Alan Castellón Barbosa
Comentando con un amigo cubano el desbordamiento maratónico del Proyecto Bolivariano, cotejábamos el mismo a lo estrepitoso de un desastre natural. Previsible, pero inconmensurable. Palpable e inevitable a la vez.
Yo insistía en el coraje, la bravura del pueblo venezolano. Le decía que Latinoamérica observaba expectante la rebelión popular en la isla y acabar de una vez por todas con el régimen de Castro que oprime y posterga el desarrollo social y económico de esa isla caribeña.
Me dijo que la lucha de los cubanos nunca había cesado; que la seguridad del Estado y el control de la sociedad civil no tenía parangón en ningún país del continente, que los CDR, que si las abuelas, que si los tíos y bla, bla, bla.
Dejé que terminara su ardorosa defensa y mirándole a los ojos le espeté:
— Aceptadas las excusas. Aguanten entonces diez años más de represión.
Tiempo que no quisieron esperar los venezolanos, y acabaron, en horas, con un embrión gestante fuera de útero por extemporáneo y atávico; fracasado por demás a nivel histórico en la geografía mundial.
Tiempo que no quisieron seguir esperando los nicaragüenses, cuando unidos se sacó en carreras a la dictadura de Somoza y su no menos represivo aparato militar y paramilitar.
Tiempo que no se quiso esperar después para sacudirse de una copia al carbón de esa misma Cuba y su sistema de control de la población, orientada casualmente a evitar rebelión organizada de la población civil.