Federico Dueñas de la Peña [email protected]
Este doce de diciembre celebramos el 470 aniversario de la milagrosa aparición de “La Morenita”. Celebramos también, la canonización del indio Juan Diego por Su Santidad Juan Pablo II, así como el 25 aniversario de la construcción de la actual Basílica Guadalupana, bella obra monumental, diseñada por el famoso arquitecto mexicano, Pedro Ramírez Vázquez.
Si en el Vaticano, Roma se reúnen 100.000 personas, y en Lourdes 250.000, en el Santuario de Guadalupe, al pie del cerro del Tepeyac, se espera, para estos días, del 8 al 13 de diciembre, la llegada de entre 7 y 9 millones de peregrinos a la Basílica. Sobran los comentarios.
Guadalupe. La Guadalupana. La Virgen Morena. Santa María de Guadalupe. Reina de México. Emperatriz de las Américas. Nuestra Madre… son sólo unos cuantos de los cariñosos calificativos amorosos con los que los mexicanos y latinos nos dirigimos respetuosamente a la Virgen María. ¡A la Madre de Jesucristo! Ella, plasmándose en el Tilma de Juan Diego milagrosamente, ante la sorprendida mirada de fray Juan de Sumárraga y una docena más de personas presentes en el mismo instante de la impresión.
Ella, la misma que en las Bodas de Caná, en Galilea, conmovida, le dice a su Hijo. “No tienen vino…” Quien responde (posiblemente incómodo): “¿Qué tienes conmigo, mujer?”. “Aún no ha venido mi hora…” Y, Ella, haciendo completo caso omiso del reclamo de Su Hijo, ordena a los que servían. “Haced todo lo que os dijere”. Y se hizo, y continuó la boda y… Jesús obedeció a su Madre.
Ella, la Madre de Dios, es quien hace pública la vida de Jesús. Ella es la que marca el inicio del cristianismo, y no Cristo, cuando se conmueve por la falta del vino en la celebración de una boda. Ella, quien sabe que al hacer pública la vida de Su Hijo, comenzará el dolor de su Santo Martirio. Ella obliga a su Hijo a hacer lo que Él no desea o tiene planeado a hacer en ese momento. Ella influye poderosamente en Su Hijo. Y, Ella, Nuestra Morenita, es nuestra principal intercesora ante Su Hijo. Lo estamos viendo en este pasaje bíblico de San Juan (JN.02/04). El mensaje es claro y diáfano. Sólo que nuestra mezquina necedad y apego a lo mundano, nos impide mirarlo y apreciarlo en su grandiosa y gloriosa magnitud.
El Tilma de Juan Diego y El Manto de Turín “son (me decía un hombre santo de la Iglesia), dos fenomenales columnas del catolicismo que soportan nuestra fe”.
Hemos comenzado el tercer milenio de la era Cristiana y, aun hoy en día, con todos los avances modernos de la ciencia, los “sabios” agnósticos y ateos que las estudian, no logran descubrir los secretos de estas preciosas reliquias del cristianismo. Es más, no sólo han fracasado, sino que muchos de ellos, al confrontar su “sapiencia” con lo milagroso de estos objetos… se han asombrado, maravillado y convertido al cristianismo, por gracia de Dios.
Nicaragua es un pueblo eminentemente católico y mariano. Si hay una celebración anual que aquí se realiza a lo grande, es la famosa Gritería de “La Purísima”. Managua, especialmente se inunda de altares y cánticos a la Virgen, desde los barrios más pobres hasta las fastuosas y ofensivas mansiones alemanescas de los poderosos. La pólvora se mezcla con las cañas, las naranjas y los gofios. Los nicas en ese día se hermanan con espontánea alegría en un solo grito: “¿Quién causa tanta alegría?..”
Pidamos a nuestra amada morenita para que el país salga de la miseria, para que se erradique la ruin corrupción, para que ahora sí tengamos un gobierno honesto y podamos trabajar con dignidad, respeto, en paz y tranquilidad. Nicaragua se merece un mejor futuro. ¿Qué nos cuesta pedírselo a la principal intercesora de Jesús? Si Ella logró que su Hijo hiciera el milagro del vino. ¿Por qué no podrá hacer el milagro de una Nicaragua mejor? Oremos… y trabajemos también.
El autor es empresario.