Julio I. Cardoze
Es importante que meditemos sobre el desarrollo político, no solamente cuando se aproximan las elecciones, sino que todo el tiempo, hasta que sea un hábito en cada ciudadano, y que llegue a ser una necesidad como comer, o dormir. Debemos meditar con claridad, y tomar conciencia, sin engañarnos a nosotros mismos, porque sino lo hacemos, continuaremos padeciendo los mismos males que nos preocupan de antaño, como el abstencionismo electoral, la pérdida de confianza en los políticos, inoperancia de las instituciones y de los poderes del Estado, dificultad para lograr la estabilidad nacional, o consenso en temas necesarios para el avance de la nación, todo lo cual ha redundado en un freno al desarrollo social, económico y cultural.
No tenemos una democracia participativa, pues padecemos de poliomielitis cívica, tampoco tenemos una representativa, pues la nuestra no es más que una democracia; por, para, y en beneficio, de quienes hacen gala de tener el control de cargos, que supuestamente son electivos para cumplir con la voluntad ciudadana, pero no lo hacen. En resumen, no practicamos la democracia.
Como liberal a veces me pregunto si en vez de una revolución liberal, como la de 1893, que nos dio de golpe, unos principios políticos modernos, muy bonitos, pero que más de cien años después, aún no entendemos, ni practicamos, ni siquiera aquellos que dicen ser liberales, ¿hubiera sido mejor un sistema como el de los treinta años conservadores, evolucionado gradualmente de forma natural a través del tiempo? ¿Acaso la revolución francesa no fortaleció e hizo resurgir el conservatismo en Francia y Europa y les dio estabilidad? Así tal vez, tuviéramos alguna práctica de un ejercicio cívico y democrático, en un proceso evolutivo, no impuesto, ni revolucionado.
No tenemos democracia representativa, porque nuestros legisladores no son escogidos por la ciudadanía, en elecciones periódicas, pluralistas, abiertas, justas y transparentes, ni tampoco participativa, porque la sociedad no tiene ni voz ni voto, en el proceso de gobierno. Los grupos de interés gremiales, comunales, regionales, o nacionales, no tienen influencia de ninguna clase en las metas, ni en el planeamiento de la gestión pública, pues aunque en los períodos electorales a veces les piden su opinión por propaganda política, después todo queda en letra muerta.
Estamos estancados, y hemos hecho del arte de la política, con el cual todo es posible, un arte para impedir que la ciudadanía vea realizada sus más altas aspiraciones, y satisfechas sus necesidades. Nuestra política es como en las películas, donde hay buenos y malos, héroes y villanos, y el éxito depende de si los héroes logran salvarse, nada más que en los libretos de las nuestras, los que ganan son los menos malos, o los más malos, porque el “chavalo bueno” siempre termina inhibido.
* El autor jurista, ex ministro del Trabajo.