Roberto Rosales Velásquez
En relación con el reportaje sobre la sexualidad en la Universidad, que apareció en LA PRENSA del 17 de mayo, quisiera hacer las siguientes observaciones, con el objetivo de mostrar que dichos comportamientos no son los mejores ni los más favorables para los universitarios, y cómo en otros países muchos jóvenes se proponen vivir la virtud propia en el correcto uso de la sexualidad que es la castidad.
Por ejemplo, en 1994 muchos adolescentes norteamericanos recibieron cursillos que les animaban a practicar la continencia: sólo en California asistieron unos 180 mil; en ese mismo año, en Edmonton (Canadá) unos 1,700 jóvenes realizaron declaraciones públicas de comprometerse a vivir la castidad, bajo el lema: “El amor verdadero sabe esperar”; en 1996, cerca de 1,500 alumnos colombianos recibieron un curso de educación sexual denominado “Teen-Aid”, en el que se les proponían metas elevadas sobre el auténtico uso de su sexualidad, dentro de un marco ético (cfr. Aceprensa 25/94 y 43/97); más recientemente, el Gobierno del presidente Bush aumentó en un 33 por ciento la financiación de programas que enseñan la abstinencia, y ya existen cerca de 3.3 millones de adolescentes que han firmado un compromiso de optar por la abstinencia (cfr. Zenit 13 de abril del 2002).
Lo anterior puede llevar a preguntarse: ¿qué es la castidad? ¿es sólo para la gente especial? En primer lugar, hay que decir que la castidad es una virtud, es decir, un hábito que facilita hacer el bien. La castidad pertenece o es parte de la templanza que, tal como la entendían los grandes filósofos griegos, nos lleva a dominar o templar nuestro deseo hacia bienes apetecibles, pero que no nos convienen o no debemos gozar de ellos en determinadas circunstancias de la vida. La templanza en lo que se refiere al uso del placer en los alimentos se denomina sobriedad, y en lo referido al placer en la sexualidad se llama castidad o pureza.