Luis Sánchez S. luis.sanch [email protected]
En el suplemento “Aquí Entre Nos”, de LA PRENSA del jueves 6 de diciembre, se publicó un reportaje sobre los mitos sexuales. Por ejemplo: la supuesta relación del tamaño del pie con el del órgano viril, o de las nalgas chatas de la mujer con su vagina.
Cuando leo sobre esos “mitos populares” (sexuales, culinarios, sanitarios o políticos), pienso que no es correcto llamar así, mitos, a las que son simples invenciones populares, mentiras ordinarias que, como todas las mentiras, de tanto repetirlas pasan por verdades.
En realidad, Mito —nos explica el Diccionario de la RAE—, es una “fábula o ficción alegórica, especialmente en materia religiosa”. También: “Relato o noticia que desfigura lo que realmente es una cosa, y le da la apariencia de ser más valiosa o atractiva”. Y además: “Persona o cosa rodeada de extraordinaria estima”.
“El primer móvil de la mitología —dice J.C. Noguín, en su obra “Mitología universal”— procuraba una explicación del mundo y sus fenómenos. No era exacta semejante explicación, por supuesto, pero bastaba a las gentes sencillas y, además, era bella, lo es aún, lo será siempre”. Y según el mitólogo francés Juan Humbert, la mitología se originó casi simultáneamente en los antiguos Egipto, Fenicia y Caldea, pero “los pueblos de Grecia fueron los que elevaron la Mitología a su mayor esplendor, la embellecieron con ingeniosas concepciones, la enriquecieron con gayas (alegres, vistosas) ficciones y en ellas derramaron a manos llenas las creaciones de su imaginación”.
Se cree que el primer mito se originó hace unos cuatro mil años, cuando Nino, rey de Babilonia, hizo erigir una enorme estatua de su difunto padre Belo en la plaza de la ciudad, y ordenó que todos los babilonios debían rendirle culto, ofrecerle incienso y elevarle plegarias.
Andando el tiempo los mitos adquirieron una poderosa fuerza cultural, educativa y moralizante. Por ejemplo, el mito de los compañeros de Odiseo (Ulises) convertidos en cerdos por la maga Circe, advierte cómo el libertinaje conduce al embrutecimiento. Y el mito de Narciso —quien se enamoró apasionadamente de su propia imagen al grado de que no quiso separarse de las aguas en las que se admiraba, hasta que se consumió de inanición y tristeza—, ridiculiza la excesiva vanidad humana.
Y a propósito, de mito se deriva mitomanía, esa tendencia enfermiza de ciertas personas a mentir o exagerar la realidad de lo que dicen. Prácticamente todos los seres humanos estamos expuestos a la aberración mental de la mitomanía, pero sobre todo es una enfermedad profesional de los gobernantes, quienes por lo general mienten para alcanzar y mantenerse en el poder, exageran y personalizan las obras que promueven con recursos del pueblo, e inventan grandes peligros supuestamente en el desempeño de sus “labores benefactoras”.
Fidel Castro —a quien se le considera como un mitómano de primera categoría— relató a la escritora brasileña Claudia Furiati que hasta el año de 1997 ha sufrido 637 atentados contra su vida. Según Castro, una asesina frustrada fue una bellísima rubia que desistió de su intención al enamorarse de él.
¡Ah! Pero en Nicaragua también hemos tenido nuestros gobernantes mitómanos, que a menudo inventaron grandes acciones o fantásticas conspiraciones contra sus vidas y sus gobiernos. Y si bien son ridiculeces también son peligrosas. Por eso Shakespeare hizo decir al rey Claudio, en Hamlet, que: “Las locuras de los grandes no deben quedar sin vigilancia”.