Eduardo Enríquez— Eduardo Enríquezeduardo.enrí[email protected]
El eco de la promesa que el entonces candidato presidencial liberal, Arnoldo Alemán, repitió hasta el cansancio en 1996 todavía debe resonar en las montañas del norte de Nicaragua: “Vamos a volver a ser el Granero de Centroamérica”. Es probable que también resuene en la memoria de los campesinos que hoy están bajando a mendigar en el parque de Matagalpa, o del padre de familia de Rodeo Grande, quien después de tres días de no poder alimentar a sus hijos trató de suicidarse.
¿Qué pasó con la promesa de reconstruir ese granero que fue quemado por Daniel Ortega y su revolución? El candidato, convertido en Presidente, la olvidó una vez que salió del Estadio Nacional aquel 10 de enero de 1997, ya cuando portaba la banda presidencial en su pecho.
Guardo aún el “Compromiso de Gobierno” con el que hicieron campaña los liberales en 1996. Son siete puntos, pero por problemas de espacio sólo consideraré los dos más importantes.
El primer compromiso dice textualmente: “Modernizar y diversificar la Agroindustria, cultivando productos no tradicionales, rescatar la fortaleza histórica del país en el liderazgo agrícola de granos básicos y algodón dentro de la región. También nos comprometemos a estimular la renovación de los cafetales, la producción rentable del algodón, la renovación del hato, el fomento pecuario y su industrialización”.
Mientras el quinto compromiso ofrecía “propiciar la creación de “bancos de segundo piso”, suscritos con capital semilla aportado por miembros de los diferentes gremios que permita la obtención de préstamos blandos, que serán manejados por la banca privada…”
Obviamente el primer compromiso terminó en un rotundo fracaso. La diversificación de la Agroindustria se transformó en destrucción más bien del sector, en gran parte por la falta de experiencia de los productores; a su vez, reflejo de la falta de apoyo del Gobierno. Sébaco, que debería ser el centro de desarrollo agroindustrial, se está convirtiendo en una gigantesca maquiladora que deja pocos réditos al país, a pesar que lo que había ofrecido el gobierno era impulsar Zonas Francas Agropecuarias de Exportación.
Ya no hablemos de la producción de granos básicos, ahora el Presidente trata de tapar el fracaso argumentando que en la zona seca de León, Chinandega y Las Segovias “siempre ha habido hambrunas”. Es el colmo de la desfachatez, pues precisamente esa era una de las cosas que tenía que solucionar.
¿Y la renovación de cafetales? Pues, el plan más bien dejó endeudados a una gran cantidad de cafetaleros, a lo que se vino a sumar la debacle de Agresami e Interbank. Lo que tenemos ahora es un sector endeudado y debilitado en lugar de fortalecido. Los ganaderos más bien están buscando cómo entrar en otros negocios, y para no hacer largo el cuento, en lo que se refiere al algodón, sólo cabe preguntar: ¿cuál algodón?
En cuanto al segundo punto más importante, el del crédito, todos sabemos que para el sector productivo es inalcanzable.
Eso es lo que tenemos del granero, que primero quemó Daniel Ortega y que luego prometió reconstruir Alemán pero como su interés era otro, no tuvo la “voluntad política” de hacer realidad su promesa.
Ese es el fardo que arrastra el candidato liberal actual, no sólo el del “cuchubaleo” del Pacto y la corrupción. Y ese fardo es más pesado, pues es el hambre que día a día están sufriendo esas personas, que son votantes. Ellos tienen el estómago vacío hoy y probablemente ya ni se acuerdan, para comenzar, que quien quemó el granero fue el otro candidato.
* El autor es periodista.