Doña María Castellanos.

La interminable platicadera con doña María de Dipilto

Un acto de sublime aprendizaje es hablar con los ancianos. Hay tanta vida vivida, tanta experiencia y sabiduría, tanta dulzura, amor y humildad en las palabras de estas personas, que constituye un error de lesa humanidad el tratar de menospreciarlas o ignorarlas. Al conversar con ellos dignificamos nuestro inexorable fin Mario Fulvio [email protected] – ¡Hola! […]

  • Un acto de sublime aprendizaje es hablar con los ancianos. Hay tanta vida vivida, tanta experiencia y sabiduría, tanta dulzura, amor y humildad en las palabras de estas personas, que constituye un error de lesa humanidad el tratar de menospreciarlas o ignorarlas. Al conversar con ellos dignificamos nuestro inexorable fin

Mario Fulvio [email protected]

– ¡Hola! ¿Vive aquí doña María Castellanos?

Por una bajadita que está a la orilla de la carretera hemos llegado al porchecito de la casita de adobe. Llaman nuestra atención las macetitas cubiertas de flores y las mesas y sillas blancas como el marfil. “Son lavadas con hojas de hojachigüe”, dice René.

En eso se abre la puerta, y por ella asoma la frágil figura. “¿Qué desean?”… Queremos saber sobre la Virgen de la Peña de Dipilto, porque nos dijeron que usted sabe de eso. Sonríe entre orgullosa y desconfiada, nos sentamos a su lado en una banqueta y nos socamos en gran platicadera.

– ¿Cómo es la leyenda de la Virgencita de la Piedra?

– Pues fue que hubo aquí una gran peste en 1947.

– ¿De qué era la peste?

– ¡A saber…!

– ¿Qué pasó entonces?

– A la casa que llegaba no quedaba ninguno al que no le diera la peste. Era una calentura que quitaba el hambre y todo, y una calentura que no salía. Y le “jedía” a uno la piel, Cuando se sudaba el mal humor. Uno quedaba en los puros huesitos. Pero no murió gente.

ANTES LOS HOMBRES ERAN MÁS HOMBRES

Fue por ese tiempo que vino la Virgen, la trajo monseñor Nicolás Antonio Madrigal… y fue así: dijo él: “Esta fiebre ya va muy largo, una vez así sucedió en México y entonces el obispo de México dijo: ‘Vamos a hacerle una procesión a la Virgen de Guadalupe porque ella es la única que nos puede salvar. Vamos a ver cómo hacemos aquí la primera procesión de inditos’”. Porque aquí a la Virgen de Guadalupe ni la conocíamos, por eso buscamos cómo conocerla, y había uno en el Ocotal que tenía una virgen de Guadalupe de estampa que la trajeron a Dipilto, el 10 de febrero del 47. Le hicieron una procesión de inditos que anduvo de la iglesia hasta El Cerrito.

Pero entonces él dijo: “Hay que esculpir una Virgen de bulto”, porque la fiebre, apenas se hizo la procesión, cesó.

Al año siguiente dijo él: “El 10 de febrero se cumple un año de haber traído a la virgen de estampa, pero la virgen de bulto ya está. Hay que ir a traerla a Ocotal…” ¿Conoce usted a don Rubén Peralta?

– No, doña María… No lo conozco, es que somos de Managua.

– ¡Ahhh! No lo conoce. Ah, pues… entonces vino y dice don Rubén: “La vamos a ir a traer, que se alisten unos hombres…” Pero antes los hombres eran muy hombres… Bueno… ¿Y eso qué es?

– Es el flash de la cámara, no se asuste.

Es que eso a mí no me gusta, dice sonriendo, y sigue: Entonces vino y se fueron los muchachos y la gente a traer a la Virgen. Es que aquellos tiempos eran distintos, había reales y no era tan pobre la gente. ¿Verdad? Entonces se fueron ellos, y compraron un montón de cohetes, y dice Monseñorcito: “Van a alistar un montón de ocotes como antorchas para que la vayan a traer”. Y entonces se fueron… Yo hasta miro que había más gente antes… es que la gente era más cristiana. Bueno, ahora hay cristianos, pero como antes no. Sí, y por eso todo se quiere descomponer.

–Pero déjeme seguir el cuento. Entonces se fueron el montón de hombres. (El flash de René dispara un pencazo, y doña María se sorprende). A mí no me gusta eso –dice, pero continúa–, se fueron, unos en machos, otros a caballo y la mayoría a pie. Entonces se fueron… felices a traer a la Virgen. Y no podían con ella porque era de cemento, la trajeron hasta la casa de don Rubén Peralta.

– ¿Es que era muy pesada?

– ¡Qué! ¿No la conoce?

– La vi de largo.

– Pues hay que ir donde ella, y si tiene alguna enfermedad, la toca y se cura, y allí está el agua también… Pero, ah, pues… entonces, se fueron a traer a la Virgen, ya a eso de las diez de la noche se oyen los primeros cohetes, ya venía entrando.

– ¿Usted no fue?

– ¿Cómo no? Ya estaba macicita, tenía más de quince años. Digo yo, a saber. Entonces vino mi papá y mandó a ordenar que prendieran los ocotes. La traían en carreta. En el viaje dilataron todo el día, desayunaron allá y cenaron aquí. Ah, pues, bueno… pues entonces ya quedó la costumbre.

– ¿Y le hicieron iglesia?

– La capilla… ¿No la ha visto?

– Es que acabamos de llegar.

MÁXIMO ME MOLESTÓ MÁS DE QUINCE AÑOS

– Bueno, pues, entonces… ya la Virgen vino el 10 de febrero y al siguiente año se celebró. Monseñor la celebraba el 4 de agosto. Venían de Managua, de Estelí, de Ocotal, de Honduras, de todas partes venía la gente a servir de indios…

Es que mire, yo le doy gracias a Dios y bendigo el vientre de mi madre y a mi padre que me crió. ¿Sabe por qué? Porque dichoso el que sus padres le fundaron la fe y que no la pierde. Porque mire, yo ahora me fijo, esas mujeres desnudas, empantalonadas, eso no es amor a Dios, eso es profanación.

– ¿Pero usted, doña María, se casó y tuvo niños?

– Sí. Mi marido se llamaba Máximo Rodríguez, pero se murió. Se murió hace como unos 27 años. Me quedó un hijo pequeño y otro que se casó de 17 años.

– ¿Y usted de qué edad se casó?

– A los treinta. Y no me quería casar. Yo me quería ir a un convento. Le dije a mi papá un día: Yo me quiero ir con las monjitas.

– ¿Y qué le dijo su papá?

– ¿Y qué me iba a decir? No me dijo nada. Yo me iba a ir porque miraba a las muchachas que caminaban con las monjitas. Fíjese que le voy a contar. ¡Pero qué mosquero el que ha salido! Me gustaba que venían ellas a la misa, el padre, el monseñor venía a la casa y ahí pedía posada y las monjitas también. Nosotros éramos felices, y todavía somos felices. ¿Sabe por qué? Porque nosotros cuando vienen los padres nos rozamos con ellos y queremos mucho a las monjitas.

– Pero tuvo que estar muy enamorada de su marido para dejar a un lado su deseo de ser monja.

– Es que desde los quince años me molestaba el muchacho. Yo nunca le dije que sí. Pero él siempre necio. Allá un día me dice: “Bueno, ¿y usted qué piensa? ¿qué es jugando ¿que yo juego con usted?” No es que juegue, es que muy poco me gusta eso, le dije.

– ¿Y cómo fue que se decidió?

– Es que mi papá murió… Entonces dije yo, mi mamá… Pero tonta yo, ¿verdad? Me hubiera quedado con mi mamá.

– Entonces decidió aceptarlo.

– Sí. Ya me dio pena. Él ya me había pedido cuando mi papá murió. Y me llama mi mamá y me dice: ¿Te vas a casar con ese hombre? Sí, le digo, pobrecito. Mi papá lo quería mucho.

– ¿Era muy guapo, verdad?

– Indio. Indio puro. Me decían mis hermanas: Y, la Mariíta, ¿cómo se fue a fijar en ese indio? Pero así me gusta a mí, le contestaba.

– ¿Pero le salió bueno el marido?

AQUELLOS MARIDOS DE ANTES…

– ¡Ehh, sí! Mi marido no bebía, no mujereaba ni andaba en las calles como ahora que tienen hasta cinco mujeres.

– ¿Entonces no se arrepiente de no haber sido monja?

– No. No me arrepiento porque hasta el día de hoy mis hijos no me han dejado.

– Ese es el tesoro que le dejó su marido.

– Fíjese que es cierto. ¿Ha leído usted aquello que dice que una vez iban a haber unas presentaciones –pero esto es aparte de lo que platicamos–, que las madres iban a hacer unas presentaciones de las joyas y riquezas que tenían? Entonces invitaron a una señora pobrecita. Fueron las ricas con todos sus joyajes, sus collares, pulseras y anillos, y se reían de la pobre. Pero ésta dijo: “No me abochorno porque tengo un tesoro que no tienen ellas, mis buenos hijos”. Así dijo… Y éste ya parece loco –dice Mariíta viendo que René Ortega le dispara otra serie de fogonazos–, es que yo para que mis hijos pudieran estudiar yo me fui a Ocotal. Y trabajé ahí tres años en el Hospital. Aquí la superiora que se llamaba Amelia Espino me dijo: “Mariíta, váyase para el Ocotal, porque ya los niños aprobaron los grados inferiores y ahora tienen que hacer los grados superiores. Yo le dije a mi marido, él dijo que sí. Entonces yo les ayudaba en la cocina. Me decía la madre Francisca, que ya murió: “Mariíta hoy va a ayudar en la cocina”, después: “Mariíta hoy va a palmear tortillas, hoy va a lavar ropa, hoy va a ir al mercado…” Y yo iba.

– ¿Y usted era feliz allí?

– No tanto porque pobrecito mi marido, solito con mi mamá. Pero no me arrepentía de haberme ido. Ah, pues, bueno, entonces ellas me querían mucho a mis chigüines. Ellas me ayudaban. Me decían: “Mariíta, para que los niños no se aburran que vengan aquí a jugar”. Ellas les compraban carritos, maules y cosas así para que jugaran.

– Mariíta, y ahora ¿cómo está la salud suya?

– Pues mire, yo, bendito sea Dios, voy a cumplir ochenta años el cinco de octubre. Fíjese que yo decía: “¡Ay, Jesús mío, ya voy por setenta años, a mí nadie me va a querer”. Y viera que es mentira, toda la gente lo quiere a uno.

– Y, ¿cómo la pasaron en Dipilto cuando pasó el Mitch?

– Yo no sé de dónde salió tanta agua. Y el palerío que iba arrastrando. Dijeron que mandaron ayuda pero a nosotros no nos dieron nada… Pero mire que Dios ha de bendecir a los del Batallón, ese Batallón de ahí, porque en cuanto nomás miraron eso, vinieron como cincuenta soldados y dos doctores, la doctorcita de aquí también se portó a la altura, y nos dieron alimentos y procuraron ayudarnos y a sacar gente que estaba en peligro de morir… Fíjese que en ese momento una señora dio a luz dos gemelitos en la misma noche.

AFERRADA A SU TERRUÑO

Doña María Castellanos Duarte cumplirá 80 años en octubre. Su mamá era hondureña de El Paraíso, se llamaba Guadalupe Duarte.

“Mi papá era don Isidro Castellanos, de Dipilto. Aquí nací, y sólo cuando vino la guerra tuve que salir. Me fui para El Paraíso, pero en cuanto pasó la guerra regresé. No puedo vivir en otro lugar”.

Doña María recuerda que cuando era niña vivían en Dipilto, entre algunas familias la de Ignacio Castellanos, Pedro Castellanos, José Castellanos, Isidro Castellanos. Un Esteban Figueroa, un Abraham Blanco, Vicente Paguaga y Sotero Paguaga.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí