- A más de una semana de la
muerte del portero Augusto César Mendoza Aráuz, se siente su ausencia
Ramón Mendoza HerreraEspecial para LA PRENSA [email protected]
Desde tus vagidos de neonato hasta el sordo ronquido, premonitorio del final de tu existencia terrenal, degustamos cada segundo de tu vida que sació nuestro apetito de amor filial durante dos décadas de intensa felicidad que irradiaste en nuestra querida morada.
Desde tus incansables travesuras infantiles, pasando por los ensueños rosados de la adolescencia, hasta llegar a la plenitud de tu primavera vital, fuiste en el hogar la arteria que irrigó permanentemente el más desbordante optimismo, una inquebrantable fe y alegría de vivir, no obstante las limitaciones propias de nuestra condición económica, que asumiste con admirable comprensión.
Cómo no recordar tu casta de beisbolista infantil y juvenil, dándolo todo en el terreno e insuflándole ánimo y espíritu inclaudicable a tus compañeros en procura de la ansiada victoria.
Y qué decir de tu bravura como portero de fútbol, que te impelía, a riesgo de lesionar tu integridad física, a defender la soberanía de tu meta, misión cuyo cumplimiento adelantó tu tránsito a la ultraterrena existencia.
¡Qué hermosa lección, demostrativa de que: “querer es poder”! en el último año de tu existencia terrenal, cuando te convertiste en ejemplar alumno y pasaste de alumno maestro a maestro-alumno, porque —quizás por genética influencia—, ya hasta dabas clase a tus amigos y compañeros que te lo pedían.
Nunca olvidaremos tu gallarda estampa varonil, ora en el hogar, impecablemente vestido; ora en el terreno de juego, elegantemente uniformado, contagiándonos a todos con la magia fascinante de tu imborrable sonrisa.
Sea una realidad tu ilusión de ver construido el estadio de fútbol en Somoto que propicie la sana recreación de los jóvenes y su rechazo a las drogas y cualquier práctica perniciosa a su existencia. Y en la verde esperanza de tus sueños y del engramado de tu anhelado estadio, estarás omnipotente en el rectángulo de juego y en el corazón de los aficionados.
Augusto César, el tuyo fue un terrible impacto, similar al de las Torres Gemelas, que una semana después sucumbieron ante el suyo, porque representaban un imponente emporio material, a diferencia de ti, que significas un infinito emporio espiritual; destructible aquél, porque es de humana arquitectura; indestructible éste porque es de Divina Arquitectura.
Adiós, hijo del alma, orgullo de tu familia, de tu pueblo, que rompió los diques de su inmensa represa espiritual inundándonos de amor y solidaridad.
Ya estás allá, al lado de tu Socorrito Ernestina, iluminándote con ella con los divinos resplandores de la luz celestial.
Hasta la eternidad, hijo adorado.
Tus Padres y Familiares