- Discriminación, cáncer, esterilidad, malformaciones genéticas y degeneración del organismo humano
Janelys Carrillo Barrios [email protected]
Parte de las mujeres afectadas por el plaguicida en los años 70 habitan en la Colonia Bananera, Villa 15 de Julio, en El Viejo, Chinandega. Sus historias son tan parecidas como crueles. Con pequeñas variantes, los males heredados son los mismos: dolores de cabeza, degeneración ósea, hijos con retardo físico y mental.
El Cardón, El Relámpago, Santa Elisa y Enma, son entre otras, las fincas donde dejaron su juventud y su vigor. Aunque reconocen que la jornada era pesada y que comer y hacer sus necesidades en los plantíos era algo normal, irónicamente recuerdan con nostalgia “lo bien” que ganaban en aquella época, cuando devengaban entre 400 y 500 córdobas a la quincena.
Gertrudis Victoria Ortega Martínez, de 45 años, empezó a trabajar en las bananeras en 1972. Desfloraba y descoronaba la fruta, regaba y abonaba el campo, limpiaba el pie de los hijos de la planta y las deshojaba, pero jamás imaginó que la permanencia en las plantaciones fumigadas con Nemagón era lo que provocaba ardor en la vista, picazón en el cuerpo y catarros y dolor en el cerebro de forma permanente.
SIN DESCENDENCIA
Recientemente, el forense Róger Pereira Umaña diagnosticó a Gertrudis incapacidad permanente para labores habituales y de trabajo, pero desde hace ocho años el cuerpo se le inflama y no puede estar de pie mucho tiempo. Para su sorpresa, una radiografía puso al descubierto la deformación de un hueso del pie izquierdo, donde le salió un “espolón”.
Mauricio Cortés Ortega, su hijo de 14 años, tiene la contextura física de un niño de siete u ocho años. Llegar al primer año de secundaria le ha costado, porque su capacidad de concentración desde siempre ha sido casi nula. Además, todo lo que come le hace daño y sufre constantes dolores de cabeza.
Igual que su hermana Patricia Lillieth, Eufemia Ortega Urroz, de 25 años, no ha podido darle nietos a Gertrudis. Está casada hace 10 años y hoy se siente “agüevada” porque “voy a llegar a viejita y sin poder tener chavalos”.
Hace año y medio, Isaura, otra hija de Gertrudis, tuvo a Carlos Arturo Flores, quien nació con una pelota aguada en la cabeza y ahora se le ha endurecido. Su primer bebé, una niña, murió a los dos días porque nació con el conducto faríngeo atrofiado.
UN TIERNO DE 24 AÑOS
En el Barrio Blas Real Espinales, de El Viejo, Francisca Picado Briceño, de 46 años, carga con una triple tragedia. La alegría por el nacimiento de su hijo Juan Carlos, hace 24 años, pronto se tornó en pesadumbre.
A los seis meses descubrió que el niño tenía problemas, y pronto los médicos le dijeron que de sobrevivir sería como un vegetal o como un tierno.
Juan Carlos nunca tuvo uso de razón, y apenas reacciona cuando su madre lo regaña ante lo que podría parecer malacrianza. A lo largo de su vida ha sido alimentado con comidas blandas, no aprendió a caminar y jamás ha pronunciado una palabra porque de su boca sólo escapan sonidos guturales.
Justo Emilio Somarriba, esposo de Francisca, murió de cáncer en los pulmones hace 22 años, y en lo que a ella concierne, ha dedicado sus fuerzas a cuidar a Juan Carlos, dejando de un lado los males que adquirió después que a los 14 años empezó a trabajar en las bananeras.
ABORTOS Y PRESENTIMIENTOS
El caso de Dora Mendoza Corea no es menos dramático. Durante los 18 años que laboró en las plantaciones nunca dijo no al trabajo, y ni eso le valió. Igual que sus compañeras de infortunio, cuando ya no servía para nada la mandaron para su casa.
De los siete hijos que concibió abortó tres. Con el paso del tiempo notó que cada día se adelgazaba más y más. Los pulmones se le inflamaban y los “mordiscos” en los riñones empezaron a atormentarla. Hoy en día sólo puede conciliar el sueño si duerme con abanico “porque la sofocación me quema”.
Una de sus hijas de 26 años sufre caída del pelo y se va secando. “Pienso que no voy a vivir mucho, mi cuerpo me lo dice”, dice con resignación.
De sus 54 años, Esperanza Pereira Paz dejó 20 en las bananeras. Allí tuvo cuatro abortos, y actualmente ve cómo sus piernas se le van secando. Oscar Leonel Reyes, su hijo de 18 años, sufre de calvicie y sólo vive con dolores de cabeza, picazón y ronchas en la piel.
A María Nicolasa Morán Caballero, ex empacadora de banano, el cuerpo se le empezó a enronchar hace dos años. Pero su suplicio mayor es el hongo que ha ennegrecido sus piernas. Después vinieron los dolores en los huesos. Los tres niños que concibió cuando era obrera del banano los abortó de manera espontánea.
“A los dos días de nacidos empezaban a vomitar la bilis y luego se morían. El último sólo aguantó seis meses. Los hijos que tuve antes nacieron sanos”, asegura, tras recordar que cuando entraba a las plantaciones sentía el tufo del Nemagón, pues aunque usaba protector en la nariz el olor era demasiado fuerte.