchito que era profesor de dibujo y otros. Todos ellos conformaron con nosotros una hermandad que hasta ahora perdura, porque los que nos graduamos en el 55 vamos a celebrar los cincuenta años de ese logro, y aunque estamos dispersos por diferentes lugares, vamos a reunirnos en comunidad fraterna para ese festejo.
MAXIMILIANO, PALILLON DEL PEDAGOGICO
De todas las bandas de guerra, la del Instituto Pedagógico era la más grande y elegante, pero una vez el loquito Maximiliano nos jugó una mala pasada.
El palillón ese año era un joven de quinto año de apellido Stadthagen, que fue escogido precisamente por ser grande, orgulloso y de buena presencia.
Venía Stadthagen muy orondo bajando por la Roosevelt, haciendo malabares con su adornado bastón, pero Maximiliano acechaba.
De pronto, el orate se colocó delante de nuestro bastonero y con un palo de escoba comenzó a marchar y a imitar sus gestos y maniobras.
La gente gozaba con la magistral imitación de Maximiliano, que en esa guisa nos acompañó por varias cuadras hasta que un cura lo corrió.
EL CLAN FAMILIAR
La casa de los Conrado resistió invicta el terremoto del 31 de marzo de 1931, pero el sismo del 22 de diciembre de 1972 la derribó totalmente. Sin embargo, esa tragedia no pudo destruir los sólidos lazos familiares que existen en el Clan de los Conrado Gómez.