¿Otra vez 19 de Julio?

En los días precedentes (martes 17 y miércoles 18) LA PRENSA publicó un reportaje especial sobre la actividad de los representantes del gobierno norteamericano durante los últimos días de la dictadura somocista, y su visión de los acontecimientos previos al triunfo de la revolución sandinista del 19 de julio de 1979.

Y hoy publicamos el testimonio de otro participante en los acontecimientos que ocurrieron entre el 17 y el 19 de julio de 1979, de Dionisio Marenco, quien coordinó por el FSLN las negociaciones para la rendición de la Guardia Nacional y ahora es el principal asesor nicaragüense del ex presidente sandinista y actual candidato presidencial por el FSLN, Daniel Ortega Saavedra.

El triunfo de la revolución sandinista, el 19 de julio de 1979, es sin dudas uno de los principales acontecimientos de la historia política de Nicaragua. Precisamente por eso es que publicamos estos reportajes especiales basados en documentos y en testimonios de los protagonistas y sobrevivientes, con la convicción de que el conocimiento histórico es necesario para no repetir los errores del pasado, pero también porque la Historia es una asignatura no sólo cultural sino también de valores que debe servir para fortalecer la reconciliación, la tolerancia y la convivencia pacífica entre todos los nicaragüenses.

Y más necesario es recordar los hechos históricos del 19 de julio de 1979, ahora que los sandinistas parecen tener la posibilidad real de regresar al poder, esta vez como resultado de una elección popular, pues según las diversas encuestas el FSLN y su candidato presidencial Daniel Ortega tienen la intención de votos más alta para las elecciones del próximo 4 de noviembre

Pero, ¿a qué se debe que Daniel Ortega tenga ahora una mejor intención de voto que los candidatos democráticos, si cuando estuvo en el poder entre 1979 y 1990 encabezó una dictadura que reprimió a sus opositores, suprimió las libertades individuales, confiscó la propiedad privada, arruinó la economía nacional, empobreció a la población y la condujo a una guerra fraticida? ¿Será que el pueblo nicaragüense es olvidadizo o masoquista, como dicen algunos, y ya no se acuerda que quienes le ofrecieron el paraíso lo que hicieron fue llevarlo a los infiernos?

En realidad, Daniel Ortega y el FSLN no son ahora más populares que en 1990, cuando tuvieron más de 40% de los votos pero perdieron las elecciones y el poder, ni que en 1996, cuando recibieron 37% de los sufragios y volvieron a ser derrotados electoralmente. Lo que pasa es que los dos gobiernos democráticos que ha tenido Nicaragua desde 1990 no respondieron a las expectativas de la nación ni resolvieron los principales problemas económicos y sociales de la mayoría de los nicaragüenses. Y a pesar de que el gobierno actual —del PLC— ha hecho crecer la economía y ha construido bastantes obras de infraestructura con recursos de la cooperación externa, también ha sido insensible a las necesidades de la gente más pobre y ha practicado una corrupción gubernamental como nunca antes la hubo en toda la historia nacional. Mientras que el otro partido democrático —el Conservador— ha sido incapaz de estructurarse como una verdadera alternativa de gobierno entre el FSLN y el PLC.

De manera que si el FSLN ganara las elecciones presidenciales del próximo 4 de noviembre no sería porque tenga más respaldo popular que en 1990 y 1996, ni porque los nicaragüenses sean masoquistas u olvidadizos, sino porque los partidos democráticos han defraudado a gran parte de la población que repudió el totalitarismo y escogió la democracia en las elecciones de febrero de 1990 y en las de octubre de 1996.

Sin embargo, según las mismas encuestas antes citadas, la ventaja de Daniel Ortega y el FSLN está disminuyendo y la brecha que lo separa de Enrique Bolaños y el PLC podría desaparecer aún antes de los comicios de noviembre. De manera que no se puede asegurar que el FSLN volverá al poder el próximo año y mucho menos que podría reeditar la revolución sandinista de 1979, ni siquiera como farsa, que según los historiadores es la única forma en que se repiten los dramas del pasado.  

Editorial
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