Douglas Carcache
BARCELONA.- Algunos presidentes y funcionarios del Estado se empeñan tanto en usar un lenguaje “políticamente correcto”, como les indican sus asesores, que enredan a la población con sus declaraciones y le abren la puerta a diversas conjeturas.
Dos ejemplos recientes en Nicaragua son las explicaciones del presidente Enrique Bolaños, sobre la destitución de una funcionaria estatal y de un jefe de la policía; y la declaración del presidente del Consejo Supremo Electoral, Roberto Rivas, sobre el abstencionismo en los comicios de las regiones autónomas de la costa caribeña.
Bolaños dijo que los funcionarios habían sido despedidos “por falta de química” entre ellos y sus jefes inmediatos, lo que se presta a muchas interpretaciones y especulaciones; y Rivas con toda tranquilidad declaró que la gran ausencia de votantes en las elecciones costeñas requiere “un análisis más profundo” y lo tendrán que hacer los legisladores algún día.
Eso es lo que algunos expertos en marketing llaman “lenguaje políticamente correcto”, que pretende mantener limpia la imagen de los funcionarios, evitándoles meterse en conflictos o polémicas en que pueden salir perdiendo.
Pero un lenguaje tan light también tiene riesgos cuando se trata de asuntos de Estado, en que la población necesita información concreta y clara para entender los hechos y sus consecuencias que de alguna manera le afectan.
Felipe Botaya, un especialista en marketing de Barcelona, me dijo que el interés de emplear un lenguaje políticamente correcto ha llevado a los políticos a usar un discurso “hueco y anodino”, porque inventan o recurren a palabras complicadas para explicar cosas corrientes.
En España, por ejemplo, los políticos han dejado de llamarle moros a un sector de los inmigrantes y ahora les dicen magrebíes. Otros ya no son negros, como los tildaban antes, sino subsaharianos. “En el lenguaje de los políticos ya no hay guerras con muertos, sino conflictos con efectos colaterales; ya no hay sexo, sino género; ya no hay fanáticos, sino integristas”, añadió Botaya.
El problema para gobernantes y líderes de partidos es que si los ciudadanos tienen dificultad para interpretar un discurso, lo pueden considerar hipócrita y hasta insultante, con peores consecuencias para el prestigio del expositor.
Ignoro qué pensarán los nicaragüenses sobre las respuestas de Bolaños y Rivas, pero supongo que muy pocos quedaron satisfechos con esas explicaciones. En estos casos, los funcionarios cayeron en el extremo de la superficialidad, pero otros suelen recurrir a palabras muy técnicas o poco conocidas por la gente, que igual dejan nublada la realidad.
El presidente Bolaños ha sido respetuoso al hablar con los periodistas, pero su interés por mantener una imagen correcta debe obligarlo a hablar siempre claro, directo y con las palabras que más comprende la población, sin dejar dudas, porque esa sería una mejor muestra de respeto para todos los nicaragüenses.