Venezuela al paro

Sectores empresariales y sindicales de Venezuela han decretado un paro nacional de actividades para hoy en protesta por un paquete de leyes aprobadas recientemente por el gobierno del presidente Hugo Chávez y que los grupos empresariales y sindicales califican de estatistas. La situación económica y social es cada día más grave en ese país suramericano, y el descontento popular se ha venido haciendo cada vez más evidente a través de manifestaciones públicas y del sonar de cacerolas en contra del gobierno chavista.

Como se recordará, hace tres años Chávez llegó al poder con un enorme respaldo popular y decidido a acabar con la corrupción y a reactivar la deteriorada economía venozolana. Ni uno ni lo otro ha sucedido, y por el contrario, la corrupción ha alcanzado niveles alarmantes, y la situación económica es tan grave que a lo que más aspiran los venezolanos en estos días es a emigrar de su país. Todo ello a pesar de que desde que Chávez llegó al poder, el precio del petróleo se ha mejorado substancialmente generando cuantiosas divisas para el gobierno.

¿Qué es lo que ha sucedido entonces? Pues, que el presidente venezolano desde muy temprano en su mandato decidió convertirse en un nuevo “líder revolucionario”, para lo cual escogió a Fidel Castro como su mentor y maestro. Desde entonces ha hecho uso de una retórica populista y tercermundista que ha alienado no sólo al sector empresarial, a los inversionistas extranjeros y a la Iglesia Católica, sino que incluso ahora a los sindicatos y los sectores populares que tan ciegamente creyeron en él.

Venezuela se hunde en el caos y la desesperación, y a Chávez eso parece tenerlo sin cuidado. Refiriéndose a los empresarios agrupados en torno a Fedecámaras, la cúpula empresarial que ha convocado el paro de actividades de hoy, el mandatario venezolano dijo: “Los reto a que paren el país para ver quién puede más, si la oligarquía o el pueblo soberano”, y agregó: “Que Fedecámaras me haga un paro a mí, yo creo que en la hoja de vida de cualquier revolucionario eso es un aval”. Chávez acusó al sector empresarial de nunca haber defendido los intereses del pueblo, y que lo único que siempre han hecho es defender “sus intereses oligárquicos”.

El paquete de leyes recién aprobado y que tanto malestar ha causado en la cúpula del empresariado venezolano y en la Central de Trabajadores Venezolanos, incluye tres leyes que tienen que ver con la tenencia de la tierra, la pesca y los hidrocarburos, y que los sectores mencionados consideran altamente perjudiciales para el país. La ley de la tierra, por ejemplo, debilita por completo el derecho de propiedad, ya que somete el derecho de propiedad de los agricultores y ganaderos al otorgamiento o no de un Certificado de Tierra Productiva que emitiría el Estado.

El rechazo de los empresarios y de los sindicalistas venezolanos a leyes como la de la tierra, es más que justificado, ya que la debilitación de los derechos de propiedad lleva implícito un poderoso desincentivo para las inversiones, que son las que Venezuela y cualquier otro país necesita para mejorar sus condiciones de vida. Chávez está muy lejos de comprender eso, y por lo visto piensa que un estado socialista al mejor estilo cubano es lo que Venezuela necesita para crecer y reactivar su economía.

Es evidente que el señor Chávez no ha aprendido absolutamente nada de la historia política y económica contemporánea, y sólo que esté totalmente desquiciado, como aseguran algunos, es que se puede comprender que, a pesar de tener ante sí las evidencias del descalabro del llamado “socialismo real”, insista en creer que la estatización de la economía puede sacar a su país adelante.

Venezuela en estos días se debate entre la dictadura y la democracia. La primera, que es la que desea Chávez, sólo puede traerle más dolor y sufrimiento al noble pueblo de Bolívar. La libertad y la economía de mercado, por el contrario, son las que pueden reactivar la decaída economía venezolana, pero necesitan de un Estado de Derecho para ser efectivas a plenitud, y esto es lo que el populista Chávez quiere evitar.  

Editorial
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