Remozar la justicia vía carrera judicial

Norman Miranda [email protected]

“La obra maestra de una nación es saber darle su lugar a la potencia de juzgar”. Montesquieu.

Esta vez no escribo, como acostumbro, sobre temas de Derecho Internacional o Derecho del Mar. Hoy es la entelequia de la magistratura —a la que pertenezco—, lo que me compele a escribir sobre la primordial urgencia de crear en Nicaragua la carrera judicial para apuntalar la administración de justicia. Es ahora el Kayrós (el momento que debe ser, decía la sabiduría griega), aprovechando el actual clima de esperanzas que se siente alrededor del tema de la justicia. La dama de los ojos vendados (imparcialidad), portadora de la balanza (equidad) y de la espada (coerción), necesita remozarse, remover arrugas y cicatrices de su herida frente. Desde Hammurabi hasta el globalizado siglo veintiuno, la justicia ha buscado organizarse en sabiduría. Ha estado bajo acechanzas perennes. Déspotas, tiranos curtidos, dictadores dinásticos y dictadorzuelos trapaceros, han querido sofocarla. La política y el dinero han trajinado para subyugarla con pitanzas y gollerías. Patética al respecto es la situación en nuestro país, a juzgar por lo que sostiene un avezado jusfilósofo, quien, basado en un memorial de atropellos, dijo: “Montesquieu (del siglo dieciocho) aún no ha llegado a Nicaragua en el siglo veintiuno”, con lo cual el crítico sugiere cáusticamente que los nicaragüenses somos primitivos empedernidos y vacuos de la institucionalidad mínima surgida del iluminismo francés.

En el presente tema el juez es, entre los diversos operadores de justicia, el epicentro de la actividad jurígena. Pero para que el juez no sea muleta de la justicia, sino su vector, es necesario que no “huya” hacia una justicia abstracta o adiáfora en cuanto no quiera ser abochornado por los encumbrados del poder que pueden “pasarle la cuenta”.

Visto así, uno de los jalones cruciales para acrecer la labor del juez es el advenimiento de una Ley de Carrera Judicial, la cual, aunque obviamente emanará como iniciativa del Poder Judicial, se espera que será apoyada por el neotérico gobierno, como parte de la política judicial que éste (supuestamente) tiene en su “recetario de Estado”.

Brega, pues, encarar cuanto antes y con determinación los problemas pandémicos de la justicia como servicio público, a saber: acumulación de asuntos, lentitud, escasez de medios, cicatería presupuestaria y; en este contexto, urge primordialmente provocar el parto aunque sea con fórceps de la Ley de Carrera Judicial, para que sólo sean jueces quienes por capacidad y cualidades merezcan serlo y para abolir o tratar de abolir el sectarismo partidista, el cual, aunque no omnipresente pero persistente, ocluye la plenitud de la justicia. Los funcionarios judiciales no somos salidos de la pureza aséptica de probetas de laboratorios. Somos extraídos de nuestros respectivos medios sociales. Seremos siempre, pues, humanos con aciertos, defectos y preferencias. Pero el espíritu de cuerpo jurisdiccional y la independencia con responsabilidad que forjará la carrera judicial, serán un permanente llamado de atención a la conciencia del juez y magistrado. Esto ayudará, si no a conjurar cuando menos a relativizar en buena medida, el pernicioso injerencismo político que vilipendia las instituciones del Estado. La politización partidista es el mal endémico que entumece la marcha hacia la genuina institucionalidad de la nación. Institucionalidad seria y no fantoche que ahora es exigida impostergablemente, desde el clamor popular hasta los regaños de los donantes extranjeros, mecenas patrocinadores del progreso, quienes parecen decirnos con impaciencia: “Institucionalízate, civilízate silvestre, si quieres que siga poniéndote el billete y las ayudas”. Crudo pero veraz. Obsérvese que, casi siempre en Nicaragua, los espasmos proinstitucionales ensamblados a la inflación de leyes, obedecen más a satisfacer inspecciones externas de los donantes, que a convicciones de los propios nicaragüenses por mejorar las cosas. El acicate de la acción desarrollista es, pues, la mentalidad de dádivas (la “choña”) y no la propia voluntad nacional de superación. Pero este interesante aspecto rebasa nuestro ítem porque incursiona en la psicología colectiva. Volvamos a nuestro tema.

¿Advendrá pronto y por primera vez en Nicaragua la carrera judicial? ¿Qué sí se puede? Responderá el tiempo: “La posteridad es el tribunal de casación de los juicios contemporáneos”, dijo Schopenhauer. Pero mientras esperamos, compenetrémonos que en Nicaragua, solar de contravalores tenaces, el escéptico es el clarividente.

El autor es Magistrado del Tribunal de Apelaciones de Granada.  

Editorial
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