Los padres de la patria

Bayardo Altamirano López

Con el ánimo de contribuir al ahorro de los fondos públicos la Asamblea Nacional funciona a medio gas. Pocas sesiones plenarias. Limitadas reuniones de las comisiones. Pero sueldo completo para los diputados.

En esta tierra pródiga en prosperidad y justicia, tenemos la fortuna de contar con los más comprensivos representantes del pueblo. En los pocos momentos de trabajo que se les permite, realizan denodados esfuerzos por encontrar respuestas a las más sentidas necesidades de quienes los eligieron.

Por demás está decirles que se mantienen en permanente contacto con sus electores, indagan sus opiniones y les informan cumplidamente de su gestión legislativa. Con gran desvelo estudian cada iniciativa de ley y preparan cuidadosamente sus intervenciones, que se constituyen en piezas oratorias para la posteridad.

También es bueno repetirles que sus opiniones no se ven influenciadas por sus dirigentes políticos y mucho menos por organismos extranjeros digamos como el FMI. Sus intereses partidarios y personales pasan a ocupar un carácter secundario ante los de la nación y así los vemos discutiendo problemas tan importantes como el quórum del Consejo Supremo Electoral tal y como lo desea Arnoldo.

Su desapego a los bienes materiales raya en el epicureísmo. Eso ha ocasionado que les llamen, vulgo vulgaris, los incañoneables. Vaya algunos son tan verticales, que no se dejan regañar por el secretario general de su partido, pues siempre hacen lo que éste quiere con toda anticipación.

Los criticones que nunca faltan se referirán a casos excepcionales que más bien sirven para confirmar la pureza del resto. Que haya uno que tiene dos nombres y una familia en el abandono. Otro que vende favores sexuales de manera pública y anunciándose en los periódicos. Y un tercero que se aprovechó del cargo para hacer tráfico de influencia con una empresa telefónica. Son casos minúsculos. Hay gente que los crítica porque perennemente comen en el recinto o duermen a pierna suelta. Son los eternos inconformes que nunca faltan.

Dicho lo anterior, no deberá extrañarnos que como resultado de tal comportamiento el país camine por la senda del Estado de Derecho y la soberanía nacional siga inmaculada. Que impere la ley y el respeto a los Derechos Humanos. Que las cárceles estén vacías, ya que los pocos violadores de la ley, son periódicamente perdonados por miles en frecuentes amnistías. De tal manera que la población sólo por referencias sabe de la inseguridad ciudadana y los turistas se aventuran sin temor por cualquier rumbo de la bella nación.

Pertenecer a tan selecto grupo se ha vuelto un timbre de orgullo para cualquier nicaragüense. En las tres opciones que brinda nuestra preclara democracia, hay una rebatiña por optar al favor de aparecer en las listas de los elegibles a la dignidad del cargo. Pero vea lo que son las cosas, en una sólo aceptan a los que dicen sí Daniel, en otra sólo a los familiares del gran jefe y en la tercera solamente a los que ya estaban desde antes.

Protesto. No nos dejan chance de colarnos al sacrificio por la patria.

* El autor es catedrático universitario.  

Editorial
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