Luis Sánchez [email protected]
Las escenas que llegan desde Afganistán, después de la huida de los talibanes de Kabul, de mujeres afganas con sus rostros descubiertos, son emocionantes.
Mostrar sus rostros, en su mayoría bellos, con sus hermosos y resplandecientes ojos arios, es sin dudas la mayor expresión de libertad de las mujeres afganas.
La burka es un grueso manto de fibra sintética que cubre a las mujeres de pies a cabeza, y sólo les permite ver a través de una rejilla de tela que hay a la altura de los ojos. “Vestir” la burka debe ser una sensación horrible, como estar en una cárcel, encapuchado. La burka no es un atuendo propiamente islámico, es una antigua odiosa tradición tribal de los pastunes afganos. Pero fue impuesta por los fanáticos talibanes a todas las mujeres adultas de Afganistán.
Desde nuestros parámetros ético-culturales cuesta entender que haya hombres que sometan a las mujeres —inclusive a sus madres, seguramente—, a la degradante burka. Y lo increíble es que también hay mujeres que justifican semejante atropello a la dignidad de la mujer. Pero, como escribió Erich Fromm en “El miedo a la libertad”, así como en unas personas hay un deseo innato de libertad, en otras hay un anhelo instintivo de sumisión.
Nukhtabar Akhmedova, por ejemplo, es una musulmana fundamentalista uzbeka, de 63 años, que se hizo famosa cuando fue encarcelada de 1995 a 1999 por conspirar para establecer en Uzbekistán un régimen musulmán fundamentalista. Se dice activista de derechos humanos pero justifica el uso obligatorio de la burka.
Y no se crea que Nukhtabar es una persona ignorante. Al contrario, es doctora en geología y tiene un master en minería, obtenidos en Moscú.
“El Parlamento significa corrupción y la democracia es una gran mentira. La verdad está en el Corán y en Alá. La democracia está en el Islam, y no en las democracias occidentales, donde hay corruptos y prostitutas”, declaró esta singular mujer, cuchillo de su propia carne, a una periodista de La Nación, de Buenos Aires.
Nukhtabar asegura que la burka es “algo muy higiénico: el pelo no se ensucia y el polvo no arruina la piel”. Según ella, en el Corán está escrito que las mujeres tienen que estar cubiertas, el deber de las mujeres es procrear y los hombres deben sostener a la familia. Dice que en Occidente tuvo lugar la emancipación femenina, y el resultado de la igualdad del hombre y la mujer provocó que las mujeres trabajaran como burros todo el día, para después llegar a casa y ocuparse de cocinar y criar a los hijos… Que la emancipación significó también perder la femineidad, y un desastre moral.
Nukhtabar asegura que una mujer que trabaja y que no se cubre con la burka, no está emancipada, no es libre, es una esclava de su trabajo, cree que es feliz, pero en realidad no lo es. Que no es una mujer verdadera.
Pero Nukhtabar, quien vive tranquilamente en Tashkent, capital de Uzbekistán, no se viste el cuerpo con la burka. En realidad, ella lleva la burka en el alma. Lo mismo que los misóginos afganos que siguen obligando a las mujeres a llevar la burka, e igual que las mujeres que voluntariamente la siguen usando porque no pueden entender el valor de la libertad.
El autor es Editor de Opinión de LA PRENSA