A pesar del revés de 3-1, la afición de los Indios del Bóer disfrutó plenamente ayer en el segundo juego de la final contra el Chinandega que se realizó en el Estadio Nacional.

El público inning por inning

Todos fueron felices Wilder Pérez [email protected] Una final de béisbol de Primera División no sería espectacular de no ser porque la fanaticada lo disfruta. Eso nuevamente ocurrió ayer. Los amantes del béisbol disfrutaron cada jugada, cada gesto de los atletas sobre el terreno desde antes del partido hasta después que terminó. Después de presentar los […]

  • Todos fueron felices

Wilder Pérez [email protected]

Una final de béisbol de Primera División no sería espectacular de no ser porque la fanaticada lo disfruta. Eso nuevamente ocurrió ayer.

Los amantes del béisbol disfrutaron cada jugada, cada gesto de los atletas sobre el terreno desde antes del partido hasta después que terminó.

Después de presentar los trofeos dorados de primero y segundo lugar, la gente aplaudió a tres de los cronistas deportivos más conocidos a nivel nacional, por realizar el lanzamiento de la Primera Bola, donde el editor de Deportes de LA PRENSA, Edgard Rodríguez, actuó como bateador.

El bullicio cuando el Bóer se tendió en el terreno de juego fue enorme. Tan alto como cuando los indios lograron clasificar derrotando dramáticamente el San Fernando.

Primer inning: Chinandega puso la pizarra 2-0. La barra occidental de desbordó en alegría, pero jamás compitió con la del Bóer, que animó a su equipo cada segundo. Los indios no hicieron nada, pero sus fanáticos siguieron en pie.

Segundo: Fue el más calmo. Pero hubo explosión cuando el Bóer llenó las bases. Pero se guardaron energías para inings siguientes.

Tercero: La fiesta empezó sin baches hasta el final.

Un imparable de Marlon Abea enloqueció a las tribunas repletas de gente, pero todavía sin un lleno impresionante. No importaban las jugadas descorazonadoras.

Cuarto: Los chinandeganos celebraron como no lo hicieron hasta el final del juego, con la tercera anotación. Apenas se escuchaban sus chicheros, quienes sí perdieron el duelo contra sus homólogos capitalinos.

Quinto: La ya famosa bandera blanca con un indio sonriendo al centro, se mantenía en pie.

Un chinandegano se atrevió a sonar una bocina de camión, y como no había holigans, en vez de molestar a los sorprendidos fanáticos del Bóer, los hizo reír. Los occidentales extrañamente discutían a ratos con su mascota con la imagen de bruja.

Sexto: El juez seguía cantando cada strike con su jab de derecha y su one-two a la zona alta. Juan Oviedo enloqueció a los boeristas con un jonrón. Pero la fiesta había empezado desde hacía rato.

Séptimo sin suerte: Por primera vez el público dejó de centrarse en el juego porque un ebrio hizo el show en el home plate. Hit de Orlando Ocampo como emergente hizo sacar energías pródigas a los aficionados capitalinos, que coreaban ¡Bóer! ¡Bóer!, con tres retumbos indígenas. Pero no se molestaron ante los outs de su equipo.

El penúltimo: Martín Bojorge fue retirado en medio de una ovación. Pero siguió la distracción entre la barra con un hombre bailando música de chicheros al ritmo de Palo de Mayo detrás del dogout de primera, y otro cayendo preso en las gradas del right.

El del milagro: Esta vez el milagro fue que el Bóer no se viera temible al cierre, como de costumbre. Más miedo metía la barra, pero el Chinandega socó. Los capitalinos esperaron hasta la última jugada sin abandonar al equipo, pero cayó.

Al final los boeristas supieron perder y se mantuvieron aclamando a los indios después de la derrota. Jamás hubo silencio.  

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