El Día del Maestro

Es frecuente escuchar o leer expresiones de elogio y aprecio a la labor del maestro, pero desafortunadamente las palabras no se traducen en hechos que efectivamente signifiquen un reconocimiento a quienes dedican la mayor parte de su vida a la formación de niños y jóvenes. Ni la sociedad ni los propios maestros tienen conciencia del […]

Es frecuente escuchar o leer expresiones de elogio y aprecio a la labor del maestro, pero desafortunadamente las palabras no se traducen en hechos que efectivamente signifiquen un reconocimiento a quienes dedican la mayor parte de su vida a la formación de niños y jóvenes.

Ni la sociedad ni los propios maestros tienen conciencia del poder que implica el quehacer del maestro si consideramos la influencia y el ascendiente que un menor tiene sobre sus alumnos. Claro que nos estamos refiriendo a quienes no sólo se dedican a trasladar el conocimiento de los libros a los alumnos, sino a quienes día a día van modelando la mente y el sentir de los alumnos hacia valores de honestidad, respeto y responsabilidad que en el futuro se proyectará en su actuación ciudadana.

Queremos además de “sabios” que dominen mucha matemática, ciencias o literatura, muchachos y muchachas de buenos sentimientos que respeten a sus padres, maestros y compañeros, que rechacen los vicios y se tracen una meta que les permita contribuir al desarrollo del país. Muchachos que amen el orden, la honradez, el trabajo, que conozcan y respeten los derechos humanos, que amen y honren a su patria y que tengan una visión del mundo al que pertenecemos.

¿Cómo un maestro puede lograr este tipo de formación? En primer término recibir en las Escuelas Normales una cultura integral que los prepare para asumir la tarea descrita, coordinar su acción con los padres de familia proyectando su labor a los hogares y la comunidad en general porque el quehacer educativo no debe conferirse a las cuatro paredes del aula; armarse de paciencia para congeniar con 40 ó 50 niños con diferencias individuales propias que requieren tratamiento especial y lograr el apoyo y respeto de sus directores.

A este respecto, es frecuente encontrar directores cuya actuación se oriente más al beneficio personal que a los intereses de la institución: Es común escuchar quejas de los maestros sobre el trato de los directores y la falta de apoyo que reciben de éstos para el desempeño de su labor o cuando surgen conflictos con padres de familia, a quienes la “autonomía” otorga todos los derechos, dejando al maestro en indefensión.

Quizá una buena selección de los actuales directores que no cuentan con la formación profesional adecuada o la organización de cursos obligatorios de capacitación en Administración Escolar contribuirá a mejorar su actuación como líderes de la educación.

Finalmente, y esto ya es un campo trillado, el bajo salario que reciben los maestros es el mayor obstáculo para exigir un rendimiento óptimo, a pesar de que cada día hay más exigencias con las reformas curriculares implementadas por el Mecd que demandan mayor tiempo para la preparación de Unidades de Aprendizaje, Planes de Trabajo etc.

Sin embargo, comprendemos que el problema salarial de maestros, policía y personal de salud es cuestión de prioridades y de bajos ingresos del Estado que seguirá latente mientras estos factores no cambien.

¿Hasta cuándo el Ministerio de Educación y los sindicatos se preocuparán por respetar y defender la dignidad profesional y humana de los maestros?

¿Hasta cuándo la sociedad y el Estado sustituirán las palabras de elogio y reconocimiento a los “apóstoles de la enseñanza”, por verdaderas acciones que mejoren sus condiciones económica y social? ¿Hasta cuándo los propios maestros levantarán la frente y exigirán sus derechos como profesionales y persona dignas?

¡El Estado y la sociedad tienen la respuesta!

Raúl E. Quintanilla.  

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