Viviendo con el enemigo sísmico

Fernando Centeno [email protected]

El 13 de enero del año pasado un terremoto con una intensidad de 7.5 a 8 grados en la escala de Richter con una duración de 20 a 30 segundos, dejó cuantiosos daños materiales y centenares de muertos en El Salvador. Éste es el primer sismo de gran intensidad que afecta la región centroamericana en este siglo.

El terremoto de Managua de 1972 tuvo una magnitud de 6.2 y una duración de 4 segundos.

En Managua hace treinta años, las víctimas humanas fueron producto de la destrucción de casas mal construidas, especialmente adobe y taquezal, la asfixia producida por el polvo, y los incendios; en cambio en El Salvador, la mayor parte de los muertos, se debió a los deslizamientos de tierra.

Los terremotos, a diferencia de otros fenómenos naturales afectan a las personas por los efectos que desencadenan como el pánico, los derrumbes, caída de objetos, los incendios, etc. y no por su impacto inmediato como un huracán, maremoto, inundación, etc.

La Red Sísmica Nacional establecida en el año de 1975, en nuestro país reporta un promedio de 1,500 sismos por año, la mayoría de los cuales ocurren en el área del Pacífico donde chocan constantemente las placas Coco y Caribe.

Según los expertos quizás no ocurra un terremoto fuerte en los próximos años en el Pacífico de Nicaragua, porque el maremoto de 1992 liberó mucha energía sísmica en la zona, pero esto no descarta la ocurrencia de un gran sismo debido a la relativa calma, y la posibilidad de otro maremoto, con consecuencias impredecibles para la población.

Las ciudades de Managua, Masaya y Granada ubicadas en la cadena volcánica son las que tienen más amenazas sísmicas, especialmente por la mala calidad de sus construcciones, y más aún en la capital no sólo por su desordenado crecimiento poblacional, la falta de controles en la construcción, sino por las fallas geológicas que la cruzan de norte a sur y de este a oeste.

Para muchas personas hablar del peligro de terremotos en Managua y la mayor parte de la región del Pacífico es apocalíptico, y hasta desagradable para los planes de inversión y turísticos, sin embargo, resultaría un riesgo mayor no estar conscientes de la vulnerabilidad del lugar donde vivimos.

Una reciente encuesta sobre cultura de prevención, reflejó que sólo un 18 por ciento de la población sabe que hacer al momento de una catástrofe, por lo que resulta válida la preocupación en un reciente foro sobre Amenazas Sísmicas en Managua, de la necesidad de organizar una cruzada antisísmica donde se involucren principalmente los medios de comunicación, gobierno, y sociedad civil con actitudes más enérgicas para exigir el cumplimiento de las leyes de construcción, en la concienciación de la población, en una mayor divulgación y coordinación en los sistemas antidesastres, y en labores más concretas y menos teórica de los organismos a cargo de las mismas.

Además, de los terremotos, el país vive expuesto a una amplia gama de fenómenos naturales, pero la ocurrencia de éstos no es suficiente para generar diferentes tipos de desastres.

Los fenómenos no son nuestros enemigos. Nuestros principales enemigos son los factores y las condiciones culturales, ambientales, sociales, económicas, etc., que determinan la fragilidad de la sociedad afectada, así como la indolencia de quienes pudiendo hacer algo, no lo hacen.

En la medida seamos conscientes de la vulnerabilidad de nuestro territorio ante cualquier otra catástrofe, llámese terremoto, sequía, inundaciones, maremotos, deslaves, etc., y la necesidad de esfuerzos conjuntos para el cambio de actitudes, nos daremos cuenta que no sólo en Managua, sino que en todo el país, estamos viviendo con el enemigo.

El autor es directivo de APCAN.  

Editorial
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