Un país en guerra

Salvador Ampié Calero Más de un mes después del ataque a las torres de Nueva York y a pocos días del contraataque norteamericano a Afganistán, es cuando se necesita la fe del cristiano practicante: la fe que testifica, que infunde valor en medio de un ambiente creciente que llora, que se aterra y que se […]

Salvador Ampié Calero

Más de un mes después del ataque a las torres de Nueva York y a pocos días del contraataque norteamericano a Afganistán, es cuando se necesita la fe del cristiano practicante: la fe que testifica, que infunde valor en medio de un ambiente creciente que llora, que se aterra y que se lamenta.

El terrorismo se alimenta de odio visceral, de la venganza ciega, de la envidia obsesiva, las aberraciones ideológicas de la actual civilización. Ahora la guerra biológica y las bombas poderosas surgirán en diferentes ciudades y lugares subterráneos; paralelo a un aumento de los fenómenos naturales y el fenómeno de invernadero en el planeta. En Estados Unidos está la falla de San Andrés que producirá un terremoto dantesco.

Ante esta situación los cristianos aprendemos, en cualquier lugar donde estemos, a incrementar la fe como una seguridad de recibir lo que se espera, de estar convencido de las realidades y seguridades que no vemos pero que creemos para los hijos de la luz. Y como otro brazo, debemos tener la oración familiar y personal para lograr seguir el plan divino, las protecciones, las fuerzas necesarias y los dones del Señor y del Espíritu Santo. Pero no podemos orar mientras nuestras mentes no están poseídas por el pensamiento de Dios.

Hay tres cosas fundamentales: la fe, la esperanza y el amor. Pero el más importante es el amor. Elevemos la fe sabiendo que Dios escucha y responde, que quien aprende a hablar con Dios cada día crece en fe y en amor, además que recibe sabiduría, bendiciones y protección de lo alto.

Todos tenemos debilidades y eso es muy humano. Estamos empantanándonos y todos perderemos como producto de las políticas y de los planes económicos militares de los países altamente industrializados y lo que vemos es apenas la punta de un iceberg gigantesco. No es parte del plan de Dios.

Encontremos en nuestra familia el refugio amoroso y comprensivo.  

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