Libertad exige más sensatez

Douglas [email protected]

En ocasiones, algunos lectores escriben a LA PRENSA ,y antes de exponer sus opiniones, advierten: “Si en realidad ustedes respetan la libertad de expresión, tienen que publicar esta carta”. Es comprensible que los ciudadanos teman ser censurados, porque viven en un país donde ha sido costumbre tratar de acallar las opiniones adversas y por muchos años los medios de comunicación estuvieron controlados por partidos políticos.

Sin embargo, he observado que algunas personas que insisten en su derecho a expresar y difundir su opinión, en sus cartas suelen proferir ofensas y con ligereza acusar a otros ciudadanos o engarzarles calificativos que pueden destruir el prestigio de cualquiera, si lo que dicen es falso. Es un defecto que hasta los periodistas hemos arrastrado de un pasado en que la ofensa o la mentira estaban por encima del argumento o la verdad, en el debate público.

Por eso, cuando en un periódico que trata de ser profesional y promover el respeto para todos, se le pone freno a los escritos ofensivos y a las acusaciones ligeras, más de algún lector puede pensar que es una violación a la libertad de expresión. Pero se equivocan, porque libertad de expresión nunca ha significado decir todo lo que a uno se le antoje, por aquel viejo principio de que mis derechos terminan donde comienzan los del otro.

Tampoco es que haya temas inabordables. No hay o no deberían existir. El asunto está en la responsabilidad y la forma con que uno trate los asuntos públicos o rebata las ideas de otro, porque además la libertad de expresión debe tener un fin supremo para la sociedad, que es hacer sobresalir la verdad y cimentar ideas para la superación de la nación.

Ryszard Kapuscinski, un periodista polaco famoso porque ha cubierto muchas guerras en el mundo, cree que en Latinoamérica hay periódicos con calidad y seriedad, pero duda de la influencia que puedan tener esos medios profesionales en la situación política de sus países, porque eso depende “de la cultura de la sociedad”.

Los nicaragüenses, por ejemplo, hemos pasado etapas largas de limitaciones en la educación, dándole anchas a la confrontación política y a la exaltación de arengas y consignas partidarias, una razón por la que hoy mostramos intolerancia y poca educación en el debate público, de lo que ha hecho gala hasta el Presidente de la República.

Del año 1990 en adelante se ha oído hablar más de democracia, y de hecho se han abierto espacios importantes en la legislación, a favor de libertades públicas, pero en general necesitamos un crecimiento cultural para convertir la discusión en un ejercicio de aprendizaje y cambio.

Para el periodismo es una responsabilidad primordial, sobre todo porque, como dice Kapuscinski, “el peligro de esta profesión es la rutina y creer que cuando se aprende algo ya lo sabemos todo”.  

Editorial
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