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Es tiempo de reflexionar sobre cuáles son las prioridades del país y cómo desarrollarlas en el futuro. Indudablemente que las fuerzas políticas, económicas, intelectuales y sociales tienen un gran desafío de ambiciosas proporciones en la promoción de profundos cambios en los órdenes político, administrativo, jurídico, económico, social y cultural con el objetivo de crear o fortalecer los cauces racionales para la construcción de una Nación capaz de crear su propio sistema de vida político, económico y cultural, y asumir sus responsabilidades.
Los problemas que tiene el país, sin duda, son muchos. Es hora que pensemos en Nicaragua. En este sentido, una de las tares básicas de todas la fuerzas implicadas en la vida política del país es crear un espacio natural (no forzado) de diálogo en donde todos los sectores políticos, sociales, económicos, sindicales, académicos, entre otros, puedan tejer un consenso mínimo para la creación de una voluntad y decisión política nacional en la creación de un Estado moderno con sus respectivas instituciones democráticas, reglas del juego y una nueva cultura política y jurídica. Mientras no haya un consenso y decisión política para crear la institucionalidad moderna y democrática que el país necesite, Nicaragua continuará caminando en un sendero confuso y errático, sin perspectivas de futuro, sin visión de futuro.
Nicaragua tiene ineludiblemente que enfrentar una transformación integral de instituciones y de pensamiento político. Esta transformación exige una gran madurez, especialmente en la dirigencia y entre quienes tienen mayor acceso al poder, como también en la sociedad. En este proceso de transformación se deben identificar los problemas fundamentales que tiene el país para poderlos superar como, por ejemplo, que la institucionalidad del Estado es frágil, fragmentada e incoherente; los partidos políticos tienen que experimentar una profunda transformación para responder a las exigencias de la sociedad; fortalecer y prestigiar con carácter de urgencia aquellas instituciones fundamentales para el proceso de democratización del país (por ejemplo, el Poder Judicial, la Administración pública), ya que la percepción de la ciudadanía hacia las mismas es negativa; fortalecer la organización ciudadana y un cambio en la cultura en la sociedad y en el propio sistema del poder.
Una transformación de esta naturaleza, significa un desafío de ambiciosas proporciones, que busca movilizar los sectores de la sociedad nicaragüense, a través de importantes transformaciones en el orden político, administrativo, jurídico, económico, social y cultural, con el propósito de abrir cauces racionales a la construcción de un Estado de Derecho.
Esta transformación tiene una obvia y precisa naturaleza política, cuyo sentido es perfeccionar los instrumentos democráticos de representación y participación ciudadana, así como impulsar la democratización de los partidos políticos, contribuyendo a generar una institucionalización del Estado y un campo de acción genuino para la sociedad civil. El proceso de la transformación abarca, sin embargo, otras múltiples dimensiones que no pueden ser subordinadas, a riesgo de que las transformaciones políticas mismas pierdan sentido y eficacia. De allí que este proceso deba propiciar el avance de la descentralización, la construcción de un Estado de Derecho, la articulación y profesionalización de la administración pública, la transformación del Poder Legislativo, en el marco de una audaz lucha contra la corrupción y de un esfuerzo por dar el máximo relieve a los valores y a la transformación cultural de la sociedad.