Carmen Regina Tenorio Gutiérrez [email protected]
La vida de un jubilado en Nicaragua es muy dura, pues además de la sensación que puede llegar a sentirse al no ser un ciudadano ‘productivo’, está el hecho palpable de que la pensión que se recibe supone equivaler a los ingresos que este ciudadano podría generar con su trabajo… nada más injusto y falso.
El jubilado no tiene derecho de enfermarse, porque desde el momento que deja de cotizar pierde el derecho a la atención médica, y si el jubilado decide cotizar por su cuenta, entonces pierde su pensión, tendrá que recurrir a la atención privada, con lo que, al pago de la primera cita se le vería reducida su pensión a la mitad. Si recurre a un hospital tendrá que esperar su turno, quizás hasta de pie, y luego tendrá que ir a comprar su medicina, la que probablemente sólo la tomará uno o dos días, pues si la compra toda, se queda sin comer el resto del mes.
Sumado a esto, tendrá que ir a hacer fila al banco, de pie también, donde sólo les atiende un cajero y donde, para colmo, recibirán la mirada de muchos de nosotros que pensamos ‘pobres gentes, toda una vida de trabajo para esto’.
El trato escasamente es diferenciado, en los buses no hay asientos destinados para ellos, ni tarifas menores, no hay subsidio de medicinas ni de alimentos, y, para colmo, en la calle muchos conductores, en lugar de detener la marcha ante el paso de un anciano, y si es posible, bajar, para ayudarle a cruzar, tocan la bocina y aceleran, en señal de desprecio.
¡Cuántas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable! (JUAN PABLO II, Hom.Roma, 11-II- 1981)