Una situación peor existe en Sitio Viejo, comunidad situada a una legua de Parcila, donde sus 265 habitantes han vivido casi enclaustrados por la falta de comunicación con el mundo exterior.
En este lugar, la gente también es muy trabajadora, pues mientras unos siembran granos básicos, otros hacen lo mismo con hortalizas. Al igual que en Parcila, aquí hay algunos apellidos predominantes, como los Castro y Zeledón.
Fue hasta hace algunos años que la población conoció lo que es una trocha por donde sacar sus productos, pues antes tenían que transportarlos a lomo de mula por más de seis kilómetros de empinadas cuestas.
Este aislamiento es la principal razón por la que sus pobladores, en su mayoría de piel blanca, cara pecosa, ojos zarcos (azul claro) pelo rubio y rojizo, sigan procreando hijos que mantienen la “pureza” de la herencia genética de sus antepasados.
DONDE LA SALUD ES SÓLO UN SLOGAN
Prueba de esto, es el caso de doña Elba Luz Urbina. Al igual que ella, sus dos hijos han nacido de color blanco, pelo rubio y ojos claros. Aunque su papá, don Cristóbal Castro tiene el mismo color de piel de los indígenas que poblaron la zona cuando llegaron los españoles, en su sangre lleva el gen de los “cheles”.
Por eso su hijo de cuatro meses, Kevin Eleázar, se confunde con cualquier niño de Alemania, Francia, Dinamarca o Estados Unidos. Doña Elba es la brigadista de salud del valle, y tiene a su cargo el programa de promoción de la lactancia materna que impulsan Care y el Minsa, el cual consiste en llevar el control de peso de los niños de la comunidad y darle charlas a las madres para nutrirlos.
Sin embargo, como dice su papá, de nada sirve que todos los meses se pese a los niños y sepan que cada vez están más desnutridos, si a las madres lactantes no les dan ningún tipo de ayuda y siguen alimentándose sólo con frijoles y tortillas.
“Se les da un folleto de consejos a las madres, y resulta que la mayoría no sabe leer, en lugar de esos folletos, mejor que les den cereales y alimentos para ayudarles a alimentar a sus niños”, se quejó don Cristóbal.
Doña Elba vive una cruel ironía, pues a pesar que su trabajo como brigadista de salud es voluntario, en su casa ni el Minsa ni Care le proporcionan siquiera un botiquín para primeros auxilios, pues lo único que tiene son algunos sobres de suero oral. “Ni siquiera tiene jeringa para inyectar, sólo tiene el nombramiento y el rótulo”, vuelve a quejarse su papá.
Cuando alguien se enferma, los familiares tienen que llevarlo en hamaca de cruzada hasta Parcila, donde en el puesto de salud tampoco hay medicinas. El colmo es que hace pocos meses, al valle llegó un aviso para que todos los padres con niños discapacitados llevaran a sus hijos a consulta al puesto de salud de Parcila, donde doctores de la organización Los Pipitos los atenderían.
Con dificultad, muchos padres de familia llevaron en hombros, en mula y a pie a sus hijos mudos, sordos, ciegos, con síndrome de Down y otras discapacidades. Sin embargo, los anhelados doctores no llegaron, y todos quedaron burlados, pero allí no terminó todo, pues al siguiente mes volvieron a llamarlos y nuevamente los dejaron engañados, según dijo, todavía indignada, doña Elba Luz.