Junta directiva del Sindicato de Radio USIRTU (1975). De pie, Alonso Luna, Emigdio Suárez, Edgard Ferretti, Gustavo Valle y Eduardo López Meza. Sentadas; Naraya Céspedes, Sofía Montiel, Mayra Santos y Maritza Cordero.

Mayra: la voz amorosa que sedujo a los nicas

No es conveniente hablar de Mayra Santos en tiempo pasado, porque su calidad permanece vigente y creciente. Triunfó en la radiodifusión nacional cuando ésta era la reina de la comunicación social nicaragüense, época de exigencia, calidad, competencia y profesionalismo Mario Fulvio [email protected] Tenía cuatro años Mayra Santos cuando una noche le tocó presenciar el incendio […]

  • No es conveniente hablar de Mayra Santos en tiempo pasado, porque su calidad permanece vigente y creciente. Triunfó en la radiodifusión nacional cuando ésta era la reina de la comunicación social nicaragüense, época de exigencia, calidad, competencia y profesionalismo

Mario Fulvio [email protected]

Tenía cuatro años Mayra Santos cuando una noche le tocó presenciar el incendio que arrasó el Mercado Central de León. Sus ojos pardos se dilataron de terror cuando vio que las llamas hacían esfuerzos diabólicos tratando de cruzar la calle para incendiar su casa, que estaba ubicada frente al mercado, en el lugar que llamaban El Sagrarito.

Grabadas en su mente quedaron aquellas escenas de pavor, el ir y venir angustioso de la gente y sus siluetas que, a contraluz de las llamas, se reflejaban como grotescas sombras chinescas en las enormes paredes traseras de la gran Catedral, los alaridos desgarradores de las mercaderas pidiendo que salvaran sus tramos, los gritos y las carreras desordenadas de los bisoños bomberos que trabajaron casi con las uñas, el calor de lava derretida que dominaba el ambiente y las llamaradas rojas y anaranjadas, reinas implacables del terror, de cuyas lengüetas se desprendían, como en flecos, virutas ardientes que el aire se encargaban de volar por todos lados.

Dentro de aquel aguafuerte dantesco, digno del pincel de don Francisco de Goya y Lucientes, Mayra Santos recuerda a su abuelito, que postrado en una silla de ruedas trataba de salvar a sus dos nietas —Mayra y Anielka—. “Los vecinos llegaban a ayudarnos a sacar las cosas de mi casa, que era una joyería, y tantas otras impresiones que ahora veo como si aquello hubiese sido ayer”.

EL PRIVILEGIO DE CONOCER A MAYRA

Conocí a Mayra en 1967, cuando ella entró a formar parte del staff dramático de Radio Centauro. Estaban ahí otros ases de la radiodifusión, entre los cuales recuerdo a Donald Shiffman, Jesús “Chuno” Blandón, Pepe Areas, Nássere Madrigal, y a los compañeros periodistas Salvador Espinoza Valdez, Trinidad Vásquez, Álvaro Montoya Lara, y a las colegas Clementina Rivas Franco y Ana Ilse Gómez.

Genial, extrovertida, apasionada y sentimental son las cuatro palabras que sintetizan la personalidad exuberante de Mayra. Después de muchos años ella está frente a mí contestando espontáneas preguntas muy particulares y quizás indiscretas.

“Nací en León de Nicaragua, mis padres se separaron cuando yo tenía pocos meses de edad, mi hermana y yo fuimos criadas por mi tía, la hermana de mi padre. Tuve una infancia maravillosa, pues en nuestra educación contribuyeron tres tías que para nosotras fueron padre, madre, hermanas y amigas. Nos dieron sobre todo mucho amor y nos enseñaron principios muy sólidos de honradez, honestidad y bondad.

Tuvimos una excelente educación en los mejores colegios de León, como todas las niñas jugaba a la cebollita, la cadena y el macho parado con amiguitas como Ada Francis Somarriba, Isolda y Sandra Rivera Láinez, Azucena Bermúdez y otras chavalas vecinas.

“Mi casa siempre fue un centro de alegría, todas las noches llegaban amigos y amigas a visitarnos, mi padre tocaba la guitarra y mis tías cantaban en varios tonos de voces, había abundancia de luminosidad, de humor, de risas, de optimismo”.

Entonces —le digo— ¿es de ahí de dónde te viene la vena artística?

Claro, mi padre, don Róger Santos Arcia, vivió muchos años en México donde se graduó de profesor especializado en niños, al llegar a León fue maestro en el colegio del padre Hernández y en el Calasanz. Se vinculó al periodismo y fue el decano de los periodistas de la Metrópoli al ejercer por más de cuarenta años esa profesión. Mi abuelo Nicolás y mi abuelita Chepita cantaban en los coros de la Catedral, y a nosotras desde pequeñas las monjas nos prestaban para actuar en veladas. Éramos las primeras en danza, en piano, actuación y declamación.

UN PERSONAJE INOLVIDABLE

Mi abuelo, don Nicolás Santos, fue mi personaje inolvidable, joyero finísimo, llegó a elaborar algunas piezas preciosas que pertenecen al tesoro de la Catedral, tenía una linda voz que heredó a mi padre y que éste aprovechó para enamorar con canciones a mi madre, doña Lastenia Romero. Probablemente yo nací gracias a una canción. Eran canciones de los Hermanos Martínez Gil, Agustín Lara, Los Tres Diamantes, que ahora Anielka y yo cantamos con los ojos llenos de lágrimas.

¿Qué te hizo entrar a la radiodifusión?

Jamás me imaginé verme ante un micrófono. Pero antes de cumplir quince años Alberto Icaza, mi amor de toda la vida, llegó a buscarme para que interviniera en una obra de teatro que él presentaría en la Universidad. El papel correspondía a Gioconda Portocarrero que se enfermó y yo la reemplacé. Según ellos, yo tenía madera, mi primera actuación fue en la obra “Angelina, o el honor de un brigadier”, de Jardiel Poncela, con un elenco muy joven entre los que estaban “Chuno” Blandón y Gloria Elena Espinoza. Sucedió que me vio actuar don Juan Rafael Dávila Orozco —”Chamallón”, le decían—, dueño de Radio Circuito, donde necesitaban un locutor.

Un día que iba pasando frente a la radio me llamó y me dijo que probara. “¡Pero yo no sé qué cosa es esto!”, le dije. No importa, hablá. Me metieron a la cabina y yo miraba que se encendía un foco rojo y que el controlista me hacía señas… El que me explicó todo fue Sócrates Flores, mi hermano del alma que ya partió al infinito. Aun con eso, al principio me temblaba la voz, las manos me sudaban y aquello era un desastre. Me pulieron el estilo además de Sócrates, Mario Benito Darce, Alfonso Urroz y Denis Martínez Cabezas.

En ese teatro, con calidad universitaria, trabajé con Edgard Munguía (“La Gata”), con Omar Cabezas que me decía “Ma ma Mayra”. Y me decía así porque en ese tiempo era tartamudo, y me llegaba diciendo… “Ma ma ma Mayra, me me me vas a da da dar diez bolas pa pa para la fiesta de la noche…”. Y yo le decía: ¡Cómo que diez bolas!, ¿acaso no vale cinco la entrada? Y él contestaba… “¿Pe pe pe pero acaso no vo voy a invitar a la ja ja jaña?

Hacíamos teatro de protesta, nos perseguía la Guardia, y esos recuerdos han quedado en mi corazón.

¿Recuerdas el 23 de julio y la masacre de los estudiantes?

Tendría como once años y estaba mirando desde una ventana del Club Social de León, vi cómo estaban regados los estudiantes y la Guardia… Oí los gritos, las órdenes, aquello fue un pandemonio… Toda la calle estaba ensangrentada… Y por la noche y al día siguiente mi padre y don Rolando Avendaño Sandino hacían llamados por Radio Atenas para que fueran a donar sangre… Las honras fúnebres impresionantes, la quema de la casa de Tacho Ortiz, el vibrante discurso del hijo de “Terreteque” Ramírez, hijo de doña Pina de Ramírez… Anécdotas de origen político son demasiadas, lo mismo que cuando mataron a Somoza, que al día siguiente la Guardia tenía a centenares de detenidos en el Parque Central, las persecuciones contra todos los políticos leoneses, la zaranda que causaba terror, tiempo difícil para León.

¿Por qué ocurrió tu viaje a Managua?

Fue por razones económicas. Pero ocurrió también una fusión entre Radio Mil de Managua, que dirigía el doctor Buenaventura Selva, y Radio Circuito de León que dirigía Armando Icaza. Se trajo a Managua a una parte del equipo que trabajaba en León, se escogió a la mejor locutora, que era yo, y al mejor controlista, que era el gordo José Esteban Quezada, que ni soñaba siquiera con ser periodista y mucho menos con tener una radio.

Esa fusión no duró mucho, pero al disolverse quedé trabajando en La Mil con el “Hombre de las Mil Voces”, doña Pinita Pérez Alonso, Douglas Amaya, Carlos Mejía, que empezaba, “El Indio” Corea, “El Chompipón” Justo Castillo Collado, Eugenio Batres, Gabry Rivas al que me le fumaba los puros, Antonio Amaya, Eduardo Romero Gómez, Mario Alfaro, Abel Garay y Ramón Benavides.

Ese fue un fogueo increíble para mí, después llamada por Manuel Jirón pasé a Estación X, quedaba en el sexto piso del edificio Novedades, pero hubo un conflicto entre Jirón y Rafael Cano y pasé a La Centauro, que había sido comprada por el doctor Pedro Joaquín Chamorro, quien la puso a cargo de Jirón. Después esa emisora se convertiría en El Fabuloso Siete.

Para ese tiempo vivías con Anielka frente a la luneta del Teatro Margot, en una casa de dos pisos… Amabas la vida, habías estado enamorada… y ¿qué más?

Ese espíritu me lo infundió mi padre… Vos mismo, Mario Fulvio, y otros compañeros, allá en la Radio Centauro, contribuyeron a hacer de mí una persona jovial, alegre, apasionada… Trataba de cultivarme, leía a todos los del boom literario, mi preferido es García Márquez, supe adaptarme a todas las circunstancias y a todas las frustraciones. Traté de vincularme con personas que aportaran para mí y que no me minaran internamente..

Recuerdo muy bien esa casa a la que te refieres, era una residencia para señoritas que dirigía doña Chá Bermúdez, amiga de mi familia. De ahí salí a hacer mi vida de adulta. Ahí me enamoré y de ese amor nació el germen maravilloso que es mi hijo, del cual me siento muy orgullosa.

Algún otro recuerdo especial…

Me acuerdo que cuando William Ramírez llegó a la Radio iba con un pantalón brincacharcos… Bayardo Arce, Clementina, Trinidad, vos… todos me cuidaban muchísimo, me veían como una hermana menor… Pero la verdad es que yo hacía desastres.

Ahora he procurado repartir mi tiempo, los fines de semana me visitan mis amigos, siempre que “hay atolito”, como dice el doctor Wilfredo Álvarez, “medicinita”… Ha valido la pena vivir tanto y tan intensamente si el resultado ha sido un compañero como el que tengo, el ingeniero Néstor Allan Alvarado y un hijo fuera de serie… que ya me dio el más divino de los nietos. Gracias a la vida, ya no tengo nada que pedir.

UNA MUJER REALIZADA

-“Soy feliz porque tengo un núcleo familiar extraordinario, maravilloso y envidiable”, dice la romántica Mayra Santos.

-“También tengo un núcleo de amigos de antaño que amo, y otros de ahora que son extraordinarios”.  

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