Marco A. [email protected]
“El que no cante no tiene gorra”, dijo la señora en Monseñor Lezcano a la gente que se arremolinaba pidiendo algo frente al altar de la Virgen, mientras otra —en el mismo barrio, en otra casa y confundida en el gentío en la acera— manifestaba en voz alta: “Por favor, no se metan, hagamos orden, si a todos nos van a dar”, y en otras Purísimas, en varios barrios y en medio del tronar de las triquitraques, se veían las filas de gente esperando su turno para gritar el “¿Quién causa tanta alegría?”
Hacia las doce de la noche empezó el repique, inundándose de sonoridad la ciudad por varios minutos, repitiéndose el ocho a mediodía, sin faltar la presencia de muchachos y muchachas reventando cachinflines en la calle. Entretanto, por estos días, se empieza a observar en varias ventas el anuncio del “relleno” que hace presencia en las mesas en diciembre, y que se esfuma en enero.
De la misma manera, después del siete y hasta el primero de enero, se trabaja a “medio gas”, pues se entra y sale del siete hacia el ocho, que si queda o no encajonado, más el ambiente de Navidad, vacaciones, y viene el fin de año y el Año Nuevo. En fin, en estos días se goza fuerte, al mismo tiempo que los gastos y ventas se elevan en medio de aires diferentes al resto del año, que no significa no trabajar. Claro que se exceptúan aquellas empresas e instituciones que por su labor sí tienen que estar “a todo gas”.
Pues bien, una característica que tienen la mayoría de estas actividades que cumplimos los y las nicas en diciembre, es que son una combinación de lo no escrito y lo escrito. Las costumbres, tradiciones, normas no escritas, se entremezclan con las normas que dicta la Policía Nacional, con su presencia en las calles, y con lo preceptuado por la ley sobre las vacaciones.
La Gritería, cantar para recibir gorra, venta del relleno, el repique, tirar triquitraques, la fantasía infantil del 24, y el ambiente festivo de fin de año, por ejemplo, se viven con gusto, se repiten anualmente y se cumplen con agrado, y no son resultado de algo que nos dice que es obligatorio hacer. Son tradiciones (la Gritería, los triquitraques), costumbres (ser respetuoso en la Purísima), normas no escritas (cantar para recibir gorras) que llevan a tener determinado comportamiento libre, fusionado con preceptos compulsivos como leyes (vacaciones) y reglamentaciones (venta de pólvora, dejar pasar a bomberos y Cruz Roja). Y todo se cumple, en un escenario que, generalmente, deja un saldo de tranquilidad social.
El comportamiento y forma como se vive en este mes, incluyendo las transgresiones que siempre existen, expresa que el nicaragüense es amigo de cumplir lo escrito y lo no escrito. Diciembre lo demuestra. No hay tal, como a veces se dice dentro y fuera del territorio, que somos un pueblo violento y que no nos gusta cumplir las leyes y las normas.
Diciembre es un ejemplo de que las cosas se pueden hacer bien en Nicaragua. Mas la pregunta que —históricamente— flota es: ¿por qué la vida se desenvuelve tranquilamente en unas ocasiones y en otras no?
El autor es Consultor en Seguridad Publica.