Mario Ruiz Castillo*
Me parece y he leído que a medida que una jornada de actividad aumenta, el interés por la misma, el agotamiento y la rentabilidad tienden a decrecer; es decir que después de un lapso continuo, todo esfuerzo extra tiene poca eficiencia y productividad.
Relacionado lo anterior con la reducción del horario de trabajo estatal, al que muchos se oponen argumentando que no existe eficiencia y bajo rendimiento, sin analizar los costos o beneficios de este horario.
La reducción de horas por día dedicados al trabajo, a través de la historia, se ha ido materializando paulatinamente, beneficiando principalmente al que realiza esfuerzos físicos considerables, trabajos rutinarios o de aquéllos que ameritan una concentración especial. No se trata de un fomento a la holgazanería, ni de un populismo de organismos internacionales o estadistas, sino una reivindicación del trabajador, que lo dignifica como ser humano, dado que el trabajo es un medio, pero no el motivo y razón del ser.
Disminuir las horas que ocupamos para ganarnos el sustento diario, no han sido concesiones vanas y antojadizas, a la par han ido unidos criterios científicos y reivindicaciones sociales y económicas, igual que se abolió la esclavitud no por razones humanitarias sino económicas, ya que mantener esa institución era improductiva.
Si nos remontamos a los tiempos en que se laboraba doce horas, el trabajador menos eficiente necesitaba quince para cumplir las metas productivas, al bajarse a ocho horas ese mismo trabajador necesitaría doce, para él es imposible cumplir sus objetivos y quizás por motivos más psicológicos que reales, se resiste a un nuevo horario, sin embargo, es la excepción que confirma la regla, porque las disminuciones a la larga han contribuido no sólo al cumplimiento sino a un sobrecumplimiento de metas, siempre que la reducción vaya acompañada de prioridades, definición de funciones y planificación.
Largas jornadas, implican altísimos costos económicos y humanos sin tener como resultado una eficiente productividad y rendimiento; ello sin incluir el daño que se ocasiona a la familia por la separación, a la pareja, el ocio necesario para el arte, la ciencia y el deporte.
Reducir el horario de trabajo es una tendencia y aspiración del trabajador, para ocupar su tiempo en otras actividades de su interés que llenan su espíritu, y ello será posible en la medida que la máquina le reemplace sobre todo en las tareas más ingratas y difíciles. Definitivamente no vivimos para trabajar, sino que trabajamos para vivir.
La mayoría de las extrajornadas, en principio son innecesarias, improductivas y lesionan la unión familiar, la sana recreación del individuo, su realización personal y vivifica al trabajador extrahorario permanente, que pareciera indicar o que soy un excelente trabajador y el resto no lo es, o al revés.
En cuanto a la reducción de horas laborales estatal, que por cierto se dice es temporal, y si se cumple a cabalidad, una evaluación de los costos-beneficios dirá posteriormente, si esa medida fue o no acertada, en esa valoración no se debe mezclar el reclamo que se haga por salario disfrazado de viáticos u otro rubro que burlan los conceptos presupuestarios, como compensación al salario bajo en determinados estratos; esperemos ese informe.
* El autor es jurista.