Roberto Fonseca [email protected]
En abril de 1983, un mes antes de que mi hijo cumpliera su primer año de vida, se produjo un brutal asesinato en una residencia ubicada en la Carretera Sur. La comandante salvadoreña Ana María, de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), fue encontrada muerta a consecuencia de graves heridas en todo el cuerpo, provocadas con un picahielos.
Las primeras versiones oficiales, que circularon en ese entonces, apuntaban a inculpar a la Central de Inteligencia Americana, la CIA. Se presumía que un comando, de especialistas en “golpes de mano”, burló la vigilancia de la guerrilla salvadoreña y amparados por la noche, había ejecutado a la legendaria luchadora salvadoreña que provenía del gremio magisterial.
En esa época, yo asociaba la guerrilla salvadoreña a muy pocas personas. De hecho, a una sola. Se trataba de un muchacho, con un seudónimo, que llegaba regularmente al Recinto Universitario “Carlos Fonseca”, a dejarnos en consignación libros y folletos sobre el movimiento salvadoreño, para que los vendiéramos entre los estudiantes.
Hasta que un día desapareció, nos dijeron que se había reintegrado a la lucha armada en su pequeño país, “El pulgarcito de América”. Nos produjo una sensación de culpa, pues no le cancelamos los libros. La plata, obviamente, terminamos utilizándola en otras actividades.
LLEGA LA LEYENDA
El 12 de abril de ese año, pocas horas antes de celebrarse los funerales de la comandante Ana María, Carlos Carrión me pidió que lo acompañara a la Casa de Gobierno. No quería manejar, así que tomé el volante. Recuerdo que entramos a las instalaciones por una zona especial de acceso y me estacioné frente a un pasillo. Pocos minutos después llegó una caravana de vehículos y de uno de ellos descendió la leyenda salvadoreña, el comandante Salvador Cayetano Carpio.
Era un hombre de figura menuda, como dicen los salvadoreños un “pipil”, de rasgos achinados, anteojos, y con una barba que le daba cierto aire parecido al legendario vietnamita Ho Chi Minh. Llegó escoltado de unos tipos fornidos, altos, uno de ellos chele, que vestían guayabera blanca. No correspondían a las características físicas de los cuzcatlecos.
Permanecieron adentro un largo tiempo, hasta que la caravana, ahora más numerosa, emprendió viaje a toda carrera, en fila india y con las luces intermitentes encendidas, rumbo al Mercado “Carlos Roberto Huembes”. Recuerdo que Carrión viajaba callado. No dijo una sola palabra sobre la reunión celebrada en la Casa de Gobierno.
Horas después, luego de un acto muy emotivo, el cadáver de la guerrillera salvadoreña fue sepultado en el terreno del CDI —una guardería infantil— que administraba el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social y Bienestar (INSSBI). Paradójicamente, el mismo donde mi hijo permanecía de lunes a viernes, durante todo el día, bajo el cuidado de las pedagogas.
Cayetano Carpio estuvo presente en los funerales de su vieja compañera de lucha. En los medios de prensa ligados al sandinismo, se insistió que el fundador de las FPL, un hombre que había sufrido cárcel y torturas, lucía conmovido, abatido, por la pérdida de la comandante Ana María.
Esa misma noche, presuntamente, Cayetano Carpio se quitó la vida. Lo sepultaron al día siguiente, 13 de abril, durante una ceremonia privada presidida por su viuda y los dirigentes sandinistas, Daniel Ortega y Tomás Borge. El lugar: las instalaciones de las tropas especiales “Pablo Úbeda”, las TPU, del Ministerio del Interior.
SE CAE LA VERSION CIA
Siete días después, frente a los hechos y las evidencias, el Ministerio del Interior y la propia Comandancia General de las FPL, a través de comunicados públicos, tuvieron que admitir que los asesinos de la comandante Ana María pertenecían a las propias FPL. El motivo: “rencillas internas” por diferencias ideológicas y políticas.
La ejecución de la guerrillera, cuyo verdadero nombre era Mélida Anaya Montes, estuvo a cargo de un miembro del Comando Central de las FPL, identificado con el seudónimo de “Marcelo”, un colaborador cercano de Cayetano Carpio. Participaron varios guerrilleros salvadoreños, que luego de asesinarla, fueron hasta otra “casa de seguridad” en la misma Carretera Sur y se despojaron de la ropa ensangrentada.
En la redada que llevó a cabo la Seguridad del Estado, entre los salvadoreños, cayeron también inocentes, uno de ellos un amigo que ya falleció. Fue liberado después de varios días de interrogatorio.
Siete meses después, en un nuevo comunicado, el MINT tuvo que admitir públicamente que Cayetano Carpio había estado implicado en el asesinato de su ex compañera de lucha. Sin embargo, se negó a admitir o rechazar los cargos.
La reunión que se celebró en abril de ese año, en Casa de Gobierno, de la cual fui testigo accidental, fue para interpelarlo.
* El autor es periodista.