Marco A. Valle**[email protected]
“Y que le iba a trozar las dos canillas y la cabeza”, declaró CLS (6 años de edad) refiriéndose a Moncho (10 años), quien minutos antes quitó la vida a dos primitos hermanos tan menores de edad como él. Así las cosas, estamos de cara a dos momentos que forman uno solo en su mente, primero, cuando los machetea, y luego cuando, ya muertos, busca pedacearlos para esconder el hecho.
Si salud mental es el estado de bienestar integral que permite a la persona vivir activamente, participar en el proceso de desarrollo social y enfrentarse con eficiencia y serenidad a las vicisitudes de la vida, tenemos que Moncho tiene profundas deficiencias de salud mental ya que, los machetea, no se detiene y huye como muchas veces sucede en este tipo de casos, sino que estima la necesidad de pedacearlos para que no los encuentren. Y no es pedacear una res, ni un pollo, ni un cerdo, sino seres humanos, sus primitos. O sea, esto es una tragedia que conviene no perder de vista.
Es tal la crueldad del hecho que, pareciendo mentira, no puede uno escapar a pensar que quien cometió el hecho es una mente adulta violenta, enquistada en el cuerpo de un menor de 10 años. Moncho y su actuar es producto de un medio familiar donde, según las noticias, continuamente se hablaba de pasarse la cuenta por el asunto de las tierras, lo que lleva a imaginar las expresiones y amenazas que se decían las familias en disputa, lo mismo que lo que se expresaba en el seno de la de Moncho. Y este escenario lo llegó a intoxicar de violencia que aunado al medio vecinal y entorno de pobreza integral, genera y predispone a la gente a estallar en comportamientos violentos fatales que, posiblemente en otras condiciones estructurales no desaten este tipo de conductas.
Ahora bien, nos llama la atención este caso por sus características, la edad de los niños y su atipicidad, más escenas crueles como esas y peores se viven diariamente en diversas partes del país. Los niños y niñas huelepega que deambulan por las calles, edificios viejos y mercados están siendo macheteados al tiempo que se preparan para ser delincuentes; no menos impresionante son los y las menores de edad que se prostituyen, o venden en los semáforos, paradas de buses y cantinas, o los que son víctima del tráfico internacional de menores de edad, o los desaparecidos que nunca se sabe de ellos y ellas. Todos están muriendo poco a poco, aparte de los que sí mueren rápido víctimas de sus padres o familiares, o como consecuencias de choque entre pandillas.
Al igual que en el caso de Moncho, la salud mental de las familias y de estos niños y niñas están cruzadas por la pobreza, violencia y falta de una luz en el futuro. En este cuadro que no se le ve solución a corto plazo, no es de extrañar que estos sucesos de violencia infantil o protagonismo de niños, niñas y adolescentes en hechos delictivos se empiecen a volver mucho más frecuentes.
* El autor es consultor en seguridad ciudadana.