Detrás de la máscara

Ramiro Sacasa Gurdián*

Después del colapso del marxismo alrededor del mundo, esta doctrina reaparece en Nicaragua “disfrazada” de socialdemocracia, para ofrecerle un reto a nuestra naciente República. Ninguno de los dos últimos gobiernos democráticos tuvieron la convicción para enfrentar a fondo el dilema de liderar el país sin apartarse del pasado de la utopía socialista para enfrentar la corrupción, la ilegalidad, y la anarquía. El pacto político de Arnoldo Alemán con Daniel Ortega ha postergado nuevamente los reclamos de cambio de la sociedad. El país ha quedado “estancado” en la transición del socialismo que no acaba de morir y la democracia que no acaba de nacer.

Los países de Europa Occidental realizaron desde finales del siglo XIX con el surgimiento del liberalismo que la vía hacia el progreso era tomar el camino de la revolución industrial sobre la revolución social. En Nicaragua esa revolución industrial no se ha dado, permanece incipiente y rudimentaria. Como consecuencia, una gran parte del pueblo permanece marginado, desempleado y hasta en la indigencia. El aspecto fundamental de mi argumento es que de allí nace la decepción de un pueblo marginado para tener los oídos prestos en la retórica populista de individuos con una mente “primitiva” como Daniel Ortega. Como dice el refrán popular: el prometer al pueblo no empobrece.

Mientras Nicaragua continúe bajo un gobierno semi-feudal con la aspiración dictatorial de “caciques” iluminados por la ambición del poder, no habrá solución o argumentos para seguir defendiendo a líderes políticos que se esconden vilmente bajo el escudo de la inmunidad manteniendo el abuso e irracionalidad de sus actos. Con esto continúan perjudicando al pueblo y no pueden ser reformados porque los domina la ambición y la avaricia. Sencillamente están ideológicamente muertos… no son liberales, ni conservadores, ni sandinistas… creo que se trata de reconocer y señalar que los dirigentes políticos no han sido capaces de institucionalizar la democracia ni de afrontar soluciones para librar la batalla contra la corrupción y la pobreza.

Y de esas creencias es que injustamente se aprovechan figuras como Daniel Ortega que se ha puesto una máscara con “rostro humano” que difícilmente puede cubrirle su pasado. El pretender alcanzar un tercer período presidencial demuestra sus aspiraciones dictatoriales y con ello perjudica no sólo a Nicaragua, sino a su propio partido. No tiene un proyecto político y económico definido porque nunca lo tuvo. Se presenta actualmente como la antítesis de sus propias ideas como defensor de la propiedad privada cuando sus acciones están arraigadas en la invasión de propiedades y el conflicto de clases.

Entonces tenemos que preguntarnos ¿Qué representa Ortega para el futuro de Nicaragua? ¿Cuáles fueron sus líneas de actuación en los once años de revolución y de socialismo? Daniel Ortega carece de legitimidad para gobernar Nicaragua porque es el responsable del peor fracaso político, económico y social de nuestra historia cuyos únicos logros fueron el empobrecimiento masivo y la persecución del pueblo; las amenazas y el clima de hostigamiento; la violación constante de los derechos humanos con más de 25 mil muertos y desaparecidos y más de 1 millón de familias desplazadas; el Servicio Militar obligatorio y la persecución de la juventud arrancándolos de sus propios hogares; la indoctrinación marxista de la educación a los niños enseñándoles a sumar rifles y restar granadas; la censura feroz de prensa y del pensamiento; el allanamiento de las iglesias y la condenación de la fe religiosa; la expropiación de la propiedad privada a través de la piñata que significó el beneficio propio y de sus allegados; y la exportación de la revolución enviando a morir a otras tierras a jóvenes nicaragüenses. Lejos de resolver la pobreza, la “democratizó” y la extendió a niveles insólitos aprisionando la dignidad del pueblo, mientras él se enriquecía al confiscar bienes en nombre del pueblo, que hoy día mantiene inexplicablemente.

¿Pero por qué va Ortega al frente en las encuestas? La respuesta a esta pregunta es la decepción más grande, porque creo que difícilmente podría haber existido un gobierno que permitiera eclipsar a Ortega en término de corrupción, como para permitirle proyectar una nueva imagen que lo haga aparecer como un posible “benefactor” de Nicaragua. Por lo tanto existe urgencia de reformar la actuación del gobierno, las leyes y la legitimidad de nuestros derechos, y esto no le pertenece a un líder en particular, porque son batallas que enfrenta todo un pueblo.

Hay que desenmascarar ese tinte mesiánico que caracteriza su demagogia populista; un legado de una revolución que ha quedado sin revolucionarios, ya que algunos comandantes por evidencia del destino se han transformado en la mayor “estafa” capitalista. Para defender la democracia en la década de los años 80 no era necesario “asesinarla”. El único lugar que Daniel Ortega puede aspirar con su retórica populista es ocultarse detrás de la máscara… el peligro es lo que él ultimadamente quiere para Nicaragua: un país sin Dios, sin ley y sin derechos.

* El autor es administrador de empresas  

Editorial
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