Jorge [email protected]
México está cambiando en muchos aspectos, y lo está haciendo en el sentido correcto: hacia adelante. (No hay que olvidar que los cambios pueden ser en dos sentidos: hacia adelante o hacia atrás). Hace ya varios años, algunos dirigentes mexicanos —politicos y empresariales— empezaron a tomar conciencia de que su país podía y debía ocupar un mejor lugar en el concierto de naciones. Era asunto de actuar con inteligencia y sensatez, y eso, entre otras cosas, implicaba replantearse las relaciones diplomáticas y comerciales con Estados Unidos, su vecino del norte.
El gobierno mexicano empezó la tarea enviando un nuevo embajador a Washington a finales de los años ochenta. El mensaje que éste llevaba era claro: México quería relaciones más activas y maduras con los Estados Unidos. De inmediato se empezó a negociar a fondo y con rapidez una apertura comercial que concluyó con la puesta en marcha, en enero de 1994, de un tratado de libre comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. Dicho tratado ha beneficiado a todas las partes, pero especialmente a México.
Faltaba, sin embargo, algo muy importante: un cambio político en México. En el año 2000 sucedió lo impensable: el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que había gobernado el país por 71 años seguidos, fue removido del poder por el voto popular. El presidente electo, Vicente Fox, conformó un gabinete con gente nueva, pero sorprendió a muchos cuando nombró a Jorge Castañeda Gutman como Canciller de la República.
Yo mismo fui uno de los sorprendidos, ya que cuando conocí a Castañeda en Washington en la década de los ochentas, conocí también sus simpatías marxistas. “Ya va mal Fox”, pensé, pero no tenía idea de cuánto Castañeda había cambiado desde aquel entonces. Cuando lo conocí, él estaba impartiendo una conferencia en el seno de una organización… de izquierda, obviamente, y aproveché la oportunidad para invitarlo a dar una charla en la Fundación Heritage, donde yo trabajaba como analista político para asuntos latinoamericanos. Recuerdo muy bien su gesto de sorpresa. “¿Estás seguro —me preguntó— que quieren que yo vaya a la Heritage?” “Por supuesto —le respondí— ¿y por qué no?” Aceptó mi invitación. Su charla estuvo muy concurrida y todo marchó de maravillas, aunque todavía me causa mucha gracia recordar la cara de asustado que tenía cuando llegó a la Fundación.
Ahora veo que el canciller Castañeda está sufriendo la ira del gobierno cubano. Los comunistas están enojadísimos con él. Se sienten traicionados por quien alguna vez fue uno de ellos; por el mismo que antes llegaba a Cuba con el fervor de un peregrino religioso, y que hasta se vestía de verde olivo. Pero ese personaje ha cambiado. Es él quien hizo que el Presidente Vicente Fox cometiera el “pecado mortal” de reunirse con los disidentes cubanos durante su visita a la isla a principios de este año. Y es el mismo que le causó retortijones a Fidel Castro y a su camarilla cuando después de esa visita anunció que: “Dejaron de existir las relaciones de México con la revolución cubana y han comenzado con la República de Cuba.” ¡Qué osadía! ¿Verdad? Pero la cosa no termina ahí. Aún faltaba lo de Monterrey.
El “compañero Fidel” fue prácticamente expulsado de la conferencia de las Naciones Unidas sobre Financiamiento para el Desarrollo que se celebró este mes en la ciudad mexicana de Monterrey. ¿Y por culpa de quién? Pues nada menos que de Jorge Castañeda… según el gobierno cubano. ¡Y vaya berrinche el que han armado! Un editorial del Diario Granma —órgano oficial del Partido Comunista de Cuba—, dijo la semana pasada que lo ocurrido en Monterrey “tiene un diabólico y cínico arquitecto: se llama Jorge Castañeda Gutman”. (No sabía que usted fuera tan malo, don Jorge).
Pero si los cubanos piensan que con esta nueva rabieta lograrán la destitución de Castañeda, están muy equivocados —o deberían de estarlo—. No creo que México esté dispuesto a aceptar presiones de un gobierno antidemocrático. Fox y Castañeda están modernizando la política exterior de su país para ponerla a tono con el Siglo XXI y con los deseos de cambio manifestados por el pueblo mexicano. El decrépito dictador cubano, en cambio, sigue aferrado a una estúpida y trasnochada ideología que sólo pobreza, sufrimiento y opresión ha causado en cualquier parte del mundo donde se ha entronizado. Estoy seguro que este incidente beneficiará la imagen internacional de México, mientras que el gobierno de Castro seguirá sufriendo una merecida marginación. ¡Cosa más grande es la vida, chico!
El autor es miembro del Consejo Editorial de La Prensa, y catedrático de la Universidad Thomas More.