Antonio Lacayo
La reunión cumbre que sostendrán en El Salvador los presidentes centroamericanos con el presidente Bush de Estados Unidos, es una oportunidad extraordinaria que los centroamericanos debemos aprovechar para fijar en la mente de ese país tres ideas fundamentales que siempre deberá recordar cuando piense, hable, juzgue o decida acciones sobre nuestras naciones.
La primera es que Centroamérica es una región que ha decidido vivir en paz, abrazar la democracia y alcanzar un alto desarrollo con una real justicia social. Si bien persisten profundas debilidades en nuestras instituciones democráticas y enormes carencias en grandes sectores de nuestras sociedades, la aspiración que más compartimos es la de mejorar día a día para avanzar sin perder más tiempo en lo que ya hemos decidido.
La segunda es que los centroamericanos consideramos a Estados Unidos como el país con la más larga tradición democrática y el mayor desarrollo económico en el mundo, por lo que su amistad nos merece respeto y nos interesa, y el ser socios conjuntos en un continente de libre comercio y unidad en la diversidad nos motiva y compromete.
Y la tercera, igualmente importante, es que estamos seguros que al buscar la integración de Centroamérica al área de libre comercio de la que ya forman parte Estados Unidos, Canadá, México y pronto Chile, lo hace investido del mismo espíritu solidario que tuvieron los países ricos de la Europa de hace quince años, cuando decidieron integrar a países más pobres como España, Grecia y Portugal, los que a la fecha han sido los más beneficiados de la integración europea y los que más han elevado los niveles de vida de sus ciudadanos.
Dejar pasar esta cumbre sin decirle claramente al presidente Bush que toda otra alternativa será insuficiente, y hasta contraproducente, sería un gravísimo error histórico. Si la integración con su país aniquila nuestra ganadería, desaparece nuestra pequeña y mediana industria, y acaba con la producción campesina, lo que vamos a terminar siendo será consumidores desempleados, lo cual sin duda aumentaría la presión por emigrar a los propios Estados Unidos con la esperanza de ser allá consumidores con trabajo y buenos ingresos.
Si Alemania fue capaz de compartir su gran riqueza con naciones europeas cuyas poblaciones combinadas superaban la suya propia y dotarlos de infraestructura, recursos para la producción y medios de progreso, Estados Unidos debe pensar en hacer algo similar con media docena de países que, incluso juntos, somos más pequeños que algunos de sus más de cincuenta estados.
Si en tiempos de la Alianza para el Progreso hubo muy poco avance y casi ninguna alianza, hoy debe ser diferente. Si la causa de aquel fracaso fueron las dictaduras que nos gobernaban entonces, la democracia que hoy tenemos debe triunfar de una vez por todas asegurando el progreso para todos los centroamericanos.
El autor es ex ministro de la Presidencia.