Federico Dueñas
Algunos politólogos y editorialistas aztecas dicen que detrás del Plan Puebla Panamá (PPP), puesto en marcha la semana pasada por el presidente Vicente Fox, hay un designio imperialista para acomodar la región sur de México y las naciones vecinas, a los intereses del Tío Sam y a sus estrategias de largo plazo para favorecer a las grandes empresas transnacionales. Han asegurado que el plan PPP es una instrucción del presidente de Estados Unidos al de México y han elaborado una teoría de la geopolítica imperialista como inspiradora de esta estrategia para entregar el sur-sureste mexicano a grupos empresariales extranjeros.
Esta visión parece obedecer a una posición extrema.
Sin embargo, el propio Fox debe admitir que esa posibilidad existe, ya que las metas que se ha trazado el llamado plan de las tres pes, son demasiado ambiciosas como para que se cumplan en un corto o mediano plazo y sin la intervención de los monopolios extranjeros. Además, por lo que respecta a la situación económico-social que priva en la región, parece prácticamente imposible solucionar, en unos cuantos años, las condiciones de pobreza y pobreza extrema en la que viven millones de mexicanos en los 9 estados del sureste, e igualar su nivel de desarrollo al de los del centro y norte de México. Además, suena exagerado pretender emparejar las atrasadas economías centroamericanas a la de México. El hecho de que México haya firmado con la mayoría de los países centroamericanos tratados de libre comercio, que entrarán en vigor en el 2005, no puede considerarse una base sólida para cumplir las metas del PPP. Mucho menos se puede pensar en lograr un crecimiento homogéneo en términos económicos para beneficio de la población de los 8 países contemplados en el plan.
Por su parte, el canciller mexicano Jorge G. Castañeda, ha dicho que el PPP sería el corolario de la paz en Centroamérica y Chiapas. Esto resulta, a todas luces, también un poco fantasioso y utópico, si tomamos en cuenta que en Chiapas fracasó la meta de lograr que la guerrilla se sentara a dialogar.
Para que pueda funcionar el plan, se requeriría —en un primer momento— implantar el modelo de las maquiladoras, que si bien permite emplear a muchas personas con sueldos un poco más altos que los de un jornalero agrícola, también es cierto que son bastante más bajos que los de un obrero calificado. De entrada habría que aceptar que la maquila no ha sido, ni podrá ser, el mecanismo adecuado para desarrollar la economía de ninguna región del país, prueba de ello los “empresarios” coreanos de la Zona Franca. Sin embargo, quienes defienden las bondades del PPP, argumentan que esto es necesario en una fase inicial, porque de lo que se trata es de llevar comida a la mesa de los pobres del sureste azteca y Centroamérica, salario a su casa y alguna posibilidad de que salgan de la grave marginación en la que viven.
Se espera que en una segunda etapa, se logren mayores niveles de educación técnica, que se generen los cuadros calificados para que en efecto se promueva el desarrollo económico y haya un salario suficiente para las familias y que la riqueza de la región se reinvierta en la propia región, de manera que se detone el desarrollo. En otra vertiente, quienes ven con preocupación y cierto escepticismo ese proyecto, tienen temores fundados de que el PPP contribuya a desgarrar el tejido social de las comunidades indígenas, rompa el equilibrio ambiental y genere conflictos de tenencia de la tierra, entre otras cosas.
El PPP, dicen sus promotores, apunta a revertir esas circunstancias: que haya una mejor integración social a partir de las oportunidades que se obtengan de salario remunerado, de fuentes de trabajo, de acceso a la salud y la educación.
Sin duda alguna, no debe despreciarse ni minimizarse todo esfuerzo de impulsar un desarrollo que apunte a eliminar la desalentadora brecha que existe entre los más pobres y los más ricos de desigualdades crecientes. Empero, es preciso que los planes que se apliquen para reducir estas diferencias cuenten con el consenso de las comunidades, respeten el medio ambiente y vayan a las causas y no a las consecuencias de la miseria.
* El autor es administrador de empresas.