Conciencia ambiental

Jairo Vanegas*

El tema de la conciencia ambiental es mucho más complejo de lo que suponen algunos, va más allá de sembrar un árbol en una comunidad y salir al día siguiente en un medio de publicación y creer con esto que está fomentando conciencia ambiental, estas acciones llevan a un reduccionismo y con poca visión.

Lograr que planes, programas y proyectos serios, logren una sostenibilidad real, que no sólo se base en el componente económico y productivo sino que también logren abarcar la relación sistemática social ambiental no es fácil. Lo anterior se vuelve dramáticamente obvio a diario en el ámbito local, es aquí donde empezamos a chocar con la existencia de patrones culturales los cuales pretendemos abordar rechazándolos, resistiéndonos o peor aún ignorándolos.

Los factores culturales tiene mucho que ver con la forma de expresión y concepción de los procesos y formas de interrelación cotidiana. Hoy estos comportamientos están influenciados por actitudes desmedidas de consumismo, derroche de los recursos naturales de manera irresponsable y poco solidarias, que devastan la naturaleza de manera irrecuperable. “Se renuncia al ser por el tener”.

La palabra conciencia significa conocimiento, noción. Sentimiento interior por el cual aprecia el hombre sus acciones. Esta es nada más la brújula que nos señala inequívocamente el norte, un punto de referencia en la cotidianidad de nuestra vida. Esta no es ningún ente misterioso dentro de nosotros, es sencillamente nuestro mismo entendimiento en cuanto se ocupa de juzgar la rectitud o malicia de una acción.

Como la mayoría de la gente recibe educación desde la niñez, de parte de sus padres, del sistema escolar, de la iglesia y de la opinión pública, sobre qué acciones son malas o buenas, la voz de la conciencia se presenta rápida y fácilmente en los casos normales de la vida diaria. Sin embargo, no se debe caer en el error de creer que ésta es como un código de conductas impuestas; sus raíces son más profundas, son inherentes en las personas, es una pieza necesaria de la estructura psicológica. Hemos recibido educación para tener amigos y trabajar, pero la amistad y el trabajo no son inventos educativos sino necesidades naturales. Por lo tanto podemos decir que la conciencia no es un bello invento sino es el desarrollo lógico de la inteligencia.

Una educación ambiental debe propiciar un espacio donde confluya lo social y lo natural y por lo tanto convivan las diferentes disciplinas social, económica, política y cultural. Además, esta confluencia debe ser en un plano horizontal y no impositiva. La educación ambiental debe propiciar cambios de actitud y de actuación para lo cual se debe:

– Fomentar valores éticos para aprender una mejor utilización de los recursos naturales.

– Debe ser interdisciplinaria.

– Debe transmitir no sólo conocimientos sino que debe enseñar valores, actitudes, comportamientos y habilidades prácticas para participar responsablemente en la prevención y solución de problemas ambientales.

– Hacer comprender que en este siglo, las decisiones y comportamientos con respecto al medio ambiente, pueden tener consecuencias que trascienden los horizontes de las fronteras de los países.

En el primer libro de la Biblia, en Génesis (2.16) encontramos, que Dios al entregar el paraíso al hombre, le dijo también que no “debía comer del fruto de un árbol”, esta es una limitación impuesta por el mismo Creador desde el principio y expresada simbólicamente, muestra claramente que estamos sometidos a leyes no sólo biológicas sino también morales, cuya violación no queda impune.

* Master en Salud Pública Ambiente y Desarrollo Humano  

Editorial
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