Mary O´Grady*
Ayer llegué a la oficina temprano —no eran todavía las ocho— quería aprovechar la calma de la mañana. La sección editorial del Journal está en el noveno piso del World Financial Center y mi ventana se abre al World Trade Center. Éste es el momento perfecto para trabajar, ayer a esa hora sólo había llegado otra persona, Paul Gigot, el nuevo editor de la página editorial.
Unos minutos más tarde, no sé decir cuántos, sentí una fuerte sacudida que estremeció el edificio. Inmediatamente salté hacia la ventana, desde donde se veían caer del cielo bloques en llamas. Miles de hojas de papel llovían desde arriba.
Me asomé y vi un hoyo en el edificio del World Trade Center. Humo negro y llamas salían de los costados, y pensé en las pobres personas que habían estado en esos pisos hacía apenas unos segundos.
Corrí a buscar a Paul, pero no había regresado. Estaba sola. Regresé a mi oficina, tomé mi chaqueta y mi cartera temblando incontrolablemente y salí buscando los elevadores. En la planta baja los guardias de seguridad trataron de calmarme: sea lo que sea, no le dio a nuestro edificio, estábamos bien.
En ese momento entró cojeando el editor de Internacionales del Journal, John Bussey, acaba de sufrir un tirón de un músculo mientras corría en la calle. “Camina conmigo”, me dijo, mientras se dirigía a su oficina en el noveno piso. Lo seguí explicándole lo que acababa de ver, y antes de que me diera cuenta estaba de regreso en mi oficina, viendo el incendio desde mi ventana. Algunos escombros estaban en llamas en el estacionamiento. La gente salía desesperada del World Trade Center, corriendo como lo hacen en todas las películas apocalípticas.
Entonces decidí llamar a mis padres para decirles que estaba bien. Ellos todavía no habían escuchado nada. Mi segunda llamada fue a un hermano en el estado de New Hampshire, donde trabaja para el diario local. Mi vo temblaba y mi corazón estaba acelerado, pero le pude decir que me encontraba bien. No llevaba ni dos minutos hablando cuando una segunda explosión, mucho más fuerte, sacudió el edificio de nuevo. Tiré el teléfono y corrí buscando la salida. Solamente dos elevadores estaban funcionando. Pensé en bajar por las escaleras, esperé, las escaleras o esperar, las escalera o esperar, “vamos elevador”. Dije una oración, después otra.
Al fin llegó un elevador, estaba lleno de gente, y cuando las puertas se abrieron lo que salió de allí era pánico: “Apúrese, apúrese”, me gritaban. Uno de ellos golpeaba fuertemente el botón de cierre. Entré. Estaba temblando. Cuando llegamos a la planta baja salí corriendo hacia el río. Mucha gente corría hacia el norte, yo decidí correr hacia el sur, tal vez porque la mayoría iba en sentido contrario. Para entonces, la explanada del río estaba llena de gente, había muchos testigos que habían visto el segundo ataque. “Era un avión de pasajeros”, me dijo un hombre, “un 727”. Algunas personas trataban de dirigirse a algún lugar, pero la mayoría no se movía, tal vez porque no tenían muchas opciones, o porque estaban conmocionadas. Miles de ojos examinaban el cielo, buscando otro avión. El llanto de las sirenas llenaba el ambiente.
Empecé a caminar rápidamente a lo largo del río, sentía que el corazón se me salía, pasé el Museo del Holocausto y una mujer nos advirtió que ése era el peor refugio. Seguí caminando y obedeciendo las orientaciones de la Policía. En el camino vi a gente llorando. Otros agachaban la cabeza, la conmoción, el miedo y la tristeza estaban por todas partes. Quería llegar hasta el puente Brooklyn, pero temía que se convirtiera en otro blanco. Decidí caminar hacia el puente. Entré a uno de los carriles, aunque había vehículos circulando, y de pronto empecé a correr. Había personas que suplicaban un “ride”. Un carro se detuvo y un grupo lo llenó rápidamente, un hombre que ya no alcanzaba se tiró sobre la capota y el carro volvió a arrancar.
Iba por la mitad del puente cuando la multitud gritó al unísono. Yo estaba segura de que se trataba de un avión que venía hacia nosotros. Al darme la vuelta vi cómo se derrumbaba una de las torres. La gente se detuvo en medio puente. Yo seguí caminando, pero muchos estaban paralizados, con la boca abierta viendo cómo se levantaban el polvo y el humo. Seguí caminando y pasé al lado de una mujer que musitaba con la vista en el suelo. Sólo le escuché: “Dios mío”. Le pregunté si estaba bien y me dijo que rezaba por esa pobre gente en la torre. Entonces sentí que estaba en una carrera contra el tiempo, segura de que algo más iba a pasar. Al llegar al final del puente, empezó a caer del cielo ceniza y hollín; la gente se cubría la boca con cualquier pieza de ropa. Aunque estaba exhausta tuve suficientes fuerzas para caminar hasta mi casa.
No ha sido fácil escribir esto. Todavía estoy temblando, y a medida que entran los reportes de los noticieros me doy cuenta de que es mucho más terrible de lo que podía imaginar. Aquí donde escribo está tranquilo, pero sé que estamos muy lejos de estar en paz. Han desatado un mal terrible contra nuestro país. Necesitamos coraje para encarar lo que viene. ¿O será que todo esto es una pesadilla y pronto me despertaré a una agradable mañana de septiembre?
* Mary O´Grady es editora de la columna Américas del Wall Street Journal.
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