Josefina [email protected]
El escándalo del Canal 6 es el primer pinchazo de la Nueva Era, en uno de los tantos tumores putrefactos que dejó la Administración Alemán.
Constituye una muestra del “modus operandi” del segundo atraco más grande al Estado en la historia de nuestro país (el primero fue el de los sandinistas); con la particularidad que, durante años, mientras se saqueaba las instituciones, los testaferros, serviles, periodistas oficialistas a sueldo, y otras altas autoridades de nuestro país, ante la denuncia de los medios sobre el constante despilfarro, usurpación y actos de corrupción, algunos exigían que se presentaran pruebas y otros acusaban de resentidos, tiñosos, envidiosos a quienes osaban criticar y denunciar.
Ahora, señores, con las pruebas frente a ustedes, si es que todavía les queda un ápice de sentido de la justicia, deberían estar en primera fila pidiendo que los implicados en el robo del Canal 6 sean llevados a los tribunales, independientemente de su cargo, peso, color, etc.
Sin embargo, no todo es negro en nuestro país, y como reza el dicho popular: “El diablo hace las ollas, pero se le olvidan las tapas”. Esta vez, el expediente fue a parar a las manos de una persona que hace honor a su profesión de juez y que, a diferencia de los otros casos que terminaron ante el asombro y la indignación de toda la población en “candorosos sobreseimientos definitivos”, se amarró las faldas e impartió justicia.
El cansancio de los nicaragüenses ante la corrupción del sistema judicial es tal, que se puso en un pedestal a la juez Arias, quien no hizo nada más ni nada menos que cumplir con su deber. A este respecto, este Poder del Estado debería poner sus barbas en remojo e interpretar el júbilo y las ovaciones para esta consciente judicial como un rechazo a los sobreseimientos emitidos por jueces corruptos, producto de la partidización de la Corte Suprema.
No se queda atrás la “inoperante Contraloría”, que criticó el fallo de la juez por tecnicismos jurídicos. Independientemente de la rigurosidad de algunos miembros de la misma —sobre todo cuando le tienen que pagar favores a algún miembro corrupto del PLC— las pruebas de que se perdieron del erario un millón y medio de dólares están a la vista de todo el mundo y esta institución debería haber sido la primera en pegar el grito al cielo.
Pero, para desgracia del país, debido a que las instituciones partidizadas, politizadas y amañadas no funcionan, la algarabía por ver sentadas en el banquillo de los acusados a las personas involucradas en el escándalo de Canal 6 está siendo capitalizada por los sandinistas, quienes, con una desvergüenza nunca vista, se han erigido en los grandes ofendidos y buscan por todos los medios sacarle el mayor provecho a la situación. Ver a Daniel Ortega y sus secuaces, en procesión, vociferando y rasgándose las vestiduras por la corrupción provoca una fuerte repulsión.
Creo que en este momento abordar el tema de la corrupción en general, es hacerle el juego a los involucrados en el escándalo del Canal 6, ya que sirve de cortina de humo para no enfocarse en el caso y confundir a la opinión pública. Hasta ahora los que han pagado con la cárcel, debido a que no tienen la inmunidad como otros que se encuentran en la misma situación, son las personas menos responsables del robo —con esto no quiero decir que no lo sean—. El servilismo y la debilidad de carácter tienen un precio que tarde o temprano se paga.
Pero, los ases de este atraco: el ex titular del Ejecutivo, el ex titular de Hacienda y los dos mexicanos están libres. El primero en romería de fariseo en la canonización de Sor María —que debe estar tocando todas las campanitas, indignada ante tanta hipocresía—, el otro fugitivo y los restantes en México, gozándose los millones que les arrancaron a los indigentes de nuestro país.
Don Enrique tiene que estar claro de que las tiene que echar todas para que esta investigación vaya a fondo y que se castigue a los verdaderos responsables del atraco; para esto, necesitará el apoyo de la sociedad civil. Pero, para conseguir ese apoyo tiene que amarrarse los pantalones, hablar claro y pedirle a la población que lo apoye. En este momento él es el único con la capacidad de aglutinar a todos los sectores, sin distingo de color político, para unirse y ejercer presión sobre la Asamblea y el Poder Judicial.
La Nueva Era no se puede dar el lujo de que este caso quede en la nada, porque de ser así, el gobierno sufrirá un desgaste de credibilidad tal que le impedirá, por su propia subsistencia, volver a destapar otro chanchullo, por más sucio que sea, en los próximos cinco años que le quedan.