Pero fue doña Angelina Castro de Castro, actualmente con 74 años a “tuto”, la que se llevó la cerca al parir 23 hijos, de los cuales sólo tres le sobrevivieron, ya que los otros 20 se le murieron pequeños de diferentes enfermedades.
El apellido Castro de Castro que tiene doña Angelina no es porque su mamá tenía ese apellido y su papá se llamaba Damas Castro, sino porque ella, al casarse, unió su apellido Castro con el de Victoriano Castro, que a la vez era su tío.
De estatura baja, contextura frágil y mirada vivaz, doña Angelina mueve de un lado a otro sus manos huesudas mientras de vez en cuando se lamenta del dolor en el pecho que le dejó el último resfrío. Su boca es como un fusil en ráfaga.
Cuenta que su mamá tuvo sólo siete hijos, y con entusiasmo casi infantil dice: “Pero yo me la dominé con 23 hijos”. Con la misma naturalidad con que ha enfrentado toda una vida de limitaciones, doña Angelina hasta se ríe al recordar que en una ocasión, cuando ya tenía 13 hijos y estaba cansada de esperar que don Victoriano se decidiera a casarse con ella, le dijo: “Ya terminé, me voy”, y estaba dispuesta a irse, pero la mamá de él, que se estaba muriendo, le pidió que se casara con ella y así se casaron. “Entonces, sí, ya casada, le tuve otros diez hijos”, dice sonriente.
El problema que enfrenta esta pareja de ancianos es que además de vivir aquejados por enfermedades como el asma y el reumatismo, no tienen ningún trabajo que les genere ingresos para vivir. Para mayor desgracia, él perdió la vista de un ojo por falta de medicamentos al afectarlo una infección que tuvo hace varios años.
En esta comunidad, donde la pobreza campea por todos lados, los que tienen tierras las trabajan sembrando hortalizas como zanahorias, papas, lechugas, repollos, remolachas, pepinos, tomates y granos básicos: maíz y frijol. Los que no tienen donde sembrar, tienen que trabajar “al día”, cuando encuentran alguna finca que necesita mozos, o simplemente emigrar a otros lugares.
En Parcila, casi la totalidad de la población es católica, pues como dice Carolina Montenegro Montenegro, hija de doña Auxiliadora, “nos mantenemos firmes en la fe de nuestros padres”. Por eso en la entrada del caserío existe una iglesia de esta religión, donde los domingos y jueves hay celebración de la palabra, impartida por gente de la comunidad delegada por los sacerdotes.
En sus 18 años de vida, Carolina sólo recuerda las dos ocasiones en que ha llegado el obispo, en 1998 y en el año 2000, ocasiones en que hubo confirmación, bautismo y casamientos.
Aunque la gente de este valle ha vivido por mucho tiempo aislada, a esta joven “chela” no deja de causarle cierto orgullo cuando dice que de aquí “ya han salido médicos, contadores, secretarias, ingenieros en sistemas, odontólogos y de otras profesiones”, pero éstos ya no regresan, sólo de vez en cuando a visitar a los parientes.
Carolina es el orgullo de la familia, pues basta recordar que en este lugar son contados con los dedos los que logran bachillerarse, pues la escuela sólo llega a sexto grado, y menos aún los que siguen una carrera universitaria, como ella que estudia ingeniería en sistemas de producción agropecuaria, pero su sueño es estudiar medicina en cualquiera de las universidades del país, razón por la que hizo un llamado a doña Lila T. de Bolaños para que le ayude a lograr esa meta.
Para algunos, la vida en este valle puede parecer monótona y aburrida, pues aquí no hay ningún lugar de recreación, a excepción del campo donde juegan béisbol y la gallera, donde todos los domingos los hombres se reúnen para medir la casta de sus aves de combate. Sólo para hombres, también existe un billar, donde los “derrochadores” juegan pool por las tardes.