Expropiaciones a la familia

Roberto Fonseca [email protected]

Llegaron al cementerio acompañados de mariachis, pretendiendo borrar humillaciones e injusticias, con acordes de trompetas y de guitarras. Rosario Murillo, junto a Daniel Ortega y aquellos músicos, lloraba y entonaba melodías, plagadas de frases de arrepentimiento. Era el 22 de febrero de 1996, fecha en que sepultaron a su padre, don Teódulo Murillo Molina.

“Murió como un pajarito”, recuerdo que dijo Rosario Murillo semanas después, durante una visita de cortesía a las oficinas del semanario 7 Días, que edité hasta junio de 1996. “Se negaba a comer… Jamás pudo reponerse a la pérdida del Trapiche”, agregó con la voz quebrantada.

Conversábamos en el despacho de Luis Hernández, quien había conocido a don Teódulo y le había preguntado sobre su muerte. Rosario, delgadísima de pies a cabeza, lucía ansiosa. Hablaba atropelladamente, mientras tomaba té, lo único que había aceptado ingerir. La taza y la escudilla le temblaban entre los dedos.

Recuerdo que nos contó que le enviaba comida, sopitas, pero don Teódulo se negaba a comerlas. Igual que se negaba a ingerir las medicinas. Finalmente sufrió un derrame cerebral que lo llevó a la tumba. Era notorio que a ella le pesaba aquella muerte. Fue la última vez que vi cara a cara a Rosario Murillo.

Semanas después, como editor de Confidencial, me llamó por teléfono, un poco molesta, por un reportaje que había escrito sobre el Estado Mayor de campaña del Frente Sandinista. En él decía que Rosario tenía un papel poco relevante frente a otros “pesos pesados” como Humberto Ortega, Dionisio Marenco y Lenín Cerna.

No olvido una de las frases de la conversación. “¿Vos crees que sólo me limito a escogerle las camisas?”, me dijo, refiriéndose a Daniel Ortega. Faltaban pocas semanas para los comicios del 20 de octubre de 1996, las terceras elecciones del candidato sandinista y, sin lugar a dudas, Rosario Murillo había dejado atrás la congoja, las culpas y los dilemas. Se oía fuerte una vez más, desafiante. La campaña política la había vuelto a la vida.

HONRARÁS A TUS PADRES

Once días después de celebrar el VI Aniversario de la Revolución Sandinista, don Teódulo Murillo Molina llegó a las oficinas del Instituto Nicaragüense de Turismo (INTUR), a desprenderse de una de las cosas más preciadas de su vida: el dominio sobre la propiedad rústica El Trapiche, inscrita bajo el número registral 1,220 y, de 92 manzanas de extensión.

Herty Lewites, entonces Ministro de Turismo, formuló y suscribió el “contrato de arrendamiento” del Trapiche, en representación del Estado y por órdenes del Ejecutivo. El texto, de dos páginas y en papel membretado del INTUR, contempla los detalles de una transacción injusta y caprichosa. El propietario arrendaría por período de 17 meses, prorrogables previa notificación del INTUR, por un monto de 35,000 córdobas mensuales, que al cambio oficial equivalía a 1,250 dólares, al 30 de julio de 1985.

Esa “renta”, desglosada en números, significa que el INTUR pagaría el uso y dominio de los 646,376 metros cuadrados, en apenas 0.0019 dólares por metro cuadrado. Eso incluía, según el contrato el deslindamiento de un terreno de 5,000 varas cuadradas, denominado “La islita”, que Turismo necesitaba para habilitarle un lugar de descanso y de protocolo a Daniel Ortega y su familia. Antes le habían intervenido unos repartos y declarados de utilidad pública.

Del sitio sólo tengo referencias orales. Había varias viviendas de hasta cinco habitaciones cada una, piscinas naturales, cascada, jardines de película y una pista para que el dirigente sandinista corriera sus cinco kilómetros reglamentarios. En ese sitio, irónicamente, se refugió la familia Murillo-Zambrana, junto a sus hijas y nietos, después que Managua quedó destruida y sepultada por el terremoto de 1972.

A esa propiedad, lugar de convivencia con sus amistades, don Teódulo Murillo no volvió a entrar nunca por órdenes de su hija Rosario y de su yerno, Daniel Ortega. Si quería hacerlo, debía consultarle antes a ellos. Desde ese momento, el viejo agricultor hecho de roble, fue languideciendo. Como un pajarito.

UN RETO PERIODÍSTICO

El día que don Teódulo Murillo Molina firmó obligadamente el “contrato de arrendamiento” con el INTUR, 30 de julio de 1985, irónicamente Miguel D’Escoto, entonces Canciller de Nicaragua, cumplía 23 días de “ayuno profético” en una iglesia del Barrio Monseñor Lezcano.

Acababa de comenzar mi carrera periodística, en julio de 1985, y aquel “acto ecuménico de protesta” contra la Administración Reagan, por parte del sacerdote maryknoll, se había convertido en un verdadero infierno periodístico. Ni a los periodistas ni a los editores de Barricada se les ocurría una nueva forma de enfocar aquel “prolongado ayuno”, sin embargo la orden de arriba era tajante: hay que llevarlo todos los días.

De esa cobertura no me escapé, ni porque era novato. Fui acompañando a Mónica Zalaquette, si mal no recuerdo. El padre D’Escoto, vestido de cotona blanca y blue jeans, bastante “sobado” y con un vistoso crucifijo de madera en el pecho, permanecía sentado en la sacristía, recibiendo las visitas y conversando bajito. Lucía una barba de varios días, contribuyendo a esa imagen de debilidad, de enfermo. Me impresionó, pues para nadie era un secreto que su mayor debilidad es la cocina de altura, la cocina internacional.

Días después, el 6 de agosto de 1985, para alivio de los periodistas de Barricada, Miguel D’Escoto concluyó su “ayuno profético”, de 30 días, con una ceremonia religiosa a todo meter. Sin embargo, la tregua periodística duraría poco, esa noche anunció que iniciaría en 40 países del mundo, lo que dio en llamar “la insurrección evangélica”. Poco después, afortunadamente, ya nadie se acordaba de ello.  

Editorial
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