José Rizo Castellón
Invariablemente, cuando el nombre de mi buen amigo, el doctor León Núñez aparece en LA PRENSA, rubricando un artículo en las páginas de Opinión, por un momento se borra el contenido de los otros escritores, para centrar mi atención (como si esto fuera producto de un vértigo) en lo que él publica. Sé que siempre me espera con la lectura de su prosa, una buena dosis de humor fino, de liberalismo puro, de pluma talentosa y de humanismo.
El artículo “El doctor Rizo, Don Julián, Doña Tere y yo” no fue la excepción. Lo disfruté como se degusta un buen café jinotegano a la orilla de los cientistas políticos (ellos no permiten que yo les llame analistas), que también existen en mi pueblo natal.
Y mientras leía el periódico, hacía mis propias reflexiones sobre aquello “de las transformaciones psicológicas”, “el síndrome del figureo”, “el asunto de mandar”, pero también trataba de recordar a cuántos Julianes conozco.
Si mi memoria no me traiciona, creo que recuerdo por ahora, al doctor Julián Corrales, a quien lamentablemente no frecuento de manera cercana y por supuesto, de que ignoro si es casado o si su esposa se llama Teresa. También recordé a los ya fallecidos doctor Julián Irías, Monseñor Julián Barni; nuestro recordado intelectual, Julián N. Guerrero y desde luego, a mi buen amigo Julián Rodríguez, campesino de La Concordia, joven liberal, chele, alto, flaco y soltero, de quien, dicho sea de paso, también recibo oportunos consejos políticos.
Debo confesar, que aún cuando la satisfacción de servir (¡no de mandar!) me llena profundamente el espíritu, añoro indudablemente las veladas, los coloquios, los contactos con los amigos más cercanos, así como los intercambios de opiniones producto de las consultas con los sabios (¡cientistas y analistas —para nuestro argot y visión rural!) de nuestros respectivos pueblos.
Ahora bien, los lectores estarán de acuerdo conmigo en que el doctor León Núñez es inconfundible y es innegable que su presencia se destaca en cualquier sitio, por muy panorámica que sea la mirada de quien entra en un recinto donde él se encuentre.
En el artículo referido, el autor supone haberme visto en un acto académico en el cual me hubiera encantado participar. Lamentablemente, no pude asistir el 27 de septiembre del año pasado, a la presentación del trabajo que realizó la doctora Josefina Ramos, en la Biblioteca del Banco Central —y por lo mismo— no vi a mi querido amigo León Núñez. Si yo hubiera asistido a ese acto, jamás habría dejado de saludarlo y mucho menos de enviarle mis respetos a doña Ercilia.
Precisamente ese día, regresé vía aérea de una gira preelectoral en Siuna, cuando era uno de los candidatos a Vicepresidente de la República, al mediodía compartí un buen rato con mis correligionarios del PLC; y por la tarde, mientras el doctor Núñez asistía a la presentación de la Magistrada Ramos, a la misma hora yo acompañaba a la familia Sacasa, en la misa de conmemoración del 20 aniversario luctuoso del fundador de nuestro partido, doctor Ramiro Sacasa Guerrero, en la que por cierto, entre los correligionarios sólo encontré al doctor Leopoldo Navarro, entonces Vicepresidente de la República. Recuerdo muy bien la fecha, porque esa misma noche, mi familia y un grupo de amigos, celebraron mi cumpleaños en un restaurante de Managua.
Han sido preocupación constante del doctor Núñez las transformaciones psicológicas que pueden padecer algunas figuras públicas una vez en el poder o los trastornos que sufren una vez que lo pierden. La historia registra casos de pequeños afectados por el síndrome kafquiano de la metamorfosis o de otros de patologías mayores como las de los Hitler, los Bonaparte, los Duvalier.
Comparto esa preocupación de León Núñez y yo también, después de leer el artículo en que se me alude, veo tres escenarios en esta mala pasada que le jugó su privilegiada memoria: 1) ¿Es posible que sus anteojos oscuros dentro de la Biblioteca del Banco Central y su drástica dieta de su “nuevo look” le transmitieran la imagen distorsionada de alguien con quien yo podría guardar algún parecido?; 2) ¿Podría ser que su vivencia en España le trasladara “…a algún lugar de La Mancha”?; o 3) ¿Será que los estrechos lazos de afecto que nos unen lo hicieron verme prematuramente, desde el mes de septiembre, como Vicepresidente de la República?
Sin embargo, me inclino más por pensar que en su escrito, mi colega y dilecto amigo, quiso ponerle “carne y hueso” a sus preocupaciones y echó mano de su vecino y amigo de Villa Fontana, que hoy tiene el reto de trabajar por Nicaragua, sin perder la perspectiva de que los servidores públicos somos electos por el pueblo para cargos temporales, por un período que tarde o temprano llega a su fin, para después ser juzgados por la historia.
La Patria y sus funcionarios necesitan de hombres que digan siempre la verdad, para no perder el norte del bien público. Y pueden tener la seguridad los sabios de Acoyapa, los cientistas de Jinotega y tantos otros entrañables amigos como el doctor Núñez, que pasará “un tiempo prudencial” de cincuenta, cien, mil días o más y José Rizo Castellón continuará siendo el mismo que ha sido siempre, ya que su formación y sus profundas raíces familiares —en las que nunca prevaleció el síndrome del figureo— no le permitirán ser diferente.
El autor es Vicepresidente de la República.