Violencia infantil

El reciente atroz asesinato a machetazos de dos menores de edad, un niño de 10 años y una niña de 4, ha conmocionado hondamente a la ciudadanía. Como es sabido, el espeluznante suceso ocurrió el 3 de julio en la comarca de Saguatepe, 10 kilómetros al norte de la ciudad de Boaco, y ha causado gran conmoción no sólo por la corta edad de las víctimas, sino, sobre todo, debido a la edad del presunto asesino, un niño de tan sólo 10 años.

En años recientes hemos conocido de crímenes atroces cometidos por menores en contra de otros niños, e incluso por menores en contra de adultos, pero esos crímenes han ocurrido, por lo general, en países desarrollados, lo que nos hacía pensar que nuestra sociedad estaba exenta de tales actos de barbarie que atribuíamos, quizás con demasiada facilidad, a la violencia que el cine y la televisión inculcan en los niños de esas sociedades. Pero el hecho de que algo como lo ocurrido recientemente haya pasado en una alejada comarca rural de nuestro país, en donde se supone que la ausencia de salas de cine y de aparatos de televisión hace que los pequeños estén mucho menos expuestos a ese tipo de violencia, nos obliga a reconsiderar nuestras ideas acerca de la inocencia de los niños y su supuesta incapacidad de cometer actos delictivos.

La sociedad moderna tiende a dar por sentada la inocencia natural del niño, considerando que éste sólo puede llegar a cometer actos como el descrito arriba si antes ha sido expuesto a ejemplos de violencia que condicionan su comportamiento. Hay personas que no están muy seguras de eso. Ya desde el siglo V, San Agustín describe en su famosa autobiografía, conocida como “Confesiones”, sus observaciones acerca del comportamiento violento de los niños desde muy temprana edad. Pero el obispo de Hipona tenía una visión un poco menos idealizada de la naturaleza humana que la que tenemos actualmente.

En 1993, en Inglaterra, se dio el caso de dos menores que cuando tenían 10 años de edad secuestraron en un centro comercial a un niño de 2 años al que torturaron y después le dieron muerte. La reciente liberación condicional de los victimarios ha sido duramente cuestionada por la sociedad británica. El odio que provocan esos niños asesinos es tal, que las autoridades se han visto obligadas a protegerlos con nuevas identidades. Inglaterra hace responsables de sus actos a los infantes desde la edad de 10 años, una edad que es la más baja de cualquier otro país europeo. Fue por esa razón que los dos menores referidos fueron juzgados y condenados en su oportunidad. Pero en Nicaragua, según el Código de la Niñez y la Adolescencia, el delito de Saguatepe es inimputable, ya que el presunto autor tiene sólo 10 años de edad y, consecuentemente, no es objeto de persecución legal ni de sanción penal.

¿Cómo se explica que criaturas que se supone que son naturalmente inocentes puedan cometer crímenes tan atroces? La explicación que dan los especialistas modernos descansa en el mal ejemplo que esos niños han recibido en el ambiente en el que se han desarrollado, pero, aunque eso fuera estrictamente cierto, de todas maneras hace que se ponga en duda la tan alegada natural inocencia, lo que ha hecho concluir a algunos ingleses que quienes cometen tales actos son preternatural e irremediablemente malvados.

La sociedad nicaragüense no debería jamás llegar a una conclusión como la anterior, ya que estaría renunciando a la posibilidad y a la obligación de corregir a esos niños. No cabe duda de que el ambiente es un factor determinante en el comportamiento futuro de los menores de edad, y que por eso conviene que los padres lo comprendan y adapten su comportamiento a un patrón que sirva de modelo positivo en la formación de sus hijos. Es obvio que siempre habrá influencias exteriores que afectarán el comportamiento de los menores, pero no cabe duda que un ambiente de respeto y amor en familia es la base fundamental para la formación del carácter de los hijos y de su futura adaptación como miembros de la sociedad.  

Editorial
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