Róger Mendieta
Tengo la impresión de que esta campaña electoral es la más sucia y deprimente de cuantas ha habido en la historia de nuestro país; y no sólo la más asquerosa, sino que la más perniciosa. Su millonario diseño electoral sólo ha sido capaz de generar una inútil confrontación, que repercute en contra del objetivo de los propios interesados.
Ha sido una campaña: caballos y carretones pintados, despintados y repintados, por algún mal cálculo o alguna inocentada de carreras de cintas; de aspirantes a diputados, que se aparecen botando la lengua en el horno del Partido: corretean y corretean, por los rimeros de sartenes, ponen como prenda de garantía su delirante afán patriótico, su espíritu de sacrificio, su indeclinable amor al Partido, y al no encontrar harina en el amasadero, dan la vuelta, y se largan pataleando, a otro horno harinero del vecindario, recitando alguna historieta.
Dentro de toda esta belleza, surge el ambiente profético, de paraíso liberador, y el cargante discurso monolóquico, de barricada: insultos, santería, llamado del descuerdado a la cordura: la apetitosa torta política del Estado, sin sentido de patria ni la menor aprehensión al hablar de programas: te construiré cien mil viviendas. A un precio de guate mojado, 5.000 dólares por vivienda por cien mil viviendas suman el pingüe monto de $500.000.000.00 (quinientos millones de dólares), nada más ni nada menos que el equivalente de poco más que el rubro de exportaciones, y la mitad del presupuesto nacional de gastos programado para el 2002; otro de los candidatos dice: a cada familia del campo le daré $1.500.00 (un mil quinientos dólares) para tal o cual cosa. Sabemos muy bien que la oferta es mentira disfrazada de hambre, porque en Nicaragua —hoy por hoy— esas cosas no funcionan, debido: 1) Porque aquí no hay dinero suficiente —ni vacas lecheras que lo regalen— para un plan de ese calibre; 2) Porque debido a complejos problemas del nicaragüense, fallan dos fundamentales pilares del Desarrollo: seguridad en sitios de trabajo para producir, en condiciones sostenidas, y educación, para entender los problemas del desarrollo.
Pero hay algo mucho más grave todavía —visiblemente algo toral—, como repetían juristas de mejores tiempos ya idos, para enfatizar la importancia de un asunto: El error, gravemente perjudicial, y tácitamente inmoral, que corroe el barco electorero, en que zozobra la poca estabilidad del país: falta de ética en superlativo grado. La tranquilidad ciudadana ha sido alterada, y está visiblemente inquieta, por un ambiente de dudas, de elementales desaciertos, de imposiciones y turbias maniobras de querer hacer las cosas a un mínimo margen de transparencia democrática, bajo el empeño de desorbitados sentimientos talibánicos, que alcanzan verdaderos niveles de vergüenza, en la consecución del voto que venga a sacar del túnel al cuestionado candidato.
En un país empobrecido —no pobre, porque pobres somos los nicaragüenses, que sembramos discordia en vez de cultivar conciencia para alcanzar el desarrollo—, el mensaje al pueblo debe ser directo, real, congruente con los recursos y la condición socioeconómica del Estado. Hay que estar bien claros de que sin producción no hay milagros económicos; hay que hablar claro para no agregar a la miseria económica del pueblo una desesperanza más con el veneno de la frustración. Es burdo e ilógico el ofrecimiento de paraísos cuando no tenemos uno.
Ex presidente del Partido Conservador