El ocaso de los imprescindibles

Eduardo Enrí[email protected]

Hugo Chávez, el hombre–Mesías de Venezuela, el padre de la Revolución Bolivariana, terminó solo y arrinconado en el Palacio de Miraflores, la sede del Poder mismo, que ni siquiera le sirvió para cobijarse del asedio de su propio pueblo.

Después de un largo día, o mejor dicho después de dos años larguísimos para los venezolanos, no le quedó otra opción que tomar el teléfono para llamar a sus ex compañeros de armas y al filo de la medianoche reconocer que todo debía terminar con su renuncia.

¿Cómo sucedió eso? ¿Es éste el mismo Hugo Chávez de febrero de 1999? ¿Ese titán que demolió el corrupto sistema político que por medio siglo imperó en Venezuela?

Hace dos años habría parecido imposible que alguien, ni aun el propio Chávez, con sus rasgos de demencia, fuera capaz de derrochar semejante capital político, al menos no sería capaz de derrocharlo tan rápido.

Pero la verdad es que Chávez no es más que un caso mejorado, o empeorado, del caudillo latinoamericano, dueño de un gran carisma y un gran ego, pero por esas mismas dos características es políticamente miope y fantasioso. ¡Ah! Y además, con muy pocos escrúpulos o ninguno.

El caudillo está condenado a terminar en la desgracia en que hoy vemos a Chávez, o en una variante todavía más triste, como es la de no desaparecer de golpe, sino irse disipando lentamente, hasta llegar a ser una caricatura de lo que fue, e inspirar risa, y eventualmente convertirse en una mueca de lo que fue y dar pesar.

En Nicaragua, donde por alguna extraña razón las desgracias nos llegan al por mayor, actualmente no tenemos uno, sino dos casos de ese espécimen.

Si uno hace memoria, no puede menos que asombrarse de ver la situación en que se encuentran actualmente Arnoldo Alemán y Daniel Ortega. ¿Cómo es posible —se pregunta uno— que estos hombres hayan llegado al grado en que están, habiendo sido dueños de un inmenso respaldo popular? ¿En qué momento se perdieron?

Se perdieron en el camino, de la mano de su miopía y su ambición, y acompañados por la infaltable camarilla de aduladores. Claro, en su fantasía, ellos, como Chávez que todavía se resiste a entender que está fuera del poder, no entienden por qué zarzales andan.

Es por eso que a nuestros especímenes criollos los vemos cayendo en la ridiculez de, el uno, interpretar un caso penal simple y silvestre, en el que se persigue a unos ladrones, como un acto que “puede iniciar un fuego con consecuencias impredecibles para la Nación”.

Y el otro, lanzándose a las calles para exigir la salida de su “socio” de la Asamblea, cuando fue él mismo quien lo puso allí mediante el Pacto. O es un cínico o se encuentra en las etapas iniciales del terrible Alzheimer.

Estos señores están tan desconectados de la realidad, que el uno no entiende que se ha ido disipando hasta quedar en una triste mueca, y el otro, cuando finalmente la ciudadanía se hastíe, como en Venezuela, y lo arranque de su curul, va a culpar a todo mundo de su desgracia, menos a él mismo, a su ambición, su miopía política, a su inmenso ego y su falta de escrúpulos. En realidad, ya comenzó a hacerlo.  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí